“Nosotros no creemos en el objeto, pero constatamos el deseo, y de esta constatación inducimos la causa en la medida en que está objetivada”[1]

“Nosotros no creemos en el objeto, pero constatamos el deseo, y de esta constatación inducimos la causa en la medida en que está objetivada”[1]

(3)borges, el instanteArt-AlejandraKorek

«Borges, el instante». Artista: Ale Korek

Romildo do Rêgo Barros

 

Lacan debía saber, en una época en que aún las señales no eran evidentes, que el siglo XXI, que él mismo no vería nacer, tendría como marca esencial una gran dispersión: en la distribución de la autoridad y del poder, en las relaciones ente las generaciones, en las concepciones sobre la naturaleza y la cultura, en la bipartición entre sexo y género, etc…

Esa dispersión trajo de manera forzosa efectos en la práctica psicoanalítica, a la cual Lacan dedicó su vida. Son efectos respecto a la función del analista, así como al alcance de su interpretación. Tanto a lo que se puede esperar de un análisis, como a la noción de la cura.

Tenemos el hábito de reducir toda esa expansión a la expresión “declive del Padre”, sin pensar demasiado si este declive está en el origen del verdadero tsunami cultural y político que nos viene arrebatando a todos, o si constituye una primera consecuencia. Tsunami cultural en el sentido más amplio, de la relación que cada uno de nosotros mantiene con el cuerpo, con la naturaleza y con el semejante como distinguió Freud en 1930; y política, como la crisis de una comprensión de la lucha de clases vista como un duelo entre dos bloques unitarios.

De hecho, no saber si el declive del padre es causa o consecuencia ya es indicio de que han cambiado las relaciones entre las causas y las consecuencias. Una consecuencia, para Lacan, no es decurrente de un movimiento desencadenado por una causa inicial, sino que consiste en alguna forma de irrupción, por definición, algo extraño a la continuidad. La causa se manifestará siempre al final.

Un ejemplo: En el seminario sobre El Acto Psicoanalítico, de 1967-1968, Lacan distingue el acto del analista del análisis didáctico: en este último el “sujeto se somete” a algo en un sentido previo. El acto del analista se asocia a un acontecimiento que interrumpe en lo que el análisis tiene de secuencia significante[2]. Esto tendrá un efecto, como se sabe, en la propia comprensión de lo que es un análisis didáctico, una vez que ya no podemos decir que en su horizonte existe la certeza de que se producirá un analista.

De esta forma, hubo un desmembramiento en la propia expresión “análisis didáctico”: mientras que el análisis es un proceso que se practica a lo largo de un cierto tiempo, obedeciendo a una “regularidad casi burocrática”[3], como lo calificó Lacan, el adjetivo didáctico solamente podrá serle atribuido por la fuerza de un acto y por retroacción: didáctico es el análisis que habrá producido un analista a partir del momento en que el deseo del analista pone en cuestión al deseo de ser analista.

El carácter retroactivo de lo que puede haber de didáctico en un análisis también puede ser ilustrado por otra afirmación de Lacan, esta vez en el seminario…O peor, en un pasaje que trata del saber sobre la verdad: el análisis didáctico “solo puede ser seguro mientras no haya sido iniciado en nombre de eso”[4]. Lacan va a proponer, poco después, el pase como un dispositivo capaz de verificar ese instante de excepción absoluta en que se revela el tiempo retroactivo del acto.

[1] Lacan, J.: El Sinthome, Buenos Aires, Editorial Paidós, 2011, p. 37.
[2] Lacan, J.: El Acto Psicoanalítico, clase de 29/11/1967, inédito.
[3] Lacan, J.: “Del Psicoanálisis en sus relaciones con la realidad”, Otros Escritos, Buenos Aires, Editorial Paidós, 2012, p. 372.
[4] Lacan, J. “El saber sobre La verdad”. …O Peor, Buenos Aires, Editorial Paidós, 2011.

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