¿Un mercado de la verdad?

¿Un mercado de la verdad?

Marcelo Veras. “Sin título”. Fotografía. EBP-AMP

Marcela Almanza
NEL-AMP

Parto de una cita del Seminario VII de Lacan, “La ética del psicoanálisis”, para abordar algunas cuestiones que atraviesan nuestra práctica analítica hoy, no solo en lo concerniente a la época en que nos toca vivir, sino también en lo que hace al contexto más inmediato en que éstas se generan.

“Si siempre volvemos a Freud es porque él partió de una intuición inicial, central, que es de orden ético. Creo esencial valorizarla para comprender nuestra experiencia, para animarla, para no extraviarnos en ella, para no dejar que se degrade. Por eso este año acometí este tema”.1

Sabemos que la lógica de mercado que permea nuestras sociedades actuales trae aparejado un ideal de productividad y de eficiencia, que para muchos sujetos se vuelve una exigencia tortuosa y difícil de cumplir, por no saber cómo responder de manera adecuada a esos requerimientos.

Es allí, cuando el avance incesante de la ciencia y de la técnica, de la ideología de la evaluación y de aquello que J.-A. Miller llama “la fuerza del imperativo de la transparencia donde todo es calibrado en función de su razón de ser”, de su “utilidad directa”2, donde aparece algo opaco al sentido, que pone en aprietos al sujeto y hace parte, no pocas veces, de las coordenadas bajo las cuales recibimos ciertas demandas de análisis.

Tomaré puntualmente el ejemplo de la prueba del polígrafo, llamado también “detector de mentiras” o “máquina de la verdad”, cuya invención y uso, si bien data de hace varias décadas, en la época actual despierta múltiples controversias, ya que su requerimiento se ha acrecentado y su aplicación muchas veces no parece regulada ni encuentra límites precisos, con tal de extraer el máximo de información y el mayor beneficio posible para la toma de decisiones al momento de contratar personal, generalmente en instancias de gobierno, empresas y otros ámbitos donde se requiere evaluar la credibilidad del sujeto y los posibles factores de riesgo para el cargo.

Básicamente, la prueba poligráfica registra los cambios psicofisiológicos que ocurren cuando alguien miente durante una entrevista donde se evalúa la honestidad y confiabilidad de las personas, y donde se tratan temas como antecedentes académicos y laborales, consumo de sustancias ilícitas, antecedentes judiciales, comisión y participación en delitos, robos y conductas irregulares en empleos previos.

Una de las polémicas que despierta el uso del polígrafo, frente a la ausencia de regulación del uso de la prueba, puede constituir la violación a las libertades individuales, a la seguridad jurídica y a los derechos humanos.

Bajo estas coordenadas, comparto brevemente dos situaciones que, en el contexto del dispositivo analítico y frente a la instancia de pasar por “la prueba”, dan cuenta de un plus que se desprende de la monotonía de la técnica y compromete al que habla en otra dimensión de sus dichos:

Del lado del “evaluador”: se trata de alguien que llega a consulta angustiado por algo que lo divide y que no puede nombrar…, punto de angustia que aparece por primera vez en su vida. Por un lado, ante el relato de uno de sus entrevistados frente al que se queda pasmado… Por otro lado, ante la insistencia de su jefe por lograr aún mejores respuestas del evaluado, mayor eficacia y resultados acordes a las expectativas de su puesto. Aquello que se le impone sin sentido, decantado por el análisis y articulado a la trama de su fantasma, deviene en un significante que ha marcado su vida y que ahora lo interpela: “ausente”.

Del lado del “evaluado”: un hombre llega a consulta luego de fracasar al querer pasar la prueba del polígrafo para ingresar a una institución ubicada para él en el lugar del ideal. Había investigado bastante en Google sobre cómo hacer para pasar la prueba. Además, le habían recomendado tomar una pastilla para la ansiedad, para controlar sus respuestas, pero “olvidó” tomarla… Reprobó, y ahora se lo reprocha. Dice “¿Será que hay algo en mí que está mal? Lo quiero volver a intentar, pero no estoy tan seguro… antes necesito elevar mi autoestima para no fallar.”

Si en un análisis experimentamos desde el inicio que las palabras no son sólo palabras, que el sujeto toma siempre su parte en lo que dice, que el lenguaje sirve al ser hablante para algo más que para la comunicación y que la mentira o la verdad no son entidades cuantificables, capaces de ser capturadas por medio de aparatos, de pruebas, protocolos, estadísticas y demás elementos de medición, allí donde se pretende que el cerebro sea amo y señor de nuestras conductas, un análisis siempre revelará que con respecto a “lo real, la verdad siempre se pluraliza, demuestra ser múltiple como la mentira […] la verdad que en el análisis buscamos, la verdad que hablamos, la verdad que hablo, la verdad en la medida en que la hablo, es idéntica a la mentira cuando planteamos que cubre lo real, de modo que no es más que un efecto de significante, un efecto variable de significante.”3.

En esa vía, con Lacan, nos preguntamos ¿cómo introducir la dimensión ética en nuestra experiencia, frente a la demanda de suturar lo que falla, lo que no anda, lo que requiere una solución inmediata (una demanda cada vez más acuciante en la época actual) para echar a andar la máquina otra vez, y así resolver los conflictos en tiempo y forma sin cuestionarse demasiado? ¿Cómo hacer lugar al inconsciente para fundar, cada vez, la posibilidad de una clínica bajo transferencia, una clínica de la pregunta, una clínica ética que comprometa al ser hablante con lo que dice y con lo que hace, en un registro que lo lleve más allá de las evidencias de la identificación, de las respuestas ilusorias y de las buenas intenciones?   

Si la lógica de mercado, de la mano de la ciencia y de la técnica, provee incesantemente soluciones ad-hoc que redundarían en una reducción de gastos y ahorro de tiempo, ofreciéndose como servicios ideales para conocer el comportamiento y enfrentar las potenciales problemáticas que siempre introduce el “factor humano” en ciertos contextos, “el psicoanálisis, en la medida en que es representado por un analista, es responsable de la presencia del inconsciente y de inscribir a éste dentro del campo de la ciencia. En otras palabras, debe sacar partido de circunscribir la causa de la identificación”4.

El analista es convocado entonces a fundar con su escucha, en cada sesión analítica, un tiempo y un espacio muy especial que se abstrae de toda evaluación de utilidad directa y que, por lo tanto, lejos de los ideales de la psicología y de un punto de vista mecanicista, determinista, es capaz de acoger aquello que no entra en la norma, aquello que para otros discursos no sirve para nada, pero que para ese parlêtre constituye lo más singular de su existencia.

La fórmula freudiana Wo Es war, soll Ich werden, “donde Ello era, yo debo advenir”, es retomada por Lacan en este Seminario. Allí dice: “Su raíz nos es dada en una experiencia que merece el término de experiencia moral y se sitúa en el principio mismo de la entrada del paciente en el psicoanálisis. Ese yo (je) en efecto, que debe advenir donde eso estaba y que el análisis nos enseña a medir, no es otra cosa más que aquello cuya raíz ya tenemos en ese yo que se interroga sobre lo que quiere. No solo es interrogado, sino que cuando avanza en su experiencia, se hace esta pregunta y se la hace precisamente en relación a los imperativos a menudo extraños, paradójicos, crueles, que le son propuestos por su experiencia mórbida”5.

En su conferencia “Patología de la ética”, J.-A. Miller nos recuerda que “soll, el deber, define el esfuerzo del sujeto como ético, y como una exigencia de subjetivación. Ello es algo impersonal, y en ese lugar de impersonalidad el sujeto tiene el deber de venir Ich. Ese lugar de impersonalidad, el Ello freudiano, se puede traducir inmediatamente, en cortocircuito, como el lugar del goce pulsional. Donde Ello goza, Ich, es decir el yo (je) que habla, debe advenir. Así, el esfuerzo del sujeto se define como un deber decir; un deber decir que permite entender en qué sentido Lacan dice que la finalidad de la experiencia analítica es un bien decir”6.

Para finalizar, se podría decir que entre el producto que arroja “la máquina de la verdad”, un dato objetivo sin más pretensiones que una evaluación “a medida”, y el testimonio de un sujeto en análisis, cuyas palabras cobran vida y producen resonancias más allá del sentido, se inscriben el consentimiento y la responsabilidad.

Un esfuerzo ético en el que estamos comprometidos constantemente, como analista-analizante, para asegurar la existencia del psicoanálisis en este siglo, más allá de las coordenadas de la época y en una apuesta por la causa. 


 

Bibliografía:
1 – Lacan, J., El seminario, Libro 7, La ética del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1988, p.51.
2 – Miller, J.-A., Un esfuerzo de poesía, Paidós, Bs. As., 2016, p.36
3 – Miller, J.-A., Un esfuerzo de poesía, op. cit., p. 217
4 – Miller, J.-A., Un esfuerzo de poesía, op. cit., p. 216
5 – Lacan, J., El seminario, Libro 7, La ética del psicoanálisis, op. cit., p. 16
6 – Miller, J.-A., “Patología de la ética”, Lógicas de la vida amorosa, Manantial, Buenos Aires, 1991, p.81

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