Desde el umbral

Desde el umbral

Alejandra Eidelberg. EOL- AMP

La cita

“Del itinerario del que estos escritos son jalones y del estilo determinado por aquellos a los que se dirigieron, quisiéramos llevar al lector a una consecuencia en la que sea preciso poner su parte.” (Lacan 2008: 22)

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Paula Husni. EOL- AMP. “De plantas, flores y otras hierbas”. Fotografía. Invernadero Santa Teresa. Rocha. Uruguay.

Así concluye Lacan la “Obertura de esta recopilación”, redactada en 1966 para cumplir la función de prólogo o prefacio autoral a sus Escritos.

El prólogo es un elemento paratextual definido por Gerard Genette (2001) como un umbral que ofrece la posibilidad de entrar a un libro o de abandonarlo. Zona sin límite preciso entre el adentro y el afuera, se constituye como lugar de una estrategia pragmática para incidir sobre el lector y su lectura. Una de las fuentes de Genette es Jorge Luis Borges (2007), quien supo darle al prólogo una autonomía con la que lo distinguió de la mera introducción, emancipándolo como género discursivo capaz de expandir la obra prologada.

Tal es el caso de esta obertura lacaniana: una escritura con resonancias de apertura musical, que se integra a los Escritos desde una zona de borde capaz de hacerse centro y cuya particularidad es que en ella el autor escribe su propia lectura de los textos que ha escrito y compilado. Se trata, sin duda, de una política de lectura que no está abierta a todos los sentidos, como tampoco lo está la intervención analítica en la experiencia de un análisis. Esta es una de las razones por las cuales el abordaje de los textos lacanianos es una de las tres patas del trípode de la formación de un analista.

En la cita elegida, Lacan condensa varios de los puntos presentados a lo largo de su obertura. Primeramente, localiza sus escritos como hitos del itinerario de su enseñanza oral; residuos o detritos de la misma, dirá algunos años más tarde (Lacan 1988). En segundo lugar, rescata su estilo, que no es el del hombre Lacan (siguiendo a Buffon), sino el de aquellos a quienes sus textos se dirigieron: el Otro de quien han recibido su mensaje en forma invertida. Pero como ya corre el año 1966, un tercer sesgo de lectura se impone: del itinerario y del mensaje de sus escritos, Lacan se desplaza hacia una consecuencia de los mismos con la que quiere comprometer al lector y que está relacionada con la topología del bucle. En ella, un significante se cierra sobre sí mismo, trastoca la cadena y bloquea su efecto de significación; devenido letra que se inscribe como marca en el cuerpo, bordea un agujero en el que el objeto a se produce en caída, como causa y sostén del sujeto.

Este objeto es lo que responde por el estilo de los Escritos y, aunque se eleva al final de su compilación, Lacan lo sitúa retroactivamente en el umbral desde el que convoca al “nuevo lector” –que él mismo fue– hacia fines de los ‘60: doble ubicación temporal del objeto, al inicio y al cierre, que tiene su correlato en la experiencia analítica.

Un lector que ponga de sí

El marco de este desplazamiento ya no es el de la epopeya heroica, sino el de su parodia irrisoria. Ahí es donde Lacan quiere conducir al nuevo lector de sus textos: a una posición en la que deberá poner lo suyo, deberá poner algo de sí que no dependa de ese Otro –tesoro heroico de significantes– que le ha facilitado su novela familiar. Este Lacan ¿barthesiano? quizás aspira a que sus Escritos no sean meros textos legibles, sino escribibles; es decir, textos de los que cada lector funde su escritura cada vez, con su propio estilo de lectura, siguiendo el ejemplo lacaniano (siempre más del lado del mock heroic), pero sin imitarlo (1988a).

Lacan quiere facilitarle las cosas a quien deberá aprender a leer sus Escritos de esta manera desalfabestializada (2012): manera homóloga a aquella con la que el analizante aprenderá a leer su propio inconsciente, siempre estructurado como un lenguaje, pero en medio del cual puede irrumpir su escrito (2011).

Sugiere entonces comenzar con su seminario sobre el cuento de Edgar A. Poe “La carta robada”, texto de 1956 que abre la secuencia “a despecho de la diacronía de ésta” (2008: 21), en una operación que también trastoca la cadena lineal del tiempo. Los Escritos comienzan así con un escrito que se refiere a lo escrito: puesta en abismo donde Lacan enuncia que la letra no es el significante, sino lo que queda de él cuando, por su pirueta acrobática de bucle, “ha perdido su significación” (2008a: 49).

A este nuevo lector le tocará, por un lado, dar a la carta en cuestión su destino, que no debe confundirse con su destinatario; y por otro, deberá relacionar este destino con la verdad del mensaje de Poe que Lacan afirma haber descifrado.

El destino y la verdad de la carta1 de Poe

En tanto significante, la carta tiene un destinatario: el Otro a quien va dirigida y de quien le retorna su propio mensaje en forma invertida, con efectos de significación. Pero su destino es otro, es devenir objeto sin contenido, insignificante, desecho arrugado, litter, basura. La sintaxis de la combinatoria simbólica que determina al sujeto no es sin este objeto resto: la carta-letra que es mera marca, trazo, escritura singular de un goce siempre irrisorio con respecto al que es imposible nombrar.

Según Lacan, este destino de escritura de la letra es sinónimo de su destino de tacho de basura2, seguramente para que quede claro que no tendrá ningún lugar en el tesoro significante del Otro (rico en semblantes, sentidos y saberes varios); más bien todo lo contrario: señala su imperfección. Pero será basura reciclable si se sabe leerla (Miller 2012), así como el núcleo duro del goce sufriente del síntoma –que ninguna palabra apacigua– puede tener un destino sublimatorio si se lo sabe leer como letra.

Lacan, lector de Poe, descifra que la verdad del mensaje de este hombre de letras nada tiene que ver con el mensaje escamoteado de la epístola de su ficción, sino con su destino bizarro, singular, dispar, extraño, odd, en tanto papel insignificante que hace peripecias prescindiendo todo el tiempo de su contenido.

Poe pretende engañar a sus lectores, así como el Ministro a los buscadores de la epístola. Pero el primero fracasa con Lacan y el segundo, con Dupin. En ambos casos, el “truco”, según Lacan (2008a:32) es fingir que se finge. Es decir, usar la verdad para engañar, para mentir, mostrarla para ocultarla. Lacan se refiere en este punto a la conocida historia del encuentro entre dos judíos, donde uno le dice al otro (39): “¿Por qué me mientes diciéndome que vas a Cracovia para que yo crea que vas a Lemberg, cuando en realidad es a Cracovia adonde vas?” (39). Borges también se refiere a ella, pero además da una clave posible para entender la arraigada tradición del psicoanálisis en la Argentina, pues considera que este diálogo tiene la misma lógica que la de los jugadores de truco, tradicional juego de naipes rioplatense. Dice Borges (2007a: 169): “Una potenciación del engaño ocurre en el truco: ese jugador rezongón que ha tirado sus cartas sobre la mesa, puede ser ocultador de un buen juego (astucia elemental) o tal vez nos está mintiendo con la verdad para que descreamos de ella (astucia al cuadrado).”

La ficción al cuadrado responde a la capacidad simbólica del ser humano ligada a la palabra, capaz de producir un real que a su vez escapa a todo cálculo y que la imbecilidad del realismo imaginario insiste en acomodar a la medida de su lecho de Procusto, anulando toda paradoja. Es lo que le ocurre a la policía, que no puede leer lo que está oculto porque extrañamente está a la vista, y ella solo busca en los escondites habituales. O lo que les podría ocurrir a los lectores que solo confían en el sentido profundo e infinito de los textos, incluso en el del inconsciente, por ignorar que sus revelaciones solo se dan en la superficie y algunas de ellas, las más fecundas, en los confines del lenguaje, donde el sentido encalla. Si procede como la policía, el analista irremediablemente se aleja de las condiciones matemáticas y poéticas imprescindibles para leer en lo que se oye la materialidad del significante.

Animarse a afirmar que Poe finge que finge equivale a considerar la epístola a-temática de su cuento, no como una metáfora de la letra, sino como la letra misma; o, si se quiere, como un mensaje, no de, sino sobre la carta-letra; mensaje que Poe no dice tal cual, pero que por eso mismo lo confiesa “mucho más rigurosamente” (Lacan 2012a: 21). Podría pensarse incluso que, para la lectura lacaniana, el cuento no tiene ninguna importancia por su contenido ficcional. Lo que el interés del analista lee es que Poe finge una ficción para velar la verdad de la letra, para engañarlo sobre esta verdad. Pero no lo logra, y Lacan bien podría plantearle a Poe (siempre y cuando que no sea su analizante): “¿Por qué me hablas de una carta que no tiene mensaje para que yo crea que éste está oculto, si en realidad no tiene mensaje? ¡Mientes, Poe!”.

Una vuelta más sobre el nuevo lector: lo familiar extrañado

En 1966 Lacan fue, como se dijo, lector de sus propios Escritos. No estaba solo, lo acompañaban varios otros lectores. Pero en la modalidad de lectura de uno de ellos, Jacques-Alain Miller, encontró la encarnadura de algo nuevo y a ella apostó fuertemente, con el intento de expandirla.

Tuvo sin dudas sus motivos y varios de ellos los dedujo y explicitó el mismo Miller (1996) en ocasión de una celebración anterior por los 30 años de la publicación de los Escritos. Intentaba así responderse cómo fue que Lacan le confió la confección de su índice razonado al joven de 22 años que él era entonces. Algunos de estos motivos pueden relacionarse con ciertas cuestiones desplegadas en el presente trabajo.

Ante todo, Miller descarta –no sin ironía– que haya habido alguna relación de parentesco que guiara a Lacan, pues aún no era su suegro; él ni siquiera le había pedido la mano de su hija Judith. Conclusión: no se trató de un asunto de familia, contrariamente a lo que algunos seguramente podían y querían pensar.

La libido en juego no era la familiar, era la inherente a la transmisión de una enseñanza por parte de Lacan y a lo que Miller ponía de sí ante ella: un plus. Pero este plus no era el del esfuerzo voluntarioso y apesadumbrado que otros padecían ante el estilo del maestro; al contrario, era un fecundo plus de goce; Lacan pudo darse cuenta, dice Miller, cómo él gozaba de sus Escritos.

Muy al pasar, agrega otro detalle que, sin embargo, debe ser leído en todo su peso. Fue él quien sugirió que el seminario sobre el cuento de Poe fuera el primer texto de la secuencia, el Uno de los escritos, como destaca Jorge Bekerman (1999). Se trata de un detalle de peso por dos razones. En primer lugar, porque con esta sugerencia que Lacan acepta, queda trastocada, alterada y extrañada la cronología esperable y familiar de los Escritos. Su intervención lectora es borgeana, menardista para mayor precisión (2007b), pues introduce un anacronismo deliberado que tiene efectos de reescritura: el mismo texto, pero otro. El seminario sobre la carta ubicado en el inicio de la serie no es el mismo que el seminario sobre la carta que podría haber quedado prolijamente ubicado después de los primeros textos de los ‘50. En segundo lugar, esta sugerencia de cambio de orden también tiene peso porque se trata de una operación con la que Miller decide el destino de un escrito: el de iniciar una serie. Este gesto paratextual se duplica en los ’70, cuando dice en su prólogo alógrafo a los Otros escritos: “[…] por muchas razones, ‘Lituratierra’ nos pareció predestinado3 a ocupar el lugar asignado en los Escritos a ‘El Seminario sobre La carta robada’” (Miller 2012a: 17).

En dos oportunidades, al menos, la nueva lectura milleriana señala el destino de causa de sendos textos en los que el tema de la letra y lo escrito tienen relevancia. “Por muchas razones”, dice Miller sobre su decisión con “Lituratierra”, pero no las despliega: él también deja opacidades a elucidar. A pesar de su vocación por la transparencia – “una condena de destino a ser claro” para complementar la supuesta oscuridad de Lacan (1996: 69)– no siempre la logra, o no totalmente.

Quizás la mejor definición de la intervención milleriana sobre la enseñanza de Lacan la pueda dar el poeta Fernando Pessoa (2006: 381), cuando sostiene que “el arte que da a lo oscuro una expresión lúcida no lo torna claro, sino que vuelve clara la oscuridad”. Siempre extraña esa familiaridad entre los opuestos de un oxímoron.

Bibliografía
Bekerman, J.y Amster, P. (1999): La carta robada y su introducción. En torno al Escrito Uno de Jacques Lacan, Buenos Aires, Russell.
Borges, J. L. (2007): “Prólogo de prólogos”, en “Prólogos”, Obras completas, Buenos Aires, Emecé, tomo IV.
——— (2007a): “El truco”, en Evaristo Carriego, op.cit., tomo I.
——— (2007b): “Pierre Menard, autor del Quijote”, en Ficciones, op.cit., tomo I.
Genette, G. (2001): Umbrales, México, Siglo XXI.
Lacan, J. (1988): “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, en Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial.
——— (1988a): “La tercera”, en Intervenciones y textos 2, op.cit.
——— (2008): “Obertura de esta recopilación”, en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI.
——— (2008a): “El seminario sobre ‘La carta robada’”, en Escritos 1, op.cit.
——— (2011): El Seminario, Libro 18, De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós.
——— (2012), “Posfacio al Seminario 11”, en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós.
——— (2012a), “Lituraterre”, en Otros escritos, op.cit.
Miller, J-A. (1996): “A 30 años de la publicación de los Escritos”, en El Caldero de la Escuela, Nº 47, publicación de la EOL.
———- (2012), “Leer el síntoma”, en Lacaniana, Nº 12, publicación de la EOL.
———- (2012a), “Prólogo”, en Otros escritos, op.cit.
Pessoa, F. (2006): Escritos sobre génio e loucura, Imprensa Nacional – Casa da Moeda, Lisboa.
1 Tanto en la lengua inglesa de Poe como en la francesa de Lacan, lettter y lettre ofrecen la posibilidad de jugar con el equívoco entre carta/epístola y letra, posibilidad inexistente en la lengua castellana.
2 Lacan presenta en varias oportunidades el neologismo poubellication, que condensa poubelle (tacho de basura) y publication (publicación).
3 El subrayado es nuestro.

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