El tóxico padre y la respuesta freudiana

El tóxico padre y la respuesta freudiana

Carlos Márquez (NEL)

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Natalia Ortiz. NEL – AMP. Santiago de Chile. “EL GOCE”, Fotografía con cámara analógica.

Ya para 1948 “Un mundo feliz”, publicada dieciséis años antes, era un acontecimiento literario. No es de extrañar que George Orwell le hiciera llegar a su autor, Aldous Huxley, un ejemplar de su recién publicada novela “1984”. Aquel le respondió con una carta con el germen de una discusión que reviste cierto interés para nosotros, dadas las analogías que se hacen a diestra y siniestra entre dichas novelas y nuestra actualidad.

La tesis fuerte de la carta es que el primer filósofo de la revolución definitiva es Sade y que Orwell ha llevado la teoría sadiana a su conclusión lógica. Este estado de cosas es imposible de sostener en el tiempo según Huxley, porque sería más práctico para la oligarquía dominante seducir a las masas mediante el placer y condicionarlos a amar la vida que llevan. La tesis encontrará un eco en “Nueva visita a un mundo feliz”, de 1958, en cuyo primer ensayo, y luego de repetir que le parece brillante la novela de Orwell, Huxley vuelve a plantear que aquel se habría equivocado en sus anticipaciones y que el mundo del futuro se parecerá más a lo descrito en “Un mundo feliz”.

Para nosotros, lectores del Freud de “Más allá del principio del placer” y del Lacan que articula la noción de goce, no es nada sorprendente que un determinado estado social consiga preservarse produciendo masivamente un tipo de satisfacción que nada tiene que ver con la noción de utilidad o de bienestar, sino con el desperdicio del tiempo vital de los hablantes y un permanente y agudo aumento del sufrimiento.

En “Nueva visita…”, Huxley seguirá apostando al tipo de dominación más benévola que imaginó en “Un mundo feliz”. Su única rectificación será que lo que él había previsto para dentro de cuatrocientos años, se estaba realizando ya en su generación. Si “1984” puede tomarse como una respuesta a lo planteado en “Un mundo feliz”, la carta de Huxley a Orwell (1949) y ese primer ensayo (1958) son un intento de reavivar una discusión que parece zanjada por la potencia de las tesis de Orwell y en detrimento de las de Huxley, potencia redoblada porque ni “1984” ni “Rebelión en la Granja” se trataban simplemente de una “proyección” hacia el futuro, sino de una alegoría de lo que había experimentado en la Europa del estalinismo y el nazismo.

No hay que tomarlas como “profecías”, pero no deben ser despachadas como simples caricaturas. Mucho se abusa de sus metáforas y mucho asombro produce las asociaciones con tal o cual rasgo de la actualidad. Pero encontramos que su valor epistémico se aclara si las tomamos como tipos ideales al modo de la sociología weberiana. Esto en nuestros términos se traduciría como una presentación de la estructura de las cosas, de tal manera que cumple la función de un matema.

La discusión de Huxley con Orwell es sobre cuál de los paquetes de dispositivos biopolíticos en ciernes tendría la preeminencia en el nuevo mundo que se ha constituido a partir de la Gran Guerra y que encuentra su versión más acabada con la descomposición del orden establecido por los Catorce Puntos. Momento de quiebre para el estudio de las relaciones internacionales, la economía y la política, pero también para el psicoanálisis. No hace falta recordar que es a partir de la época de la finalización de la Gran Guerra que Freud hace el giro hacia la pulsión de muerte, la psicología de las masas y su segunda tópica. Lo que le permite desembocar en una clínica del superyó a la altura de “El Malestar en la Cultura”. Adicionalmente Freud adjudicará parte de la responsabilidad por la desastrosa situación de las potencias centrales en el período entre-guerras al delirante idealismo pacifista del impulsor de los Catorce Puntos.

Es una discusión relevante sólo si la entendemos en relación con la posición que en ella tiene nuestro discurso. No es un tercero que venga a regular, a poner orden. Ese nicho ya está bastante concurrido con toda clase de instancias burocráticas supranacionales, el papado o las ONGs. Nuestro discurso es un tercero excluido, cuya aparición produce un traumatismo desde el punto de vista de cualquiera de las dos estrategias de biopoder de las cuales “1984” y “Un mundo feliz” constituirían tipos ideales. Es esta posición la que determina la necesidad del psicoanálisis de mantener el esfuerzo continuado por hacerse un lugar entre los demás discursos.

La realización lógica de la revolución definitiva sadiana descrita en “1984” puede caracterizarse con una definición del futuro desde el punto de vista del partido y que aparece en la misma novela, es la estrategia de “la bota aplastando un rostro humano incesantemente”. A la de “Un mundo feliz”, la podemos llamar como la del apaciguamiento hedonista. Pero en el corazón de la discusión Huxley vs. Orwell hay una serie de acuerdos implícitos. Los dos modelos tienen en común que son sintomáticos, colectivos y planetarios. Sintomáticos porque no excluyen el problema de la satisfacción de los cuerpos, sino que está en el centro de sus preocupaciones poniendo a su servicio cualquier referencia a los ideales, de manera que su éxito en producir la anhelada estabilidad social está dado por su capacidad para producir goce. Colectivos, porque aunque de manera contrastante ambos ponen al individuo, sus derechos y su felicidad como la meta suprema de lo social, éste énfasis enmascara la homogeneización y segmentación de las modalidades de satisfacción. Y planetarios pues son estrategias que tienen como finalidad última el control de la totalidad de lo viviente.

Pero nos fijaremos fundamentalmente en otro rasgo. Cualquiera que sea el éxito potencial de cada paquete de dispositivos, sea mediante la bota en la cara o del apaciguamiento hedonista, consistirá en un tratamiento del deseo indestructible, ese que hace su aparición en la última línea de “La interpretación de los sueños”. Así interpretamos que en ambas novelas el Otro esté empeñado en hacer desaparecer el erotismo.

En la primera estrategia, la de la bota en la cara, la satisfacción por la vía del sufrimiento sacrificial a dioses oscuros en pos del orden superior, cumple el papel de estabilizador social mediante la suspensión de los acontecimientos. Aunque casi nadie cree en esos dioses oscuros, en dicho régimen todos se ven compelidos a disimular constantemente y vivir en un “como si”, que lleva el nombre técnico del “doblepensar”.

Refaccionar al padre mediante una hiperinflación del poder estatal y de la imagen de estos prohombres heroicos y fuertes, que se presentan como sin ninguna clase de límites, es una empresa casi siempre de corto plazo y en la periferia. De corto plazo, se lo concedemos a Huxley, pues son esquemas tan ineficientes, tan contradictorios consigo mismos, tan en el límite de lo ridículamente absurdo, tan propensos a la corrupción generalizada, que hasta ahora y salvo algunas desafortunadas excepciones no han logrado pasar de unos cuantos quinquenios en sus momentos más agudos. Lo que no es óbice para que una vez superada la pesadilla se intente de nuevo una y otra vez de formas tanto más originales cuanto más devastadoras. Anotaremos al margen que los psicoanalistas muchas veces han tenido que pagar con su vida o con el exilio el absoluto rechazo que este tipo de organización social tiene por su discurso.

En la periferia, como lo teorizaron los leninistas, pues el entramado del capitalismo, una vez que se ha terminado de deslastrar de lo que quedaba de la monarquía absoluta, solo puede ser roto por sus puntos más débiles. Lo cual no basta para que puedan aparecer sus representantes en los centros de las llamadas “democracias avanzadas” como si fueran oleadas epidémicas.

En la segunda estrategia, la del apaciguamiento hedonista, el cemento social está puesto en el placer. Este proyecto no puede alcanzarse sino con el suplemento de la medicalización generalizada de los cuerpos. Esta es la función del uso del “soma” en “Un mundo feliz”. Que “cura diez sentimientos melancólicos y que tiene todas las ventajas del cristianismo y del alcohol sin ninguno de sus efectos secundarios”. Esta estrategia es de largo aliento: hacer una suplencia del padre mediante la seducción sugestiva, la inoculación de un deseo domesticable que enmascare al deseo indestructible singular, cimentado con la intervención constante en el cuerpo mediante el tóxico. Es el tóxico como padre por fin eficaz. La tentativa de hacer cortocircuito con el cuerpo real para solventar lo que nunca se pudo hacer por la vía de lo simbólico: “Llevar el terror a un nivel aceptable para ambas partes”. 1

Su valor de control social se hace apreciar muy bien en el uso policial y de dispositivo de orden público que se le da en “Un mundo feliz”, junto con el llamado a la hermandad social. También lo podemos encontrar en un detalle del segundo capítulo de la primera temporada de Black Mirror llamado “Fifteen million merits”. En un futuro gobernado por pantallas, cuando la protagonista, después de cantar candorosamente en un programa de concursos, aprovechando el regalo que le hizo galantemente el protagonista, es invitada delante de todos a dedicarse a la pornografía. El jurado del programa de concursos le dice algo así como: “dedícate a esto y no tendrás que trabajar nunca más, no te preocupes por la vergüenza, te medicaremos”.

Es que si en “1984” el encuentro entre los cuerpos está reducido a cumplir el deber de dar nuevos soldados al partido, y sustituido por “los dos minutos de odio” y lo que ese maestro del doblepensar llamado Nikita Kruschev llamó “culto a la personalidad”, en “Un mundo feliz” el erotismo es derrotado mediante la pérdida de sentido del coito. Esa que Miller (2014) equipara con la pérdida de sentido que operó El Terror sobre la muerte, tomando apoyo para ello en la Fenomenología del Espíritu. Una sociedad que ha descubierto que no existe la relación sexual y que por lo tanto puede comercializar el goce sexual hasta… como un suplemento terapéutico.

Se podría decir que desde un punto de vista estructural, lo que es el soma en “Un mundo feliz” es la ginebra barata en “1984” y lo que es el castigo diseñado para cada uno en “1984” es la ridiculización de lo específico y del enamoramiento en “Un mundo feliz”.

También es común a las dos novelas la convicción de que para hacer ese tratamiento del deseo indestructible hay que detener la historia. Para nosotros los psicoanalistas la historia no progresa, pero tampoco está detenida. Se desenvuelve en el tiempo de la repetición hasta que se resuelve mediante un acto. Ese acto es imposible en “1984” y solo puede desembocar en un suicidio en “Un mundo feliz ”. De tal manera que las dos estrategias encuentran en la destrucción del cuerpo el último recurso para tratar lo que resta de indomeñable en él.

Revisitadas y releídas con atención, ambas novelas presentan las dos estrategias con diferentes énfasis. Por eso el intento de Huxley con respecto a Orwell es ocioso. En primer lugar porque no difieren en términos estructurales en lo más mínimo; y en segundo lugar, porque obviamente tienen dos finalidades diferentes. Mientras Huxley quiere hacer profilaxis de la complacencia de los hablantes con su propia dominación, Orwell está denunciando lo que es un hecho cumplido en la historia, con la emergencia de los totalitarismos la estrategia de la bota en la cara probó su eficacia, por lo menos por períodos cortos y agudos de un tiempo que se eterniza por la capacidad social de producir sufrimiento a los individuos.

Vamos a simplificar y a decir que ambas estrategias vienen a responder con diferentes énfasis a dos problemas del siglo XX, con los cuales los psicoanalistas estamos familiarizados. En primer lugar el problema de la declinación de la función paterna y en segundo lugar el problema de un resto en el cuerpo que no se somete a la domesticación.

Si tomamos el caso Dora, frente al primer problema Freud se empeña en sostener la posición preponderante del padre y del Sr. K en detrimento de la posición de la madre y de la Sra. K. Esto a pesar de que con ello da rodeos innecesarios en la comprensión del caso y falla en la interpretación, hasta conducir a una situación en la transferencia donde Freud termina del lado de “los hombres” y hace el análisis imposible para Dora. Pero este empeño es una apuesta por el síntoma apuntando a la identificación de Dora con el goce de su padre, en el eje de lo real-simbólico, en contra de una psicoterapéutica del lazo social representado por el cuarteto amoroso, que es lo que demanda el padre de Dora a Freud, más del lado del eje de lo simbólico-imaginario. El problema para nosotros ahora es cómo el aparato de goce de Dora usa lo que está a su disposición. En este sentido un detalle nos salta de la nota introductoria de Strachey al texto, donde cita la carta 141 a Fliess en la que Freud nombra a Dora como una “típica chupadora” (FREUD, 2000, p. 4). Este detalle aclara el rasgo por el cual Freud se orienta para el trabajo.

Esto encuentra en el concepto fundamental de la transferencia una orientación. Desde el punto de vista del psicoanálisis actual habría que preguntarse si no se refiere a los modos como el hablante se sirve del dispositivo analítico, en el mismo sentido de cómo su funcionamiento de goce se ha servido de otros dispositivos como el Edipo si fuera el caso. Más allá del fracaso confesado por Freud en el manejo de la transferencia de Dora, el esclarecimiento que ella obtiene del trabajo analítico le sirve para reeditar la trama posterior a la escena del lago. Sólo que en esta nueva edición de esa trama Dora, aprovechando sin duda un momento de debilidad del adversario, consigue una rectificación de todos los actores de la trama, y puede acceder ella misma al hombre.

Como no hay psicoanálisis tipo Freud toma esto como una resolución. La prueba está no sólo en que haya accedido a casarse, sino en que haya recurrido a Freud en el momento de la reemergencia de uno de sus síntomas. Es decir, se ha resuelto la transferencia negativa y el psicoanalista ha quedado reducido a su valor de uso. Cosa que Freud asume claramente al no intentar llevarla de nuevo al diván, sino esclarecerle este movimiento para que pueda seguir con su vida.

El segundo problema, el del resto indómito en el cuerpo, no se distingue del primero sino por razones de exposición. Aquí nos orienta el empeño de Freud en sostener algo del orden orgánico de manera trasversal durante todo el texto del caso. En el epílogo hace la distinción entre lo “orgánico” y lo anátomo-patológico (FREUD, 2000, p. 99). Lo que nos indica un cuerpo diferente del cuerpo médico. Otra causalidad se esconde allí, más allá de la discusión de la época entre la causalidad anátomo-patológica y la causalidad psíquica. Es la causalidad del cuerpo como tal, resto de la operación epistémica freudiana de recambio de la causalidad orgánica por la causalidad psíquica y del consiguiente cambio de la base de operaciones de su acción desde el aparato neuronal del “Proyecto de psicología para neurólogos” al aparato psíquico de “La interpretación de los sueños”. Este problema puede ser leído como una apuesta por un resto más allá del reconocimiento de la causalidad psíquica.

Ese párrafo termina con la conclusión de que lo más parecido a los cuadros patológicos de “las psiconeurosis genuinas son los de intoxicación y abstinencia, en el caso de uso crónico de ciertos venenos” (Ibíd.). Es el esclarecimiento de Un Real que está en el cuerpo y que usa tanto al aparato psíquico como al organismo como un toxicómano usa las relaciones entre el Otro, su cuerpo y el goce que se obtiene de esa relación. Freud eleva así el funcionamiento del toxicómano a la función de paradigma de las relaciones del hablante con su cuerpo, su goce y el Otro.

No se trata de individuos víctimas de la sociedad. Si son posibles modelos sociales que promueven el enganche del hablante en modalidades de satisfacción masoquista o mediante el uso del tóxico como regulador social, es porque algo en el hablante está esperando esta oportunidad. Habiendo declinado los significantes fundamentales del orden anterior, este funcionamiento está despejado, es posible, y hasta cierto punto era un movimiento lógicamente necesario.

Dicho esto, entonces también es posible una redefinición de las relaciones del hablante, uno por uno, con su propio aparato de goce. Este realismo extremo es la respuesta que da el psicoanálisis a las estrategias biopolíticas que hemos examinado.

(1)Esta frase se atribuye al Presidente de los Estados Unidos G.W. Bush, en el marco de una conferencia sobre la paz entre israelíes y palestinos. Durante la década pasada proliferaron en la red las listas de los denominados “bushismos”, elaboraciones de lenguaje sumamente curiosas de este personaje que puede haber sido el más extraño que haya logrado llegar a la Casa Blanca después de Woodrow Wilson, por lo menos hasta hace poco.

Bibliografía:
Freud, S. (2000). Fragmentos de análisis de un caso de histeria (Dora). In Obras Completas, Volumen VII. Buenos Aires: Amorrortu.
Freud, S. (n.d.). El presidente Thomas Woodrow Wilson. Un estudio psicológico. Retrieved 2017 йил 01-enero from https://tuvntana.files.wordpress.com/2015/06/texto-sigmund-freud-otros-trabajos.pdf
HUXLEY, A. (1949 йил 21-octubre). Estimado Orwell. Retrieved 2017 йил 01-enero from El Cultural: http://www.elcultural.com/revista/letras/Estimado-Orwell/34145
Huxley, A. (1958). Nueva visita a un mundo feliz. Librodot.com.
Miller, J.-A. (2014). El Inconsciente y el Cuerpo Hablante. Retrieved 2017 йил 09-01 from wapol.org: http://wapol.org/es/articulos/Template.asp?intTipoPagina=4&intPublicacion=13&intEdicion=9&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=2742&intIdiomaArticulo=1
Orwell, G. (2000). 1984. Madrid: Mestas.

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