El saber cómo mercancía en la Universidad

El saber cómo mercancía en la Universidad

(1)comedia de enredosArt.AlejandraKorek

“Comedia de enredos”. Artista: Ale Korek

Por: Antônio Teixeira (Belo Horizonte)

 

Un adoctrinamiento triste

En el tiempo en que Freud elaboraba su “Psicología de las Masas…”, encontraba en la Iglesia y en el ejército los modelos de masa artificiales que le permitían pensar, desde el punto de vista de la economía libidinal, la estructura de las colectividades humanas. Pero el momento actual es distinto y las referencias se modifican. Frente a la supremacía tecnológica que permite la guerra sin intervención directa de una tropa, el ejército progresivamente se ve reducido a un papel ilustrativo, al tiempo que la Iglesia asiste impotente al vaciamiento de su antiguo poder de agremiación espiritual. (MILNER, 2014)[1] En los tiempos de hoy, las masas artificiales son otras. Ellas parecen formarse y dispersarse en la pluralización de las redes sociales, al calor de temas elegidos más por su efecto de excitación colectiva que por su relevancia social o política.

Más allá del fenómeno reciente de esas masa mediáticas efímeras, J-C. Milner identifica un tipo particular de masa venida del pasado, que se destaca cada vez más y progresivamente se impone como modelo universal. Se refiere a la masa universitaria, iniciada a partir de las corporaciones de enseñanza creadas por el clero en el siglo XI, que actualmente se revelan como más importantes que el Ejército y la Iglesia. J-C. Milner se permite hasta emplear el artículo definido singular para hablar de la Universidad Mundial, cuya lengua litúrgica sería el inglés, careciendo solo, en comparación con la Iglesia, de un papa y de un Vaticano, que, igualmente, el jurado del premio Nobel podría suprimir.

La etimología de la palabra indica aquello que motiva su proyecto: originalmente usado para designar, en la lengua del derecho romano, toda multiplicidad que puede ser considerada como una entidad jurídica única, el término universitas será progresivamente reservado a las instituciones de enseñanza superior a partir del siglo XII. (IDEM, p.89) La Universidad pasa a ser la institución orientada a reducir al Uno lo que es originalmente múltiple, en lo que respecta a la producción, acumulación y transmisión del saber. Uni-versitar correspondería, si pudiéramos transformar el sustantivo en verbo, a unificar la multiplicidad de los saberes al punto de vista de la unidad, en una especie de conversión didáctica del Universal destinada a reproducir y a expandir la clase clerical. Pero el saber, para ser universal, debe ser indiferente a los contenidos de los saberes múltiples que se particularizan, siendo necesario retirarles la substancia cualitativa para reducirlos a su aspecto formal. De allí se explica la absorción de la ciencia moderna por la Universidad que inicialmente la había rechazado, para, enseguida, volverse su lugar de elección. Al disolver el objeto de sus cualidades sensibles, para retener de él solo lo que se deja formalizar en ecuaciones literales, la ciencia moderna viene a ofrecer justamente el instrumento necesario para la universalización del saber. Su equivalencia universal se expresa en lenguaje matemático. Y desde el momento en que de ese Universo nada se exceptúa, la ciencia terminaría por recusar la excepción divina que sustentaba la Universidad en su fundación clerical, dándole la forma secularizada del saber moderno que no necesitaría, como diría Laplace, de la hipótesis Dios. El acuerdo parecía realizarse: la ciencia progresaba en el seno de la Universidad, que a su vez se legitimaba como lugar de saber apoyado sobre el progreso de la ciencia. (IDEM, p.93)

Sin embargo, una segunda torsión se gestó. Proclamando una orientación contraria a la vía del saber universal esparcida por el Iluminismo, Heidegger afirmaría, en su Discurso del Rectorado, que la Universidad no debería someterse a ese Universal del saber calculador, indiferente al contenido. En vez de colocarse como lugar de transmisión del saber Universal vaciado de sentido por el discurso de la ciencia, la Universidad necesitaría ser el espacio de promoción del saber cómo meditación provista de sentido por la historia particular de un pueblo determinado nacionalmente. Aunque no sea este el lugar para discutir la pertinencia de la argumentación de Heidegger, por más que en ella se denuncie su dudosa adhesión a la ideología nacional-socialista, su pronunciamiento no deja de indicar una mutación que afectaba a la Universidad en aquel período sombrío: la disolución de la creencia en el valor del saber universal indiferente al contenido. Ya en aquel tiempo se observaba un pedido de retorno de los saberes múltiples dispuestos en la pluralidad de sus contenidos, anunciando la ocasión en que la Universidad finalmente integraría la acupuntura al lado de las prácticas alopáticas en la grilla curricular del curso de medicina. Pero, entonces, ¿de qué Uno se sustenta hoy la Universidad, si no dispone de la unidad formal del saber universal? ¿Para cuál Uno ella hoy uni-versa? Para el Uno, responde J-C Milner, de la forma-mercancía.

En verdad, eso puede ocurrir porque existe, más allá de la unidad formal del cálculo científico, otro modo de unidad indiferente al contenido, que Marx ubica bajo el concepto de forma de equivalencia general, en su Crítica de la Economía Política. (MARX, 1983, p. 59 y sig.). Resumamos, para no perder el foco, que, si desde el punto de vista del valor de uso los objetos varían cualitativamente al no tener en cuenta su valor de uso para entrar en la perspectiva del valor de cambio, las cualidades particulares de esos mismos objetos se borran al convertirse a la forma-mercancía, para volverse relaciones comparativas de valores abstractos. Así como en el campo de la física el cálculo sobre la masa y la aceleración se aplica a cualquier objeto, independiente de la particularidad de su aprehensión individual, la forma equivalente general, al funcionar como medio de permutabilidad directa entre los objetos convertidos a la forma-mercancía, se define como un valor abstracto que puede ser aplicado indiferentemente a cualquier objeto de cambio, siendo la forma dinero la que asume el papel de equivalente general en el universo mercantil.

De allí se deduce la importancia de esa transformación ideológica en la constitución de la masa universitaria: frente a la proliferación de los puntos de vista particulares en el campo ilimitado de los saberes múltiples, donde ya no se puede ser indiferente al contenido de cada doctrina, la ideología mercantil permite restablecer la perspectiva del Universal en el nivel de la propia consideración de los saberes circulantes. Lo consigue por medio de la aprehensión puramente contable del saber-mercancía en su forma de equivalencia general, independiente de su contenido o de la naturaleza de su objeto

Así, la masa universitaria se expande, constata Milner, en la misma medida en que se coloca como mercado mundial de los saberes e iniciación pedagógica al funcionamiento del saber cómo forma de mercancía.

La modificación es visible: mientras que en la Paidéia antigua, la transmisión del saber dependía de la autoridad insustituible del Maestro, así como de su palabra y su reconocimiento, el maestro universitario contemporáneo (con “m” minúscula, bien entendido), tal como un producto del mercado, es una pieza removible, totalmente sustituible por otra. Su enseñanza se autoriza menos por su palabra viva que por su inscripción en el engranaje universitario en el que debe funcionar. Y del mismo modo que al capitalista le interesa menos la razón de ser, la cualidad particular o la esencia del objeto transformado en mercancía que la medida de la cantidad, del costo, del margen de lucro relativo al producto así constituido, en el caso del saber universitario, sometido a la lógica de ese discurso, importa menos la naturaleza del saber que produce que la medida de equivalencia que permite tratar el saber cómo artículo a ser ofertado en el mercado.

La exigencia de crear un sistema de equivalencia general destinado a la estandarización y a la cuantificación del saber cómo producto comercializable explica, por lo tanto, la expansión desenfrenada en la enseñanza universitaria de las prácticas de evaluación. Patrones de medida, igualmente, hace mucho que nos son familiares, como se verifica en el caso de los trabajos destinados a la presentación en mesas redondas de nuestros congresos universitarios, a los cuales se les impone el límite ultrajante de los infames “seis mil caracteres, cuerpo 12, sin espacios”. Mas, cualesquiera sean esos límites, por más arbitrarios que puedan ser, lo que esta efectivamente en cuestión en esa transformación del saber en mercadería, dice invariablemente sobre la exigencia de una forma de equivalencia general. Pues de la existencia de ese patrón depende el ejercicio de evaluación propio del régimen del contrato en el contexto mercadológico, lo cual permite al que adquiere un producto verificar si lo que obtuvo corresponde a lo que de hecho quería obtener en la formulación de su demanda.

Satisfacción garantizada o le devolvemos su dinero. La relación contractual supone, en sentido contrario a la condición que sustenta el deseo, la correspondencia entre demanda y satisfacción[2]. A ese fin se destinan las innumerables cláusulas de las relaciones contractuales. Para que el sujeto sepa de lo que está hablando, es preciso suturarlo en el nivel de una demanda codificada en la que todo quede bien escrito en un lenguaje exento de equívocos. El problema, aún desde el punto de vista de la enseñanza universitaria en el campo de la así llamada salud mental, es que no existe estandarización del sufrimiento psíquico: no hay como exigirle al sujeto que sufre de sus pensamientos que sepa de antemano de lo que está hablando, a fin de ofertarle el producto demandado en forma de píldora terapéutica.

Dar la palabra al paciente requiere, por el contrario, como demuestra la clínica psicoanalítica, la suspensión de toda codificación de la demanda relativa al sufrimiento psíquico. Esto aclara por qué la evaluación universitaria difícilmente emitirá cualquier tipo de juicio en favor del psicoanálisis. Si se considera que la alianza de la ciencia con la tecnología al servicio del modo de producción capitalista resulta, frecuentemente, del esfuerzo por establecer medidas de equivalencia codificables en la ejecución controlada de su producto, no sorprende notar que las innovaciones tecnológicas de esa naturaleza afecten poco a la clínica psicoanalítica. A pesar de no desconocer la importancia del arsenal farmacológico actualmente disponible en el acompañamiento terapéutico del sufrimiento mental, sabemos que no es posible codificar, partiendo del parámetro científico-tecnológico, lo que sería, empíricamente hablando, un tipo clínico para el psicoanálisis. Ninguna tecnología permite distinguir lo que sería el caso típico, definido como elemento incluido en una colección de casos que exhiben un comportamiento previsible y controlable.

Pero el pequeño amo contemporáneo, encarnado en la figura tan arrogante del administrador, necesita llenar su planilla con datos estadísticos obtenidos a partir de la reproducción del caso tipificable. Frente a la imposibilidad de definir, por medio de una doctrina del saber, el caso reproducible destinado a la evaluación, que se pueda proponer como estándar en el mercado de la salud mental, le resta proponer, aun vergonzosamente, una codificación arbitraria. La nosología que vino en auxilio del administrador, iniciada por el DSM y finalmente adoptada por la CIE (Clasificación Internacional de las Enfermedades), se apoya en una tipología de convenciones discretas, disociadas de todo esfuerzo de teorización. Y dado que está en cuestión ofertar un producto tipificado a una queja también típica, la actual clasificación se permite, entre otras cosas, ampliar la significación psicopatológica a los fenómenos subjetivos de la angustia y la tristeza, por ser datos universales, relativos al desamparo inherente a la condición humana. A partir de esto se explica la transformación de esos síntomas en enfermedades, al construir las amplias categorías clínicas de los trastornos de ansiedad y de la depresión

Sería vano criticar aquí el uso aberrante que esos manuales hacen de las categorías clínicas para uso del amo administrador. Pero, al considerar que sus autores se permiten tratar el síntoma de la tristeza como una enfermedad, bajo la forma del llamado trastorno depresivo, podemos responder que tales clasificaciones son, por otra parte, estructuralmente tristes o depresiva. Por lo tanto, debemos tener en mente que la tristeza, desde el punto de vista del psicoanálisis, es el afecto que resulta de un rechazo a la tensión lógica del pensamiento, que se manifiesta en las formas de apatía del sujeto depresivo. Entonces: si concebimos la lasitud mental de la tristeza como resultado de esa renuncia de la tensión lógica del pensamiento[3], tenemos motivos para identificar en los manuales clasificatorios de psiquiatría un adoctrinamiento esencialmente triste. Lo que explica el cansancio adormecedor que afecta a quien intenta estudiar las divisiones clasificatorias de psiquiatría, cuyas listas agrupan fenómenos sin conexión entre sí, es el abandono deliberado de todo esfuerzo de situar lógicamente al síntoma como respuesta del parlêtre al malestar que le afecta. Sólo interesa retener lo que se deja codificar en una forma de equivalencia general, según los parámetros de una práctica que debe someterse a la evaluación de productividad para rendir cuentas a los poderes que la subvencionan.

La epistemofobia es, como se ve, el corolario inevitable de la epistemometría. Ahora, si bien no cabe quedarse disertando indefinidamente sobre los efectos de esta creciente sumisión de la enseñanza a los parámetros del mercado de la evaluación, sí es interesante notar que el psicoanálisis, tan contrario por su propia naturaleza a los actuales criterios oscurantistas de evaluación, continúe suscitando una entusiasta adhesión de buena parte de estudiantes e investigadores. Nuestra hipótesis, para ir al punto, es que lo que aún asegura la transmisión del psicoanálisis lacaniano en las universidades, generando un movimiento de entusiasmo independiente del reconocimiento contable de los poderes evaluativos, es su capacidad de rescatar la tensión lógica del pensamiento que ser perdió en los relatos clínicos de la psiquiatría actual. Pero sería aún un error suponer que se busca naturalmente esa tensión lógica, como si hubiese una tendencia espontánea del sujeto a seguir su encadenamiento significante. Lo que se manifiesta es más bien un rechazo del pensamiento, un no querer saber estructural inherente a la propia relación de encubrimiento que el sujeto mantiene con la verdad de su deseo, para estabilizarse en algún tipo de identificación. Al considerar que el lenguaje no confiere identidad al sujeto –el significante solamente habilita las diferencias– se vuelve evidente que no se puede alcanzar, por la vía del pensamiento, la identidad del “Yo soy”. Es preciso no pensar para alcanzar la identidad del ser. Es en ese sentido que el sujeto se ubica, retomando un concepto caro a Deleuze, como una especie de síntesis disyuntiva entre pensamiento y ser.
Por considerar la ignorancia como pasión fundamental del ser humano, el psicoanálisis entiende que la vertiente por la cual el sujeto se mueve de manera preferencial, es la de no pensar, para poder afirmarse en la identidad del ser. La operación inversa del “Yo pienso” sería, a su vez, la operación artificial, no espontánea, de la cual depende la acción del dispositivo analítico. Ella desestabiliza la identificación del sujeto al “yo soy”, promoviendo la falta en ser como su efecto. Por eso podemos decir que las doctrinas que abordan el sufrimiento psíquico como resultado de una patología orgánica o de una respuesta adaptativa mal programada, deben su éxito no solo a los laboratorios o a los planes de salud que las subvencionan. Ellas ofrecen al sujeto la elección alienante del “yo soy”, valiéndose de una tendencia espontanea de no pensar para estabilizarse en el ser. En cuanto al psicoanálisis, pobres de nosotros, no dispone del patrocinio de la industria farmacológica ni tampoco de la propensión del sujeto a sostener el Yo pienso. No contamos ni siquiera con el apoyo de las fábricas de divanes. ¿Cómo hacer, entonces, para seguir en la vertiente del “yo pienso”, si la opción preferida es el “Yo soy”, si la pasión fundamental del ser es la ignorancia, si no hay, en principio, ningún Wissentrieb (LACAN, 1975, p. 96), si la operación verdad, en el sentido en que nadie quiere saber de ella, es dejada de lado?

Muy bien. Así como Freud nos enseña que no se puede saciar el hambre con la lectura del menú, Espinosa hace mucho tiempo ya nos advertía que el intelecto no consigue suprimir el afecto. (cf. Proposición 7 del libro IV de su Ética) Una pasión o un afecto solo puede ser suprimido o contrariado por un afecto contrario más fuerte que el afecto a suprimir. Por esto podemos decir que el psicoanálisis, para vencer la pasión de la ignorancia, necesita valerse de otra pasión de sentido contrario, esa pasión a la que damos el nombre de transferencia, la cual le permite al sujeto cambiar el vector de la ignorancia del “yo soy” por el deseo de saber del “yo pienso”. Nadie elige pensar, a no ser que tenga su identificación desestabilizada por un síntoma que lo convoca a descifrar su sentido, lo cual depende, precisamente, de la suposición al Otro por la vía del amor de transferencial, en la línea del vector diagonal que apunta al inconsciente. Es la transferencia la que permite pasar de la identificación alienante del “Soy y no pienso” a la verdad del inconsciente como “pienso y no soy”, llevando al sujeto a un lugar en que no encuentra ninguna identificación, ningún título de pertenencia a una comunidad determinada:

Hacia una nueva enseñanza

En este punto, a nuestro entender, se sitúa la importancia de sostener, contra los adoctrinamientos tristes de las alienaciones identificatoria que hoy ganan espacio en las universidades, la posibilidad de engendrar allí el amor transferencial por el psicoanálisis, a través de la vía de una gaia enseñanza. Si bien escogemos esa expresión –gaia enseñanza– articulada al sintagma “gay saber”, evocado por Lacan en Televisión, es preciso no omitir la referencia al término de Gaia Ciencia que da título al célebre libro de Nietzsche. Al inscribir entre paréntesis, en la portada de la edición alemana, bajo el título original Die Frolich Wissenchaft, la expresión “La gaya scienza”, Nietzsche tenía en mente un término derivado del Provenzal, que nos interesa particularmente.

Se trata de un lenguaje usado por los trovadores de la literatura, durante el SXII, quienes definían la gaya ciencia como una habilidad técnica de composición poética capaz de hacer surgir el discurso como evento iluminante del encuentro con la palabra exacta. Nos referimos a este lenguaje porque sabemos que Nietzsche atribuyo a esos hábiles poetas la invención del amor en la literatura europea, la cual no deja de tener parentesco con la habilidad retórica a través de la cual Freud consiguió constituir una gaia enseñanza, absolutamente decisiva para la transmisión del psicoanálisis.

Es imposible leer un texto freudiano sin experimentar el placer que provoca su narrativa. Pero a pesar de ser un hombre de letras, Freud no era propiamente un escritor; su vocación siempre fue científica. En este sentido, hay una diferencia marcada que separa, en campos relativamente autónomos, la propuesta literaria de aquella que se encuentra en un texto de orientación científica. En la lectura de un relato científico, no hay porque esperar una exposición que nos seduzca; la objetividad que la ciencia positiva se propone depende justamente de la neutralización de su forma. (ADORNO, 1984, p.8) Contrariamente a la creación literaria, que se constituye como una categoría estética, el artículo de información científica se organiza por un compromiso expositivo de informar al lector en la adquisición de una verdad independiente de su sensibilidad. (BENSE, 1991, p. 135) Mientras que el escritor literario tiene como objetivo proponer la creación narrativa en la unidad estética de la forma, el escritor de orientación científica objetiva, en primer lugar, expresa su juicio mediante inferencias derivadas de la investigación que realizó sobre determinado tema. En la medida en que de su trabajo se espera más una exposición de contenido que de valorización de la forma, él no debe sacrificar la consideración de ningún elemento relevante que parezca comprometer la unidad expositiva del tema.

Es por esa razón que Freud, al señalar la hipótesis de una atracción de Dora por la Sra. K, en su “Fragmento de análisis de un caso de histeria”, asume abordar una complicación que sería eliminada por un escritor literario en razón de su efecto desarmónico sobre el conjunto del texto. Más, a pesar de que Freud se considere como un escritor científico, no comprometido con la seducción estilística, todos los que de hecho lo leen experimentan la fascinación irresistible de su texto. ¿Por qué entonces escritores como Marx y Freud, cuyo compromiso está claramente definido hacia el juicio inferencial de los hechos, ejercen en nosotros una atracción similar a la de un escritor del mejor linaje?

La razón es que existe, tanto en Freud como en Marx, un compromiso con la creación no propiamente de un tema, como ocurre con la literatura, sino de una perspectiva hasta entonces inédita sobre un tema ya constituido. Si es posible, entonces, admitir la confluencia entre la actitud estética de la creación, en el escrito literario, y la actitud demostrativa de la exposición en el artículo científico, el ensayo viene a ser justamente, según la proposición de M. Bense, la forma en que se estructura esa dimensión. En el ensayo se combinan, sin confundirse, el cuidado estético del tratamiento de la forma y la perspectiva objetiva de la exposición conceptual. (LUKACS, 1975, p 15 y sig.)

No cabe al ensayista crear una realidad ex nihilo, como en el caso de la ficción literaria, sino proveer a lo que ya existe una nueva configuración experimental. (IDEM, p. 28) Contrariando la aridez formal que se reconoce en el texto de un periódico científico, en su esfuerzo de des-subjetivar al máximo las proposiciones de la teoría, el ensayo se vale del placer estético que produce su lectura, como si la creación de una transferencia amorosa con el texto fuese condición esencial de su transmisión. El compromiso expositivo del tema coincide aquí con el cuidado de la forma, en la medida en que se pretende producir, de parte del lector, la adhesión que deriva, no del pensamiento racional, sino de la manera por la cual su expresión nos cautiva. Lo que importa cuando se construye una configuración inédita sobre lo que ya está dado, es el conocimiento de los primeros principios que la nueva perspectiva inaugura y que no pueden ser alcanzados racionalmente. Son principios que, precisamente por ser principales, asumen una posición axiomática que escapa al procedimiento deductivo de la demostración.

Esto es así porque es necesario tratar el ensayo literalmente como ensayo, o sea, como una experimentación. El ensayo es un intento de efectuar transformaciones sobre un dominio de conceptos para poner en evidencia, a partir un nuevo ángulo perceptivo, lo que hasta entonces no tenía visibilidad. El acto es aquí esencial –como el término Abhandlung lo muestra–, ya que lo que define el compromiso del ensayista es precisamente el campo de la experimentación abierto por esa perspectiva. Por eso el ensayo no pretende exponer el conocimiento del objeto mediante un procedimiento deductivo derivado de principios previamente establecidos. Al ensayista le interesa menos conocer el objeto, tal como se encuentra determinado en su campo conceptual, que encontrar una nueva manera de exhibirlo. Lo que se ensaya es ver como el concepto se comporta a partir de una perspectiva insospechada, en conformidad con la nueva pregunta que orienta su experiencia.

El escrito psicoanalítico responde, en ese sentido, a esa vocación ensayística, en tanto que la consideración clínica desde donde se constituyó siempre exige la transposición del concepto hacia el campo de la experimentación. La ensayística de Freud consiste en la manera en que trajo a la luz la dimensión del inconsciente, al establecer principios que darían visibilidad inédita al síntoma aparentemente errático, al sueño supuestamente caótico, a los efectos involuntarios de los chistes y de los actos fallidos. Freud tuvo que ser poeta malgre lui [a pesar de sí mismo], contrariando su vocación de hombre de ciencia, para tornar a la cultura sensible a una dimensión de verdad, subyacente al equívoco, cuyo reconocimiento la ciencia normal de su época no fue capaz de concederle. No es casual, entonces, que le hayan otorgado a Freud el premio Goethe de literatura. Por más que el psicoanálisis se apoye en el discurso de la ciencia, jamás dejó de mantener con la literatura una relación que, lejos de ser contingente, en varios aspectos se revela determinante para la transmisión de su objeto, en la medida en que nos lleva a percibir la creación en el seno mismo de la propia exposición[4].

A diferencia de lo que se espera en el relato universitario, en el cual el sujeto que expone debe saber a priori lo que dice, la enseñanza del psicoanálisis explicita que el sujeto que habla, a un supuesto saber, no sabe lo que en verdad expone, y así termina por percibirse como creador ficcional de una verdad distinta de aquella que creía en principio estar exponiendo. (LACAN, 2066, p.44) Pero eso solamente lo alcanza al hacer la experiencia de su enunciación. Podemos incluso decir que la enseñanza del psicoanálisis se aproxima a la forma de argumentación ensayística en razón, justamente, de esa primacía dada al campo de la experimentación[5]. Pues si el ensayo, como experimentación, es un intento de efectuar transformaciones sobre un dominio de conceptos, para poner en evidencia, a partir de un nuevo ángulo perceptivo, algo que hasta entonces no tenía visibilidad, la experiencia psicoanalítica, a su vez, es un intento de hacer surgir en la palabra del sujeto un efecto significante distinto del sentido normalmente comunicable. Tanto al ensayista como al psicoanalista les interesa menos conocer el objeto tal como se encuentra determinado en su campo conceptual, que encontrar una nueva manera de exhibirlo a través de una infracción significante del concepto.

De allí se infiere que tanto el ensayo como la enseñanza del psicoanálisis reivindiquen, en su dimensión experimental, una singularidad propia. Por ella se traduce la fidelidad del pensamiento al punto de vista en el que se apoya, siguiendo el nuevo arreglo en el cual los términos se explicitan en su influencia recíproca. Ambos rechazan el metalenguaje, en el sentido de un rechazo vehemente de todo lo que se pretenda como verdad última. Pero si, a pesar de su falta de pretensión retórica, el ensayo aún suscita el apego del lector por su forma lírica, es porque la perspectiva que por él se inaugura, no se deja captar como inferencia de un saber constituido. Sea literario, científico o polémico, el ensayo se presenta como un arte combinatorio que apunta a crear las condiciones en las cuales el objeto, surgido bajo una nueva luz, despierte una transferencia positiva en el lector, o sea, una tendencia que lo torne sensible a su configuración. Tal es, además, el sentido de la forma de aprehensión que Pascal, en su escrito sobre El arte de persuadir, nombra conocimiento por el corazón: es necesario seducir el deseo para producir la adhesión de la creencia en los principios propuestos por un saber innovador. Los principios, por ser justamente principales, no pueden ser objeto de una deducción. Es por eso que el ensayista usa frases elementales de encanto poético, que allí funcionan como “fragmentos de un discurso sensible elevado a la perfección”. (BENSE, 1991, p. 24)

Pero, sin embargo, sería un error confundir el ensayo con el escrito poético, el cual busca en la forma estética el destino de su narrativa. La forma estética en el ensayo se coloca como principio, jamás como el fin de su destino. Es necesario que, en el fin, el ensayo rompa su envoltura estética para hacer surgir finalmente el compromiso ético sobre el cual se constituye como propuesta de transformación. (IDEM)

Del mismo modo, diríamos entonces, para finalizar, sería también un grave error sostener que la suposición transferencial del saber constituye la finalidad del análisis, su consecuencia última. Si de hecho lo mínimo que se puede esperar de un análisis es que promueva, por la vía del amor de transferencia, la verdad del inconsciente como falta en ser, quedarse allí es permanecer, como dice Lacan, en el mero “dejar transcurrir” de la experiencia. (LACAN, 1967-1968) La indeterminación del sujeto como falta en ser no puede ser el saldo del análisis; es más, es algo a ser perdido en su fin. A pesar de no dar diplomas como en la universidad, el psicoanálisis no por ello deja de atribuir un título a quien es capaz de testimoniar de sus problemas cruciales mediante la adquisición de un saber no supuesto al Otro, que encontramos en los testimonios del pase.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
  • ADORNO, T., “L’Essai comme forme”. Notes sur la literature, Paris, Flammarion, 1984.
  • BENSE, M., “L’Essai et sa prose”. Trafic, Paris, P.O.L, Nº 20, 1991.
  • IANNINI, G., Estilo e verdad en J. Lacan. B.H.: Autêntica, 2012.
  • LACAN, J., Le Séminaire, livre XV: L’Acte psychanalytique (inédito), 1967-1968.
  • LACAN, J., Le Séminaire, livre XVIII: D’Un discours qui ne serait pas du semblant. Paris: Seuil, 2006.
  • LUKÁCS, G., El alma y las formas, Barcelona, Ed. Grijalbo S.A., 1975.
  • MARX, K., El Capital: Crítica de la Economía Política. S.P.: Abril, 1983.
  • MILLER, J.-A. & MILNER, J.-C., Voulez vous être évalué? Paris, Grasset, 2014.
  • MILNER, J.-C., L’Universel en éclats. Paris: Verdier, 2014.
[1] J.-C. Milner, «De l’université comme foule», in L’Universel en éclats, Paris, Verdier, 2014, pp. 87-114. La primera parte de esta discusión se desarrolla a partir del mencionado ensayo.
[2] La mejor discusión sobre la especificidad moderna de la relación contractual, se encuentra en: J.-A. Miller & J.-C. Milner, Voulez vous être évalué? Paris, Grasset, 2004.
[3] Remito al lector al artículo “Depressão ou lassidão do pensamento? Reflexões sobre o Espinosa de Lacan”, disponible online in http://www.scielo.br/pdf/pc/v20n1/02.pdf.
[4] Se encontrará una interesante discusión sobre la cuestión en el libro de G. Iannini, Estilo e verdade em J. Lacan, B.H., Autêntica, 2012.
[5] M. Bense supo cómo nadie definir la importancia de esa dimensión experimental del ensayo que aquí comentamos. Cf. BENSE, M. L’Essai et sa prose”. In: Trafic, Paris, P.O.L, nº 20, 1991.

 

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