Un nuevo vector para la formación del analista

Un nuevo vector para la formación del analista

G.A. “1, 2, 3, 4”. Fotografía. EOL- AMP.

Gerardo Arenas
EOL-AMP

Es llamativa la insistencia con que se dice que la formación del analista se asienta en un trípode constituido por su propio análisis, el control de sus tratamientos, y la orientación teórica que otros colegas le brindan en persona o a través de sus publicaciones. Es verdad que Freud habló de esos tres pilares, pero no afirmó que fuesen los únicos, ya que en el mismo contexto incluyó el más obvio, a saber, que un analista se forma… practicando1. De hecho, por lo general la práctica del análisis causa en cada psicoanalista los efectos de formación más abundantes, variados, cotidianos e inolvidables. Además, ¿cómo podría un analista controlar sus casos si no los tiene? ¿Qué teoría debería orientar sus curas si él no las dirige? ¡Vamos! ¡Basta ya de hablar de trípode! Para la formación del analista hace falta un tetrápodo que incluye la propia práctica, y ésta es un pilar no menos importante que cada uno de los otros tres. Plantearlo así permite, además, captar la lógica que define la necesidad de esos cuatro apoyos, en la medida en que sólo el conjunto que todos ellos forman incluye las dos variantes del lazo analista-analizante y las dos del lazo analista-analista.

Además, permite corregir un error de Freud. En efecto, si bien él acertó al decir que el analista puede “prescindir de la universidad sin menoscabo alguno para su formación”, se equivocó al creer que las asociaciones de analistas tienen la mera función de remediar “la exclusión de que el psicoanálisis ha sido objeto por la universidad” y sólo serán útiles “mientras se mantenga dicha exclusión”.2 Aparte del contundente hecho de que tales asociaciones crecieron y se multiplicaron incluso en lugares (como la Argentina) donde el psicoanálisis llegó a copar buena parte de las carreras de psicología incluidas en las diversas universidades estatales, la aserción freudiana es errónea debido a que las sociedades psicoanalíticas tienen funciones específicas irreductibles a las de la enseñanza universitaria (si bien pueden no estar a la altura de esas funciones),3 y, en el formato llamado Escuela, se ocupan nada menos que de sostener, en calidad de tal, el discurso analítico4, cuya estructura no es la del universitario.5

En definitiva, el tetrápodo de la formación del analista está constituido por su análisis, su práctica, el control de la misma, y… ¿Qué nombre dar a esta cuarta columna? Quizá debamos bautizarla como orientación discursiva, entendiendo que la Escuela (no como institución, sino como lazo) es responsable de brindarla.

Pues bien, tal es la novedad que la Iniciativa Universitaria de Formación e Investigación (iufi) introduce, a partir de la cartelización de sus participantes, en el mundo universitario, donde sus consecuencias no han tardado en hacerse sentir. El primer relevamiento realizado por iufi a instancias de la fapol mostró, entre otras cosas, que los docentes, maestrandos y doctorandos universitarios que, a pesar de tener una sólida y a veces acendrada transferencia con el psicoanálisis lacaniano, no son miembros de ninguna Escuela, únicamente tienen acceso efectivo y pleno a tres de los cuatro pilares de la formación: sus propios análisis, la práctica que llevan a cabo, y la supervisión de las curas que dirigen. Pero la cuarta columna, que corresponde al lazo del practicante con la comunidad analítica, se ve reducida en extremo y está obligada a pasar por su(s) analista(s) y su(s) supervisor(es) –dos funciones que, en ocasiones, una misma persona condensa–, lo cual impone a ese lazo la necesidad de atravesar un cuello de botella que sin dificultad se desliza hacia un estructura de tipo arborescente, con las consecuencias feudales (y, en general, contrarias al discurso analítico) que ello de por sí entraña.6

En el breve tiempo de existencia de iufi hemos constatado varios de sus efectos –dependientes, ante todo, del puente que creó con las Escuelas a través del cártel– sobre esta cuarta columna. La multiplicación y circulación de las trasferencias es apenas la cara visible de los mismos, la “desarborización” del flujo transferencial es su resultado más inmediato, y la creación y/o consolidación del lazo de cada universitario con la Escuela es la estructura íntima del fenómeno mencionado. Esto convierte a iufi en un nuevo vector para la formación del analista, que a su vez reverbera en los otros tres apoyos del tetrápodo: la reanudación o iniciación de análisis de los analistas, las renovadas demandas de supervisión y hasta ciertos efectos constatables en la práctica, así lo atestiguan.


Bibliografía:
1- Freud, S. “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?”, Obras completas, VXVII Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 169: “En cuanto a su experiencia práctica, podrá lograrla mediante tratamientos efectuados […]”.El subrayado es nuestro.
2- Ibídem.
3- Cf. Lacan, J. “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956”, Escritos, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 2009, pp. 431-460; “El psicoanálisis y su enseñanza”, ibíd., pp. 411-430.
4- Cf. J. Lacan, “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pp. 261-277; Miller, J-A. El banquete de los analistas, Buenos Aires, Paidós, 2000; Arenas, G. Sobre la tumba de Freud, Buenos Aires, Grama, 2015.
5- Lacan, J. El seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008.
6- Cf. Miller, J.-A. Un esfuerzo de poesía, Buenos Aires, Paidós, 2016, pp. 161-164; Arenas, G Sobre la tumba de Freud, Buenos Aires, Grama, 2015, pp. 9-55.

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