Niñas modelo-modelo: lo fuera de serie en el siglo XXI

Niñas modelo-modelo: lo fuera de serie en el siglo XXI

Daniela Teggi. Acuarela en tela. EOL, AMP

Daniela Teggi. Acuarela en tela. EOL, AMP

Hacia el ENAPOL VIII

Alejandra Glaze – EOL. AMP

Nuestro próximo ENAPOL es una excelente oportunidad para trabajar sobre el modo en que los sujetos se enredan y desenredan en los asuntos de familia en el siglo XXI, entre la causalidad del significante y el encuentro con lo real. Es decir, por la identificación imaginaria y su falla, esa irrupción de goce que erige el destino del sujeto. Es decir, de qué manera el caldero pulsional arma su montaje desde una estructura de lenguaje, con la paradoja que eso significa.

Pero vayamos por partes. Hay una diferencia radical entre el rasgo unario y el Haiuno, enfatizando que no hay repetición primera, es decir, no hay posibilidad de identificación imaginaria sin su falla. Es el Uno donde no se trata de la relación al Otro, un Uno separado del sentido. En el Seminario 19 dirá más: “Allí donde no hay relación sexual, Haiuno”.[1]

El Uno de la repetición, absolutamente sólo como rasgo desarticulado, se escribe con cualquier cosa con tal de que sea fácil de repetir como figura; para el ser hablante, nada más fácil que reproducir su semejante o su tipo (por ej., una niña modelo). La figura es marca. Y así, el antiguo modelo óptico de Lacan se refiere a que el sujeto se refleja en el rasgo unario, y a partir de eso se sitúa en relación al yo ideal. Esto conduce al punto de primado del Otro, del lado del amor, y por consiguiente a los asuntos de familia, pero queda una marca de esa “conmemoración de irrupción de goce” que vehiculiza el rasgo unario en su iteración.

Pero empecemos por lo más simple. ¿Qué es un modelo? Es un objeto que se fabrica en serie y que tiene las mismas características que los que pertenecen a su mismo tipo. Un Todo, un modo de hacer masa a la manera freudiana, la mismidad y la serie, pero que no puede ser pensado sin su contrapartida de fracaso que se añade como malestar. Un supuesto “para todos” que produce el colectivo imaginario del nosotros. Manifestaciones imaginarias de lo común que disuelven la singularidad en el Todo, diluyendo la posibilidad de la diferencia.

El modelo, al decir de Lacan, “por ser un hecho de escritura, se sitúa en lo imaginario”,[2] fundando su consistencia. Entonces, podemos agregar que los modelos apelan a lo universal y promueven los particularismos. Por ejemplo, las niñas modelo del siglo XIX y XX.

Imágenes que engañan y seducen, discursos que comandan lo que la relación sexual debe ser, semblantes, artificios, hechos culturales, civilizatorios.

Hasta aquí, primado del Otro, articulación de lo real que reprime la falta de relación sexual, donde la neurosis hace su esfuerzo por hacer existir esa misma relación sexual. Pero siempre que hay un modelo, hay síntoma, ya que el sujeto fracasa en el intento de estar a la altura de ese modelo.

Ni siquiera el orden doméstico de los Freud se libró de esa doble incidencia. Y quienes nos han entregado los datos más precisos de ello son los biógrafos de Anna Freud. La transformación de la pequeña Anna (a la que su padre gustaba llamar ‘Demonio Negro’ –SchwarzerTeufel–, por su carácter díscolo y caprichoso) en una juiciosa adolescente dedicada a aficiones literarias, es un paradigma clínico de los alcances y las grietas de una buena educación del siglo XIX.

Una de las lecturas favoritas de Anna eran los libros de la Bibliothèque Rose, una serie escrita por Sophie Rostopchine, Comtesse de Ségur.[3] En uno de ellos, Sophie de Réan es una niña de cuatro años, descripta como caprichosa y antojadiza, coqueta e imprudente, capaz de realizar las peores tonterías, cometer los mayores excesos, y actuar con una crueldad próxima al sadismo. Verdadero “Demonio negro”, esta niña vive su infancia con toda libertad, a la inversa de sus primas, niñas modelo, encarnación de la razón y la sabiduría burguesa. La trilogía a la que pertenece este cuento, compuesta por Les PetitesFillesmodèles (1858), Les Vacances (1859), y Les Malheurs de Sophie(1860), constituye un verdadero discurso educativo utilizado como lectura obligada para los niños de las familias acomodadas e ilustradas de Europa a principios del 1900, cuyo objetivo moral es demostrar, por un lado, que la desobediencia produce la punición, y por el otro, que todo error puede ser perdonado. Sin dudas, época del Otro en todo su poder.

Al cumplir 18 años, Anna fue enviada a Merano, donde supuestamente se recuperaría de una afección física, y desde allí escribe aquellas cartas en las que aparecen los primeros indicios de su compromiso subjetivo, y lo que Freud definió como su psicastenia: una reducción intelectual o cognitiva provocada por causas emocionales, y que describe en sus cartas a su padre: “[…] me pregunté de qué podría tratarse, pues no estoy realmente enferma. En cierto modo eso irrumpe en mí y luego me siento muy cansada y me preocupo por toda clase de cosas que en otro momento son perfectamente naturales […] Pero cuando tengo un día estúpido todo me parece mal; por ejemplo, hoy no puedo comprender cómo a veces todo me parece tan estúpido. No quiero volver a sentir eso, pues deseo ser una persona razonable o por lo menos llegar a serlo, pero no puedo prestarme ayuda estando siempre sola […]”.[4]

No conocemos la respuesta de Freud a esa carta, pero mucho después le escribió: “Por los libros que has leído habrás comprendido que eras excesivamente celosa e inquieta y que estabas insatisfecha porque te has apartado desde niña de muchas cosas de las que una muchacha hecha no se asustaría. Advertiremos un cambio cuando ya no te apartes de los placeres de tu edad sino cuando goces alegremente de lo que las demás muchachas gozan. Uno difícilmente tiene energía para dedicar a intereses serios si es demasiado celoso, demasiado sensible y permanece alejado de la naturaleza y de su propia vida; entonces uno se siente molesto por las mismas cosas que desea”.[5]

En una carta a Lou Andreas Salomé, del 5 de mayo de 1924, Anna le escribe: “El motivo para seguir analizándome fue el comportamiento no demasiado honorable de mi vida interior: ocasionales intromisiones indecorosas de las fantasías mezcladas con una intolerancia cada vez mayor –a veces física tanto como mental– de las fantasías de flagelación y de sus consecuencias (es decir, la masturbación) de las cuales no podía prescindir”.[6] Mucho más adelante, en otra carta le dice: “Se que es vergonzoso, principalmente cuando me viene entre un paciente y otro, pero también es algo bello que me produce un gran placer”.[7]

Hasta aquí, las grietas de la niña modelo del siglo XIX de la mano del mismo Freud.

Vayamos ahora a una niña modelo del siglo XX: Ana Lydia Santiago, quien en uno de sus testimonios (“Separarse del mito: el duelo por el objeto de amor”)[8], plantea lo siguiente: “En consonancia con la clásica tríada de la clínica analítica –inhibición, síntoma y angustia–, comprobé que el síntoma se manifiesta en forma de cólera y celos, afectos insensatos para quien, desde la infancia, intentaba identificarse con una niña modelo”, y que en otro testimonio (“Flechazo”[9]), reafirma del siguiente modo: “efectos contradictorios para una niña que quiere ser una niña modelo y alcanzar el bien decir”. Esto se reitera en relación al mito de Las tres cabezas de oro, y cómo cada una de las dos niñas responde frente a las exigencias del Otro: “La primera niña, considerada una buena hija, bastante afectuosa con el padre, atiende rápidamente las solicitudes de cada una de las tres cabezas, y consecuentemente, es beneficiada con el don de la bondad y con un aliento suave, lo que le posibilita al hablar, lanzar piedras preciosas por la boca. La segunda niña, hija caprichosa, más ligada a la madre, rechaza el pedido de favores de las tres cabezas, y entonces le reservan una vida más difícil, literalmente un camino de espinas, que hieren su piel y vuelven su apariencia poco atractiva, y además un aliento horrible, que la lleva al hablar, a lanzar cobras y lagartos por la boca”.[10]

Podemos ver aquí aquello que describiríamos rápidamente como una escisión, para ponerlo en términos freudianos. Escisión entre aquello que se encuentra en el registro de la representación, y aquello que entra dentro del marco de la voluntad de vivir, la manera propia de decir eso que empuja y anima un cuerpo mortificado, atrapado en el fantasma y preso del traumatismo de lalengua.

El goce se revela en la niña modelo que es Ana Lydia, produciéndose como su reverso, la cólera y los celos; de arrebatada a arrebatadora; de la madre buena y sacrificada, a la furia del amor, al tiro de fusil, al flechazo que puede ser ella misma, aquel que indica el sonido de un destino de muerte para el sujeto, si sigue conducida por aquello que la determina del lado del significante.

Es el trabajo del análisis orientado por un analista que va más allá del padre, el que puede separar a Ana Lydia de ese modelo-destino que implicaba el sacrificio al amor del Otro, recubriendo su propia dimensión gozante, aquello que toma cuerpo desde lo pulsional, despejando el efecto primordial de lo simbólico, concebido como traumatismo y mortificación.

La niña modelo es un modelo de lo que significa la represión en la neurosis, y de cómo se describe esa relación subjetiva con la pulsión, la manera en que el saber sobre el goce que queda al margen de la civilización retorna como malestar. Es el discurso del amo en su producción de la castración simbólica.

Pero en el Seminario 19 Lacan anuncia el discurso del amo up to date, del amo último modelo, “y de las niñas modelo-modelo que son su progenitura”.[11] Y agrega: “Pero no todas son modelo-modelo”. ¿Qué es esta niña modelo-modelo?

¿Podemos pensar a ese amo up to date como el amo que ordena gozar de nuestra época? Una época signada por una autoridad del padre socavada por la acción conjunta de la decadencia de la dimensión trágica del padre y la multiplicación de formas de la vida conyugal. Siguiendo a Miller, que el Otro no existe quiere decir que el Uno es el que existe, explicando así el surgimiento de nuevos amos, más consistentes y dispuestos a barrer con la diferencia. Es el primado del Uno en la dimensión de lo real. En este sentido, el orden simbólico no sería otra cosa que la iteración del Uno en lo real, que no comanda ninguna identificación sino que abre la vía a la destitución subjetiva, y a lo que Miller describe como sujetos desinhibidos, neodesinhibidos, desorientados, desbrujulados, donde el objeto se impone al sujeto, en la “insistencia de una indecente intimidad”. Se trata de un Uno distinto al que unifica una clase, distinto al que impone el modelo de la niña modelo “que fascina al padre”.[12]

Esta reduplicación de la niña modelo en niña modelo-modelo que aporta Lacan, es ilustrada por Miller[13] en el mismo comentario al testimonio de Ana Lydia cuando se refiere a la anorexia como nuevo modelo de la época, esta vez ligado al goce y no al Ideal que esconde un goce, en esa iteración del Uno, y no del lado del semejante. Pero en esa misma clase Lacan aclara: “no todas son modelo-modelo”, “y esto hace época”[14], enfatizando ese desplazamiento al lado femenino, que invita a vivir la pulsión de manera singular, no convocando al afán clasificatorio, ni la serie, ni los universales, ni los grandes Ideales.

Hoy la apuesta tiene más que ver con los cuerpos y su goce, que con la ideología o con la encarnación de un significante amo, con la consecuencia del colapso del régimen del Otro. Ya no se trata de lo que el objeto te hará ser, sino del establecimiento de los particularismos de goce, los modos de goce, donde muchas veces el cuerpo “ya no obedece” a esas premisas identificatorias, sino a los cuerpos liberados a su propio goce solitario, donde queda al descubierto, sin velo, la inexistencia de la relación sexual.

Es así que algunos jóvenes, hoy en día, producen nuevas identidades en la búsqueda de desembarazarse de la palabra del padre, de desembarazarse de los ideales que vienen del Otro. Por un lado, parecemos estar en un mundo en una explosión de productividad e innovación (nosotros diríamos tal vez, de inventos identitarios), pero por otro, esa capacidad de creación se ve capturada sistemáticamente por los tentáculos del mercado, desactivando permanentemente esa invención, esa creatividad convertida hoy en día en el combustible del capitalismo contemporáneo.

Es esta una orientación precisa para, en los enredos de la práctica, abordar los asuntos de familia del siglo XXI, época de una incitación permanente a esa creatividad personal, a la excentricidad y a la búsqueda de diferencias, que sin embargo, no deja de producir copias descartables de lo mismo, llevando a la niña modelo, a ser una niña modelo-modelo, es decir, un Uno que itera, no siendo modelo de nada, y por fuera de la lógica identificatoria, evitando de este modo los intrincados enredos de los asuntos de familia.
¡Los esperamos!

 


 [1]Lacan, J., El Seminario, Libro 19,…o peor, Paidós, Buenos Aires, 2012, p 150.
[2] Lacan, J, Seminario 22, Clase 3, del 17 de diciembre de 1974. Inédito.
[3]SophieRostopchine,Comtesse de Ségur perpetuaba en sus obras la tradición literaria moralizadora, con cuentos como Contes de fées (1857), l’Auberge de l’AngeGardien (1863), Mémoiresd’unâne y GénéralDourakine.
[4]Young-Bruehl, Elisabeth, Anna Freud, Emecé editores, Buenos Aires, 1991, p 54.
[5]Ibíd., p. 54. La bastardilla es mía.
[6]Ibíd., p. 111.
[7]Ibíd., p. 110.
[8] Santiago, Ana Lydia, “Separarse del mito: el duelo por el objeto de amor”, Volumen del VIII° Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, El orden simbólico en el siglo XXI. No es más lo que era. ¿Qué consecuencias para la cura?, Grama ediciones, Buenos Aires, 2012, p. 60.
[9] Santiago, Ana Lydia, “Flechazo (Coup de fodre)”, en Lacaniana 12, Revista de la Escuela de la Orientación Lacaniana, Grama Ediciones-EOL, Buenos Aires, 2012, p. 105.
[10]Ibid., p. 106.
[11]Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 19,…o peor, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 167.
[12] Miller, Jacques-Alain, Comentario a “Separarse del mito: el duelo por el objeto de amor”, de Ana Lydia Santiago, Volumen del VIII° Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, El orden simbólico en el siglo XXI, op. cit., p. 66.
[13]Ibíd., p. 69.
[14] Lacan, J. El Seminario, Libro 19,…o peor, op. cit., p. 167

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