Freud y el género fluido

Freud y el género fluido

Marcela Pimentel. Fotografía. La Red de la EOL

Marcela Pimentel. Fotografía. La Red de la EOL

COMENTARIO SOBRE “ALGUNAS CONSECUENCIAS PSÍQUICAS DE LA DIFERENCIA ANATÓMICA ENTRE LOS SEXOS”.

Gustavo A. Zapata – NEL-AMP

Los primeros años de la década del 20 fueron para Freud de revisiones y reformulaciones de su trabajo previo, especialmente una renovación en la exploración del continente negro de la sexualidad femenina. Habiendo encallado en la roca de la castración que se encuentra al final del drama edípico, Freud adelanta la tesis de que el desarrollo sexual continúa luego de lo que llamó las fases pregenitales. Llega a la conclusión de que la anatomía es el destino y se dedica a organizar el ingente material clínico que la joven práctica analítica acopiaba sin cesar, a partir de la introducción de la fase fálica como organizador último de la vida psíquica del sujeto.1 Para poner a prueba lo pertinente de esta tesis, nada más obvio que tratar de situarla en la diferencia anatómica entre los sexos. A esa tarea se dedica Freud en este texto, y, claramente, abrió más dificultades que las que resolvió. Deja de lado el enfoque que había adoptado desde el principio, de considerar desarrollos análogos y paralelos en los niños y las niñas, y dedica su esfuerzo a tratar de dilucidar por separado el desarrollo psíquico de lo masculino y lo femenino.

De entrada, ofrece sus ideas como hipótesis de trabajo a ser verificadas en la clínica, presentándolas como resultados preliminares. Ratifica que “el primer florecimiento de la vida sexual”2 y los efectos que despierta en el sujeto organizan el desarrollo psíquico, e insiste en que hay que ir hasta ese punto para dar con las claves de la neurosis. Intuye ya allí la vastedad de la tarea, cuando dice que por lo menos por las próximas décadas el trabajo de los analistas no correrá el peligro de mecanizarse o hacerse aburrido: claramente anticipa la singularidad que va a encontrar.

No desecha las analogías hembra-varón del todo, pues insiste en que se trataría de situar en qué punto se separan el desarrollo psíquico del varón y de la hembra a partir del descubrimiento de la diferencia anatómica entre los sexos. Dice que antes de poder siquiera acceder a la visión de los genitales del otro, parece haber en ambos un goce deslocalizado, que sitúa en el propio cuerpo y que corresponde a una excitación, es decir, un aumento de tensión que reclama ser aliviada y para lo cual, cada uno inventa algo. Podríamos decir que se trata de lo traumático de la sexualidad como acontecimiento de cuerpo, que es a lo que el paso por el drama edípico dará significación a posteriori. Avanza un poco más y propone que la diferencia anatómica, al hacer presente la castración en lo real, fuerza en ambos sexos una reformulación de la relación con ese goce innombrable, precoz, dice Freud, en la medida en que permite al varón localizarlo en el falo que tiene, y a la hembra también en el falo, que no tiene.

Pivotando siempre sobre la roca de la castración, Freud va a organizar el desarrollo psíquico de ambos sexos a partir del efecto que tiene la misma sobre el drama edípico. Así, para el varón el descubrimiento de la diferencia anatómica tiene un efecto de alivio, pues él no ha perdido su pene en el proceso y por tanto puede seguir su camino, y para la hembra, en cambio, se abre una senda de dificultades, pues según él, debe hacer una doble renuncia: a la localización del goce deslocalizado en un pene que no tiene, y a la madre como objeto. Glosa Freud en este punto las distintas salidas que tiene para la hembra este impasse planteado por la castración a su entrada en el drama edípico. Y aquí propone la tesis que ha sido un quebradero de cabeza para los psicoanalistas, hasta Lacan.

Al proponer que la diferencia anatómica entre los sexos hace presente el complejo de castración para ambos sexos antes de la entrada en el complejo de Edipo, es decir, durante el descubrimiento del goce en el cuerpo, deslocalizado, convierte la castración en un operador lógico que ofrece a ambos la posibilidad de localizar ese goce innombrable, angustiante, en un cierto punto fijo en el momento decisivo del drama edípico: el falo en el caso del varón, el hijo en el caso de la hembra. Y propone esta fórmula desconcertante: “Mientras el complejo de Edipo del varón se aniquila en el complejo de castración, el de la niña es posibilitado e iniciado por el complejo de castración”,3 para concluir que esa diferencia entre ambos modula la relación con el superyó. En esencia, lo que plantea Freud es que al no tener falo en el que localizarlo, la mujer debe arreglárselas con el goce innombrable como pueda. Tenemos entonces en ese campo abierto por Freud, toda la investigación lacaniana en torno al goce femenino.

Pero dejo de lado este tema porque el texto está atravesado por una afirmación que quiero destacar y que tiene para Freud estatuto de axioma, que le complica su examen del problema, y con la que, sin embargo, trabaja a lo largo del texto sin discutirla, y que enuncia al final:

“No nos dejemos apartar de estas conclusiones por las réplicas de los feministas de ambos sexos, afanosos de imponernos la equiparación y la equivalencia absoluta de los dos sexos; pero estamos muy dispuestos a concederles que también la mayoría de los hombres quedan muy atrás del ideal masculino y que todos los individuos humanos, en virtud de su disposición bisexual y de la herencia en mosaico, combinan en sí características, tanto femeninas como masculinas, de modo que la masculinidad y la feminidad puras no pasan de ser construcciones teóricas de contenido incierto”.4

Abre así Freud un campo muy importante de investigación en la clínica, en contra de sí mismo, pues al mismo tiempo que está tratando de establecer netamente la separación de la génesis de la neurosis en hombres y mujeres  –leyéndola como un efecto de la experiencia del trauma de la sexualidad refractado por la experiencia de lo real de la diferencia anatómica entre los sexos, distinta para unos y otras–, establece sin ninguna duda que la masculinidad y la feminidad son construcciones y que de ninguna manera “la anatomía es el destino”.5

Al distinguir y reconocer la existencia de una “actitud femenina”6 en el niño –por la doble disposición activa-pasiva del complejo de Edipo–, y un “complejo de masculinidad”7 en la niña –como efecto de la ausencia real de pene–, haciendo del género una construcción alrededor de una diferencia anatómica y poniendo el acento en el carácter estructurante del trauma primero de la sexualidad –en tanto goce innombrable experimentado en el cuerpo y resignificado a posteriori por el drama edípico (que es donde radica la verdadera diferencia entre los sexos)–, Freud ilumina un área de la clínica que recién comienza a desplegarse desde hace algún tiempo por los efectos de la alianza discursiva capitalismo plus ciencia8. Clásicamente reconocemos que al sujeto confrontado a la imposibilidad de localizar la diferencia entre los sexos, le queda pues la elección de una invención singular: neurosis, psicosis, perversión. Pero hoy hay todo un campo clínico que rompe el límite de esas opciones, y que surge impulsado por la alianza discursiva capitalismo plus ciencia: sujetos que se encuentran entre la certeza absoluta de los transexuales, o la solución de los que se ubican en el género fluido y que trae aparejada la duda: “a cada cual su duda”.9 Soluciones extremas frente a las cuales el clínico simplemente queda perplejo. Ciertamente, el analista así interpelado por estas fórmulas diversas de defensa ante lo real de la no relación sexual debe aplicarse a fondo en precisar las coordenadas de cada solución singular, ese bricolaje propio de cada sujeto, y estar advertido de que es posible que esté ante “subjetividades sin causa”, sujetos que rechazan la función de la causa, como un efecto de la elisión del falo (cuya función de causa es condición del inconsciente mismo) que promueve la alianza discursiva capitalismo plus ciencia10, y que implica un desafío que el siglo XXI impone al psicoanálisis.


Referencias bibliográficas
Ansermet, F., “Elegir el propio sexo: usos contemporáneos de la diferencia sexual”, En Virtualia, Revista digital de la Escuela de la Orientación Lacaniana, N° 29. Buenos Aires, 2014, recuperado en https://bit.ly/2Mt49JM
Dessal, G. , El lapsus del sexo. Apuntes sobre el GID (Gender Identity Disorder) en la infancia y la adolescencia. En VV. AA., El psicoanálisis, Revista digital de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo freudiano, N° 32, Barcelona. 2018, pp. 397-406.
Freud, S. , “La organización genital infantil (Adición a la Teoría Sexual)” (1923). Obras Completas, tomo III. Madrid. Biblioteca Nueva, 1981.
Freud, S. , “La disolución del complejo de Edipo” (1924) ).  Obras Completas, tomo III. Madrid. Biblioteca Nueva, 1981.
Freud, S., Freud, S., “Algunas consecuencias de la diferencia sexual anatómica” (1925). Obras Completas, tomo III. Madrid. Biblioteca Nueva, 1981.
Miller, J.-A., “Un real para el siglo XXI” (2012), en VV.AA., Scilicet Un real para el siglo XXI. Asociación Mundial de Psicoanálisis. Buenos Aires. Grama, 2014.
Notas:
  1. Freud, S., La organización genital infantil (Adición a la Teoría Sexual)” (1923). Obras Completas, tomo III. Madrid. Biblioteca Nueva, 1981, p. 2698.
  2. Freud, S., “Algunas consecuencias de la diferencia sexual anatómica” (1925), op. cit., p 2896.
  3. Freud, S., “Algunas consecuencias de la diferencia sexual anatómica” (1925), op. cit., p. 2901.
  4. Freud, S., “Algunas consecuencias de la diferencia sexual anatómica” (1925), op. cit., p 2902. Las negritas son mías.
  5. Freud, S., “La disolución del complejo de Edipo” (1924), op. cit., p. 2750.
  6. Freud, S., “Algunas consecuencias de la diferencia sexual anatómica” (1925), op. cit., p 2897.
  7. Freud, S., “Algunas consecuencias de la diferencia sexual anatómica” (1925), op. cit., p 2899.
  8. Miller, J.-A., “Un real para el siglo XXI” (2012), en VV.AA., Scilicet Un real para el siglo XXI. Asociación Mundial de Psicoanálisis. Buenos Aires, Grama, 2014, p. 17.
  9. Tal como lo caracteriza Ansermet en su texto, que contrapone a la “certeza sin exterioridad” del transexual, la duda en la elección de quienes se ubican en eso que se ha dado en llamar el “género fluido”.
  10. Es un agregado que hago a la hipótesis propuesta por Leonardo Gorostiza en su texto presentado en el X Congreso de la AMP titulado “Subjetividades sin causa”, aún inédito. ¿Es posible que en toda esta clínica radical de lo “trans”, estemos en presencia de una forma de estas “subjetividades sin causa” que menciona Gorostiza, o como se plantea Dessal en “El lapsus del sexo”, un proyecto desabonado del inconsciente?

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