El psicoanálisis y la política: éticas divergentes

El psicoanálisis y la política: éticas divergentes

Alejandro Bilbao. “La caída”. Acrílico sobre tela. 70x50cm. UBA

Oscar Zack
EOL-AMP

“Creo que hoy en día, el rastro, la cicatriz de la evaporación del padre, es algo que podríamos poner bajo la rúbrica y el titulo general de la segregación.”1                                      

“Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro la enfermedad es casi incurable”

Voltaire 1694-1778

Nuestra época, caracterizada por la caída del nombre del padre, por la caída de los ideales de antaño, hace que la sociedad y los sujetos que la habitamos transitemos por un revoltoso proceso de modificaciones respecto a los tradicionales lazos sociales, generándose nuevas formas de gozar y desencadenando nuevas manifestaciones segregativas y raciales.

Una comunidad política es un grupo social que reune individuos ligados por la division del trabajo y por las distintas funciones que asumen, a saber: la distinción entre gobernantes y gobernados.2

Este lazo genera a menudo sentimientos de pertenencia y fidelidad, sostenidos por relaciones personales que se establecen entre los componentes de la misma, sin que para esto sea necesario la mediación del poder político. La lengua y las costumbres compartidas suelen ser una fuerza de cohesión suficiente.

Una comunidad política suele ser una comunidad de destino, en la medida que expresa un proceso histórico y productivo.

La modernidad ha entronizado el discurso capitalista que, como Lacan ha observado, carece de envés y produce un fenómeno que se caracteriza por tratar de deflacionar los otros discursos.

En el discurso capitalista, el agente (S/  ), el consumidor, exige al mercado global (S1) que ponga al trabajo a la técnica y a la ciencia (S2) a producir mercancías que satisfagan al consumidor. Es un discurso sin barrera al goce, que ignora la castración, que ignora el NO.   

El discurso capitalista construyendo un lazo diferente entre los sujetos y una legalización del consumo que empuja a nuevas formas de goce, como así también va instituyendo un lazo lábil, un compromiso frágil  entre el sujeto y su palabra.

Si la etica, en nuestra perspectiva, es deudora de un discurso, con la entronización del discurso capitalista una etica light se impone en el siglo XXI.

Así se va produciendo una nueva especie de sujetos consumidores: son los sujetos del discurso capitalista, son los concernidos por un estilo de vida que rechaza, de alguna manera, al Otro.

En el año 1967, Jacques Lacan advirtió, de manera casi oracular, el futuro sombrío que se manifestaría en el mundo occidental, donde el porvenir esperanzador prometido por los mercados comunes encontraría su envés a partir de la manifestación más extrema de los procesos de exclusión social, generando un incremento de la desigualdad, de los fenómenos segregativos y del racismo.

Se trata del advenimiento, correlativo a la universalización del sujeto procedente de la ciencia, del fenómeno fundamental cuya erupción puso en evidencia el campo de concentración. Quién no ve que el nazismo sólo tuvo aquí el valor de un reactivo precursor”.3

De esta manera, Lacan provee una orientación a los analistas acerca de las coordenadas que se imponen en los debates políticos sociales, que se alejan de la práctica analítica pero no del discurso analítico. La intervención debe intentar incidir en la realidad política, prescindiendo de una subordinación a modelos afines a la Iglesia o el Ejército. Es un estilo de hacer converger de la buena manera una articulación posible entre el psicoanálisis y la política, permitiendo establecer los dos campos (también podría decir los dos discursos): el de la política, que frente a la emergencia de lo real intenta en forma permanente ir a la búsqueda del sentido, y el del psicoanálisis que está llamado a soportar el sin-sentido.

Dos discursos, dos reales

En El Seminario 17, “El Revés del Psicoanálisis”, Lacan formaliza los Cuatro Discursos y se encarga de desplegar una teoría del poder, una teoría del lazo social y la perspectiva ética articulada a cada discurso.

Los discursos son una teoría del poder, pensado desde una perspectiva psicoanalítica, que permite captar la potencia que poseen las palabras con su efecto sugestivo y como instrumento de dominación en este mundo contemporáneo, en la modernidad.

La modernidad. ¿En qué consiste?

Se trata de un cambio de discurso, de una sustitución: la del discurso del amo antiguo -hoy en extinción- por el llamado discurso científico. En la modernidad, en lo contemporáneo, la ciencia, la técnica y la burocracia ocupan un lugar de dominancia en los discursos. Dominancia que va promoviendo una despolitización de los sujetos o, en su defecto, una promoción de la política orientada bajo la brújula de psicología de las masas.

Ahora bien, es necesario subrayar que en ocasiones la política en su acepción más clásica suele no tener muy buena prensa para psicoanálisis lacaniano. Basta con evocar que:

 “Ser objeto de negociación no es, sin duda, para un sujeto humano, una situación insólita, pese a la verborrea sobre la dignidad humana y los Derechos del Hombre. Cada quien, en cualquier instante y en todos los niveles, es negociable, ya que cualquier aprehensión un tanto seria de la estructura social nos revela el intercambio. El intercambio en cuestión es intercambio de individuos, es decir, de soportes sociales que son, además, lo que se llama sujetos, con todo lo que ello entraña de derechos sagrados a la autonomía, según dicen. Todos saben que la política consiste en negociar, y en su caso al por mayor, por paquetes, a los mismos sujetos, llamados ciudadanos, por cientos de miles”.4

Este pronunciamiento, que ubica cuestiones estructurales, circunscribe el destino del sujeto-mercancía desde los fines de la política, y permite, en tanto el psicoanálisis y la política tienen un real diferente, darle consistencia al planteo freudiano respecto a las tres profesiones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar.5

Son imposibles en la medida en que el real, real sin ley que les concierne a cada una de estas prácticas se resiste a ser subsumido y/o dialectizado en su totalidad por lo simbólico, razón por la cual sus efectos se manifiestan divorciados de lo esperado.

Dos conjuntos sin elementos comunes

A: Psicoanálisis <— IMPOSIBLE —-B: Política

<—–REAL SIN LEY—–>

La intersección vacía nombra un imposible, nombre de lo real sin ley, frente a lo cual cada práctica responderá conforme a su especificidad.

El sintagma “lo real sin ley” fractura el vínculo con un orden que se desprende de un real natural y excluye el saber que anidaría en el real de la ciencia.  El real sin ley es el real de la contingencia, del azar que resiste a cualquier ordenamiento simbólico.

Con la formalización de los Discursos se despeja la lógica que regula y en la cual se inscribe todo lazo social, permitiendo captar la articulación entre lo individual y lo colectivo bajo nueva forma de escribir la articulación entre el sujeto y el Otro.

A partir de los discursos se puede deducir la manera en que los sujetos se posicionan en la estructura discursiva, su anudamiento en un lazo social y a que ética se articulan. El acto de hablar permite ubicar la enunciación de un sujeto, a quién y cómo se dirige, y revela un discurso que no es el de él, sino aquél por el cual éste se constituye.

Un sujeto no es el amo de su discurso.

La política promueve, tal como Freud ha señalado, fenómenos identificatorios a partir del uso específico que hace de las palabras y de las imágenes. Empero, “la política es el lugar de una fractura de la verdad” recuerda J.-A. Miller,6 a partir de lo cual, afirma que la política es definida en términos de un campo estructurado como S(A/  ), donde el sujeto hace con dolor la experiencia de que la verdad no es Una o que La verdad está dividida.

Uno de los grandes aportes del psicoanálisis es que no hay Otro del Otro. Frente a este dolor cuasi-existencial surgió, entre otras causas, el totalitarismo que se constituyó en la esperanza de reabsorber la división de la verdad, de instaurar el reino del Uno en el terreno de la política, conforme al modelo de Psicología de la Masas. Esta perspectiva tuvo y tiene en su horizonte el anhelo de construir una sociedad disciplinada.

Una sociedad disciplinada habitada por sujetos disciplinados que suelen compartir, identificación mediante, el culto a la personalidad y un amor incuestionable hacia el líder.

En el seminario 24,7 Lacan sostiene que la identificación es lo que se cristaliza en una identidad, y evoca su Seminario sobre la identificación para recordar que en Freud hay al menos tres modos de identificación: una para la que él reserva la calificación de amor (es la identificación al padre), otra hecha de participación, la identificación histérica, y luego será la que se articula a un rasgo, el rasgo unario. Este nos interesa porque

no tiene especialmente que ver con una persona amada. Una persona puede ser indiferente, y sin embargo, uno de sus rasgos será elegido como constituyendo la base de una identificación. Es así como Freud cree poder dar cuenta de la identificación al bigotito del Führer, el que como todos saben jugó un gran papel”.8

En las antípodas está el discurso analítico, que promueve un camino inverso en la medida en que el sujeto que consiente al análisis va a experimentar un proceso de desidentificación de los significantes amo (S1) a los que se encontraba alienado. Lo que la operación analítica produce, conforme al discurso que lo determina, es la caída de los S1 que gobiernan al sujeto y desde donde se lo gobierna.

El discurso analítico garantiza que cada uno será alojado independientemente de su elección de goce, y es por esta razón que promueve un lazo antisegregativo, antidiscriminatorio, pudiendo constituirse en un antídoto contra la tentación de inscribirse en un colectivo que asume un mismo objeto como Ideal del yo.

Lacan y lo político

En un breve texto titulado Anguila, J.-A. Miller enuncia las razones por las cuales Lacan desconfiaba de los ideales, de los sistemas y de las utopías que siembran el campo político.

No tenía nostalgia, ni tampoco esperanza, sino una gran sobriedad respecto de la política, acompañada de numerosos comentarios que iban desde la ironía hasta el cinismo, marcados por sarcasmos y burlas, que subrayan que la política es a la vez cómica y asesina”. “En este sentido, el psicoanálisis es exactamente el reverso de la política”.9

Llegado a este punto es posible evocar al Seminario 7,10 en el cual se capta lo inseparable de la ética con ideología y, como concierne a los analistas, el sentido político de la misma.

En este seminario, Lacan hace comparecer y pone en tensión al intelectual de izquierda (fool) con el intelectual de derecha (knave). El fool es definido como un inocente, un retardado, pero de su boca salen verdades que no sólo son toleradas sino que funcionan debido al hecho de que a veces está revestido con los insignias del bufón.

El valor del intelectual de izquierda consiste en esa sombra feliz, en esa foolery fundamental”

Como contrapartida, el knave, que en ocasiones se traduce por valet –pero es algo que va mas lejos–, suele ser un villano consumado que no retrocede ante las consecuencias de lo que se llama el realismo; es decir, cuando es necesario confiesa ser un canalla.

“Después de todo, un canalla bien vale un tonto, al menos para la diversión, si el resultado de la constitución de una tropa de canallas no culminase en la tonteria colectiva”. “Pero observemos lo que no se ve suficientemente, por un curioso efecto de quiasma, la foolery, que da su estilo individual al intelectual de izquierda , culmina muy bien en una knavery de grupo, en una canallada colectiva.”

¿Cómo salir de esta encerrona?

En principio, no olvidando que el analista hace un uso de la palabra y del lenguaje que no está al alcance de todos.  Razón por la cual es de esperar que su participación en los debates y/o en la acción política será a partir de sostener un decir y un hacer menos tonto, un decir y un hacer diferente que tiendan a hacer surgir los hilos invisibles con los cuales se intenta hipnotizar al sujeto y así conmover las certidumbres que suelen desprenderse de cierto discurso masificante.

Los analistas, como sostiene Eric Laurent,

tienen que pasar de su lugar como un especialista de la des-identificación a la del analista ciudadano… Los analista han de entender que hay una comunidad de intereses entre el discurso analítico y la democracia, ¡pero entenderlo de verdad!11

El psicoanalista participando en los debates políticos debe ser no solo un aguerrido defensor de los derechos humanos, sino que también deberá oponerse a cualquier discurso o acción segregativa o discriminativa. El analista debe intervenir “con su decir silencioso que no hay que confundir con el silencio”.12

¿Qué es el decir silencioso?

“Es tomar partido de manera activa, ubicándose como intérprete de la dinámica de grupo que rodea a cualquier organización social”.13

Es esperable que con nuestro decir podamos incidir para que en el campo político se respeten a ultranza la articulación entre normas y particularidades individuales.

No hay, para nosotros, ninguna causa que justifique, aun en nombre de los más grandes ideales, que seamos funcionales a los proyectos que empujan a la autoritaria concepción del todos igual.

Ser defensores de la discusión democrática implica prescindir de la dinámica de grupos, implica defender el respeto por la singularidad, implica sostener la discusión que le haga la contra a los intentos, aun en nombre de las mejores intenciones, de agruparnos en un colectivo universalizante.

El psicoanálisis debe contribuir, en el campo de la cultura, a la construcción de un espacio simbólico en que se manifiesten los intercambios discursivos para la producción de una nueva significación, que permita instalar en la sociedad nuevas categorías conceptuales para la comprensión y promoción de alternativas superadoras de los impasses que encuentra el hecho social. Esta perspectiva es opuesta a cualquier concepción fundada en un liberalismo político que quiere hacernos creer que lo social, lo comunitario, es la conjunción de decisiones individuales que debe prescindir de lo común.

El conjunto, siempre incompleto, de realizaciones individuales no hacen a la realización de lo común.

Aceptando este sesgo, es posible admitir que la posición que un analista lacaniano deberá tener en el campo político es aquella que implica evitar sugestionarse por los cantos de sirenas que se desprenden de las distintas variantes del discurso del amo; implica ofrecer una orientación que se constituya en una opción materialista para constituirse en  portavoz de una alternativa posible frente a lo alienante del discurso capitalista, que promueve la entronización de la pulsión en detrimento del deseo.

No hay que olvidar que un sujeto permeable al empuje desenfrenado de la pulsión abdica de la moral y de la ética. Los fundamentalismos ideológicos promueven esa dirección.

La enseñanza de Lacan, en conjunción con una perspectiva política democrática que sepa diferenciar el gobierno del estado, que respete la libertad de expresión y el pluralismo, provee de herramientas necesarias para pensar el hecho social. Herramientas que, sostenidas en la ética analítica, posibilitarán generar las acciones para tratar de transformar lo transformable de lo real.

Sería un intento superador para la construcción de un espacio que le haga frente a los falsos semblantes que portan algunos ilusorios humanismos y dudosos progresismos que suponen hacernos creer que intentan dar respuesta a problemas que ni siquiera se animan a plantearse seriamente.

El psicoanálisis lacaniano aspira a ser una práctica subversiva pero no revolucionaria, en la medida que va en contra de las identificaciones, los falsos ideales, las creencias adaptativas y las propuestas ilusorias de homogenizar a los seres hablantes.

Es de esperar  que con su  palabra contribuya a un debate que promueva la comunidad de intereses entre la democracia y los valores republicanos, como modo de organización de la comunidad política y el discurso analítico; que promueva la utopía de una comunidad antisegregativa, de una comunidad que soporte las excepciones.

Del discurso analitico al discurso politico media la distancia entre la etica del bien decir a la etica que aspira a decir donde esta el bien.

Nuestra divisa no debe olvidar, como afirma Fernando Pessoa, que: “No hay normas.Todos los hombres son excepciones a una regla que no existe”.14


Bibliografía:
1 – Lacan, J. Revista Lacaniana de Psicoanálisis. Publicación de la Escuela de la Orientación lacaniana. Argentina 2016.  Notas sobre El Padre. Pág. 20
2 – Bobbio N. y otros. Diccionario de Política. Siglo XXI. España. 1998
3 – Lacan, J., Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela. Otros escritos. Bs. As. Paidós, 2012.
4 – Lacan, J. Seminario XI. Los cuatros conceptos fundamentales del psicoanálisis. Ed. Paidós. 1986. Pág. 13
5 – Freud, S. Análisis terminable e interminable. Amorrortu. Tomo XXIII. Pág. 249
6 – Miller, J.A. Curso año 2001/2. El desencanto del psicoanálisis. XVII sesión del 15-5-2002. Inédito,
7 – Lacan, J. Seminario XXIV. L´Insu…Clase del 16-11-76. Las identificaciones. Inédito
8 – Zack, O. Los decires del amor. Grama Ediciones. Argentina. 2012. Pág. 96
9 – www.pagina12.com.ar/diario/psicología. 26-4-2012
10 – Lacan, J. Seminario 7. La Ética del Psicoanálisis. Paidós Argentina. 1988. Capitulo XIV, El Amor al Prójimo. Pág. 217- 230.
11 – Laurent, Eric. Psicoanálisis y salud mental. Tres Haches. Argentina. 2000. El analista ciudadano. Pág. 113
12 – Ibíd.
13 – Ibíd.
14 – Pessoa, F. Aforismos y afines. Buenos Aires. Emecé.

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