La ética en la casa del enemigo

La ética en la casa del enemigo

Alejandra Koreck. “Sin título”. Collage hecho a mano. En papel. EOL- AMP

Verónica Carbone
EOL-AMP

La ética del psicoanálisis tiene una característica: a la vez un enigma: que guarda su supervivencia o lo justifica, cuando el avance fenomenal de la tecnología despega el pensamiento del sujeto que piensa

Cuando los psicoanalistas hablamos de la ética, necesitamos enseguida aclarar: “del psicoanálisis”.

Para explicarla, Lacan se vio precisado a navegar remando y caminando -como Ulises y Edipo-, sobre y con la Antígona de Sófocles (sin olvidar a Eurípides y la mágica máquina divina, que restituía el equilibrio sin que la tragedia perdiera su verosimilitud).

La estructura se hará notar mediante signos, dirigiéndose a alguien allí con un saber (supuesto) de su descifrado.

En realidad, Lacan jugaba con un mito como si de lo real se tratara. El relato de los hechos de un vivir, que adquieren un valor “ficto”. Son una reconstrucción posterior aplicada al examen del pasado, que adquiere una autoridad para cada quien.

De alguna manera, por ejemplo, podríamos decir con Borges que El Quijote vuelve a escribirse cada vez que es buenamente leído. Esa es la esperanza que sostiene la práctica analítica, si bien se sabe que la cura es un final que adviene por añadidura.

La posición del analista no tiene ninguna actitud heroica. Es una decisión, y se practica. No pretende una neutralidad científica. Es la frontera de separación entre el psicoanálisis y la ciencia, es lo que la práctica analítica tiene del arte.

La cuestión ética ha tenido su complejidad por su íntima relación y sutil diferencia con la moral. La moral señala las leyes que rigen el llamado contrato social, mientras que la ética es el compromiso del sujeto con su deseo, yendo más allá de lo bueno/malo, si bien no se encuentra desprendida de los valores morales.

En psicoanálisis, si hablamos de ética no podemos dejar de dirigirnos a la lectura que Lacan hace de Antígona, en su seminario de 1959/60.

Antígona, tragedia de Sófocles, cuya vigencia en nuestra época intentaremos puntualizar, se ve precedida de Edipo Rey y Edipo en Colona. Escrita mucho antes del 406AC, rompe la tradición trágica de Esquilo, llevando la pompa hacia la acción. De su enorme obra, sólo siete trabajos se conservan, entre ellas ésta que despierta nuestro interés: Antígona.

Muchos críticos han señalado el modo visual en la dirección de los acontecimientos a las pasiones, sin excluir la fatalidad que impone Sófocles, así como el lugar del héroe y la función del Coro tan bien transmitida por Lacan.

La fatalidad en los griegos, que se encuentra enlazada al destino, lo que no puede ser de otra manera, cumpliéndose inexorablemente la voluntad de los “dioses”, poniendo en movimiento un mecanismo que sigue aún vigente a lo largo de los siglos.

Escritura ejecutada en una época histórica sombría. Amenazas de guerra, escándalos, corrupción, malversaciones, catástrofes, impiedad, querellas familiares, refugiados, peste, asolaban una democracia decadente.

Antígona rescata algo de ese tiempo y el amor fraterno. Ella es víctima del deber de dar sepultura al cadáver de su hermano, condenada por quien ejercía un poder, necio, Creonte. Continuando las muertes del hijo y esposa del tirano.

A lo largo de su enseñanza, Lacan nos lanza a una búsqueda de referencias. No necesitó demostrar su acervo cultural, pues el saber que él quiso transmitir es de otro orden al de una acumulación.

Las referencias implican acceder al hilo del pensamiento de lo que está desarrollando. Es la relación a “una cosa” donde la palabra nos tiende su trampa. Para decir de lo innombrable, lo real, lo sin palabras, pero no podemos dejar de usar estas.

La cita es una nota de ley, autoridad, doctrina u otro cualquier texto que se alega para prueba de lo que se dice o refiere. Remite textualmente a un autor u obra. La referencia alude al objeto que denota el enunciado. Las referencias permiten acceder a la enunciación latente del enunciado.

Lacan no  toma  esta obra, Antígona,  en cualquier momento, sino en El Seminario libro 7, “La ética del Psicoanálisis”, en el apartado La esencia de la tragedia.

¿Por qué acudir a esta obra escrita más de 2500 años atrás? ¿Acaso la ética es la misma? O en todo caso, ¿qué la modifica en este Siglo XXI, que avanza velozmente constatando el cambio del mundo y sus condiciones? El Siglo XXI nos encuentra siendo una sociedad evaluada. Lo paradójico es que no sabemos muy bien cuáles son los parámetros que se utilizan para evaluar, mucho más dentro de nuestro campo.

Wittgenstein decía: “no inquirir por la significación; inquirir por el uso”. La pregunta por el uso nos lleva a tener que dar cuenta de la lógica interna de nuestra praxis.

La ética, como tantos otros significantes, se ha vaciado, banalizando su contenido. Se la pensaba íntimamente ligada a la política, aunque como dijimos, la ética es subjetiva, no moral. Y JAM, en “No hay clínica sin ética”, ubica que si se trata de la ética del psicoanálisis, la entiende como lo que llamamos deseo del analista, o sea, una ética especial.

Hoy día surge, más como una fuerza reguladora apoyándose en la ciencia y sus comités, que en relación a un deseo, que se intenta anular. ¿Podemos pensar que es por este uso que se vuelve anacrónica?

Lacan rescata el éthos para el psicoanálisis, y allí también señala la incomodidad del sujeto por hallarse, ética, política y deseo anudados. Si bien su dicho “no ceder sobre su deseo” nunca fue una ley para él, no deja de anudarlos junto con la política.

¿Es la ética aquello que facilitaría la autoridad, en nuestro caso, analítica?

En esta compulsión a la desautorización, caída de una autoridad en el saber, que atraviesa nuestra contemporaneidad, podemos llegar a preguntarnos ¿cuál es la ética válida?, ¿la de un sujeto u otro?

Nada nos garantiza un resultado. Al modo de interrogantes que agujerean la posibilidad de un saber cerrado, plantearé una dirección en Lacan para tomar como referencia la ética. Sin partidismos, pero con una posición política respecto a nuestra práctica.

Años atrás, en un Encuentro del Campo Freudiano nos reunimos bajo la convocatoria de “El poder de la palabra”. Palabra que sin más, por estructura, falta, y nos lanzamos a querer reencontrar sentido con ella. Pero la experiencia de lo real a la que nos conduce el psicoanálisis demuestra la pertinencia del intento de decir algo de la ética.

En su seminario, Lacan dice que la posición ética trata de no renunciar al deseo. Rápidamente esto puede convertirse en un sintagma. Dice allí: “Antígona, en efecto, permite ver el punto de mira que define el deseo”.1

Deseo, goce, vida, muerte, destino, elección, lo bello, el bien, decisión, son algunos términos que plantea como precisiones a alcanzar, quedando abiertos pero orientados por los conceptos psicoanalíticos.

Elige un personaje femenino que, bien señala, es llamado por Sófocles, é Paiz, “la chiquilla”2, resonancias a ubicar junto a Rey Lear. Desplegándose la relación entre el poder, lo femenino y la traición. Relación que nos permite la tragedia de Sófocles, incluso en el SXXI.

¿Qué empuja a Antígona a pasar a la acción? En la actualidad podemos interrogarnos si aún se pone en juego esa posición respecto al poder político. Si hablo de poder político ¿por qué el psicoanálisis se inmiscuiría en otro registro que no es la política del psicoanálisis?, si el psicoanálisis lo hiciera ¿no estaría despertando a Átê, diosa de la desgracia y calamidad?  Palabra que Lacan menciona como irremplazable, dice: “…Más allá de esa Ätê no se puede pasar más que un tiempo muy corto y allí es donde quiere ir Antígona. No se trata de una expedición enternecedora. Tienen ustedes el testimonio por la misma boca de Antígona acerca del punto al que llegó: literalmente no puede más. Su vida no vale la pena ser vivida. Vive en la memoria del drama intolerable de aquel de quien ha surgido esa cepa que acaba de terminar de anonadarse bajo la figura de sus dos hermanos. Vive en el hogar de Creonte, sometida a su ley, y esto es lo que ella no puede soportar”.3

El título se ve arrastrado por la fuerza narrativa que le da Lacan al justificar la imposibilidad de Antígona de hacer otra cosa, a partir de que estaba viviendo en la casa de Creonte, “el enemigo” lo llama, que se ensañaba con el cadáver de su hermano la obligaba a someterse a su ley: la que excluía al muerto de las honras fúnebres, dejando el cuerpo a merced de los perros salvajes. Eso a ella le resultaba humillante e intolerable. Rechazo que también compartía el pueblo por verse así expuesto a las epidemias. El acto de Antígona, entonces, se eleva hacia la dignidad que se extiende a su discurso frente al poder. Ahí la ética se anuda con la política por fuerza de las cosas.

Entonces: “¿Qué Antígona sale, así, de los límites humanos?, ¿qué quiere decir para nosotros?- si no, que su deseo apunta muy precisamente a lo siguiente- al más allá de la Átê”.4

¿Puede ser que Lacan señale que no ceder su deseo, el éthos, albergue la desgracia?  Resuena allí lo dicho en 1973:

“El estatuto del saber implica, como tal, que saber, ya hay, y en el Otro, y que debe prenderse. Por eso está hecho de aprender.

El sujeto resulta de que este saber ha de ser aprendido, y aun tener un precio, es decir, su costo es lo que evalúa, no como de cambio, sino como de uso. El saber vale exactamente lo que cuesta, es costoso (beau-coût) porque uno tiene que arriesgar el pellejo, porque resulta difícil, ¿qué?- menos adquirirlo que gozarlo-”.5

El analista tiene, al modo de un deber ético, una función y un deseo singular, y se ofrece como instrumento para quien quiera aventurarse. Agujero, goce ya no perdido sino plus que convertirá en vida, deseo. Lacan dice “callar el amor” en nuestra práctica. Un analista al que se le conmina tomar la palabra. ¿Qué sucede con ese que es un Sq? Significante cualquiera, ese nombre que hace de soporte a la función, allí en el que a lo privado del analista se le suma lo público de un sujeto que ha des-identificado, des-idealizado, su fixión, pero no por ello sin una posición, precisamente ética

Claro que acordamos con J.-A. Miller cuando dice que se trata de un discurso desmasificante. Que ese sujeto que practica el psicoanálisis se separe de los significantes que colectivizan sin por ello perder su palabra, como sujeto advertido ahora, pero no por eso menos comprometido. Es lo que le permitiría no calzar el vestido trágico de Antígona, pero menos el de Judas Iscariote, ni el de Antenor, cuya conducta moderada y su silencio le  hicieron pasar por traidor.

Nuestra Escuela Una de psicoanálisis es una Escuela Sujeto, conformada por subjetividades que tienen una particularidad: comparten los principios de una causa en común, pero como parlêtres no comparten una ética universal.


Bibliografía:
1 – Lacan, J. El Seminario, Libro 7, La ética del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1988, pág.298.
2 – Ibíd., pág. 301
3 – Ibíd., pág. 315
4 – Ibíd., pág.316
5 – Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Aun, Paidós, Bs. As., 1985, pág. 117.

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