El psicoanalista en su tiempo: lo clásico y lo nuevo (una pista lacaniana)

El psicoanalista en su tiempo: lo clásico y lo nuevo (una pista lacaniana)

(1)Pizarnik, poemas elegidos-Art.Alejandra Korek

Pizarnik-“Poemas elegidos”. Artista: Ale Korek

Por Ana Viganó

 

Me detendré en una frase de Lacan que se ubica, de manera hermosa y compleja en lo que, apoyándome en el célebre texto de Calvino, propongo como un Lacan clásico: ése que nos desvela con su última enseñanza, haciéndonos navegar a tientas, yendo y viniendo por sus páginas entre la primera, la segunda, la última, la muy última… y otra vez, otra vuelta, una nueva, una más.[1] Un Lacan, entonces, que en sus repliegues y recodos, lecturas y relecturas, nos pone en la coyuntura de ver cómo nos arreglamos con el problema de lo que continúa y lo que no -o bien no lo hace de la misma manera-, patente en su enseñanza, pero también en la vida misma.

El tropiezo con lo real, siempre nuevo.

La frase elegida se encuentra -no por casualidad- en un texto que nos sirve para pensar un tiempo crucial de la vida donde cada uno se confronta con una continuidad/discontinuidad -radical- a la que tiene que responder: pubertad y adolescencia[2]; el despertar, sus sueños, sus efectos.

“Que lo que Freud llama sexualidad haga agujero en lo real, es lo que se palpa en el hecho de que   al nadie zafarse bien del asunto, nadie se preocupe más por él.”[3]

Que nadie se zafe bien del asunto es señal de un cierto universal del fracaso, que contrasta de manera casi sórdida con el flujo de la época, ocupada en encontrar las mil y una variaciones posibles para soñar con que el éxito del goce es viable y sin sorpresas.

Lacan se ha ocupado de lo real en muchas ocasiones, acrecentando su interés a medida que avanzaba en su enseñanza. Y fue a buscar en la literatura pistas con las cuales orientarse en eso en que los artistas anticipan a los psicoanalistas. A esta altura en que se apoya en Wedekind, Lacan ya ubicó la función fálica como lo que pone en marcha los dos órdenes distintos -presentados en sus fórmulas de la sexuación-, que superan la dualidad a la que la división entre macho y hembra parecería llevarnos de las narices. No hay un goce para cada sexo; hay dos series disyuntas y una función que los pone en cierta relación. Pero estas series disyuntas no son los hombres y las mujeres, sino los que, afectados por el goce implicado en el hecho de hablar, conforman un conjunto con un valor común -el falo- por un lado, y por otro el goce a secas -modo en que Miller nombra al goce femenino-, modalidad de goce que no hace conjunto: la cuenta aquí es uno por uno; versión del uno no contable. Ubicar la falla lógica como paradoja irresoluble, apoyado en la lógica moderna -no existe algo como “todas las mujeres”-, permite a Lacan pensar el no-todo. Y es el no-todo justamente lo que introduce la discordancia de los sexos. Exilio de lo real -del goce incluso, como índice clínico de lo real, cuya significantización imposible lo vuelve no universalizable-, frente al sentido -que da alguna posibilidad de medida común-. Hombre o mujer no dependen de la identificación sino de dos maneras de inscribirse en relación con el predicado fálico, cuya consecuencia es que haya dos modos de gozar. Esta es la falla de saber en lo real: el saber en lo real no conduce al acceso a otro sexo.

De la obscenidad de la época a la obscenidad de la lalengua: un nuevo retorno.

El goce femenino, fuera de la medida y la ley de la función fálica, es inconmensurable. Cuando Tiresias intentó trasmitirlo, no tuvo otra forma que hacerlo desde la medida; así, lo cuenta como 9 a 1, en favor de que las mujeres gozan más que los hombres. Pero más y mejor no son lo mismo; esto es algo con lo que la época nos confronta en su promoción, a veces obscena, de un más de goce para todos.

El problema central del parlêtre, del humano en tanto que ser hablante, es que nace malentendido[4]: somos hijos de 2 -al menos hasta nuevo aviso- que no se entienden ni se escuchan, pero aun así hablan, desean, gozan. Que no hay relación sexual es el malentendido traumático primordial que se trasmite en el linaje de los hablantes.

Para Lacan, entonces, el núcleo traumático ex-siste[5] a lo simbólico: los S1 solos -que no encadenan-, son una objeción a la noción misma de significante y de simbólico. Es por ello que la palabra encarnación sitúa el instante en que el significante uniano hace su entrada en la carne de manera contingente, abriendo lo humano de la vida como sustancia gozante. Tal significante existe no siendo[6], pues el precio de su existencia es dejar de ser lo que era -un significante- para existir como sustancia gozante, en el cuerpo -aquel del que nos ocuparemos próximamente, en Río de Janeiro. El significante crea vida humana en el cuerpo digamos natural, bajo la forma del goce y con la temporalidad del instante. Un segundo momento es que esa existencia prepara su retorno. Lo imaginario es llamado a extraer lo simbólico de su condición de goce, para volverlo nuevamente significante, posibilitando dar sentido a esos momentos efímeros de encarnación, que carecen de sentido. En el acontecimiento de cuerpo ubicamos la lalengua -privada, íntima, inarticulable- como semilla de lo simbólico. Obscenidad singularísima de un goce encarnado, contingente y sin sentido, cuya marca literal-litoral cerca el agujero de saber en lo real de la no proporción sexual.

Miller nos recuerda que el semblante significante-significado se inscribe allí donde en lo real no hay saber, y es justo ese agujero de lo real el que determina lo que puede inscribirse de semblante. El Hombre enmascarado de Wedekind posibilita a Melchor un buen uso de los semblantes. Pero él mismo, como uno de los Nombres-del-Padre, es ubicado por Lacan como semblante: sin un nombre Uno que le convenga, se trata del Nombre como ex-sistencia, semblante por excelencia, pues es necesaria una ficción que lo nombre y posibilite una versión de su función. La función de nominación como tal tendrá su devenir en la enseñanza de Lacan, pero destacaré que en este caso el Hombre enmascarado lo era por usar una máscara… de mujer. Tomó entonces un semblante que puede inscribirse en el agujero de lo real -el vacío del significante La mujer-, para jugar allí una versión del padre, su père-version, como salida posible a los desencuentros del amor, el deseo y el goce, permitiendo un tratamiento posible de la sexualidad que agujerea lo real.

Pero hay aún una equivocación en francés entre padre (père) y par (paire)[7], que en nuestra época puede resultar de gran utilidad clínica a la hora de que un analista -la presencia de un analista-, permita en los análisis que conduce un decir-se del analizante, articulado de otra manera. No al par que le viene del Otro -y que nuestros adolescentes, pero también la época en general, rechazan-, sino al par que como partenaire cada quien pueda inventarse -entre el vacío cavado por el trazo traumático y el goce que allí se aloja-, del que pueda valerse para un nuevo lazo posible.

[1] ¿Es Lacan un clásico? Si lo es, es porque siempre es nuevo y sus textos nunca terminan de decir lo que tienen que decir -mientras se los lea- “Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.”
[2] “La pubertad es el terminus a quo de la adolescencia. Tiene una realidad cronológica. El terminus ad quem no la tiene.” Miller, J.-A., “Prólogo para Damasia Amadeo de Freda”. El adolescente actual. San Martín, Pcia de Bs.As. UNSAM EDITA, 2015, p. 9
[3] Lacan, J., “El despertar de la primavera”. Intervenciones y textos 2, Avellaneda, Pcia. de Bs.As. Manantial, 1993, p. 110
[4] “No hay otro traumatismo del nacimiento que el de nacer como deseado. Deseado o no -es parecido, porque es del parlêtre.” Lacan, J., “Le malentendu”, Orincar 22/23, 1980, p.12. Ver También Lacan, J., “El atolondradicho”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pag. 479: “La vida, es probable, reproduce, Dios sabe qué y por qué. Pero la respuesta solo se hace la pregunta donde no hay relación que sostenga la reproducción de la vida”.
[5] La referencia heideggeriana es doble: ex-siste implica tanto “a partir de” -estando allí-, como “por fuera de”.
[6] Lacan, J., Seminario XIX, Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 133
[7] Ver Lacadée, P., “El anudamiento de la imagen del cuerpo y la lengua en la adolescencia”, Conferencia para el Seminario de Formación Lacaniana de la NEL, Agosto de 2015. Disponible en Radio Lacan.

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