LA DISTRIBUCIÓN SEXUADA EN EL SEMINARIO 20 DE LACAN

LA DISTRIBUCIÓN SEXUADA EN EL SEMINARIO 20 DE LACAN

Manolo Rodríguez. “En el bosque”. Acrílico sobre tela.

Manolo Rodríguez. “En el bosque”. Acrílico sobre tela.

Silvia Elena Tendlarz – EOL-AMP

Lacan aborda las identificaciones sexuadas en el Seminario 20 a través de las fórmulas de la sexuación que tuvieron un tiempo de desarrollo conceptual antes de ser nombradas como tales. Primero habla de “identificaciones sexuales” o “hechos del discurso”, luego de “valores sexuales producidos por el discurso”. En Aun, vuelve sobre las “pretendidas identificaciones sexuales” o las “definiciones” posibles de la parte llamada hombre y de la parte llamada mujer brindadas por el lenguaje cuando presenta las fórmulas. Utiliza la expresión “fórmulas cuánticas de la sexuación” en Los no engañados se engañan –que implican una elección por parte del sujeto–, con la que usualmente se las conoce, aunque también utilice la expresión “opciones de identificación sexuada”. Los seres hablantes se distribuyen en los valores sexuales presentados por las fórmulas por fuera de su sexo biológico. La expresión “fórmulas de la sexuación” pone de manifiesto con mayor nitidez la elección del sexo por parte del ser hablante, que se distingue a su vez de la elección de objeto. Hombre o mujer son significantes dentro de un discurso, no cuerpos biológicos.

Las escribe de la siguiente manera:

El lado izquierdo corresponde al Uno, propio de la posición masculina, que corresponde a la lógica fálica, y el derecho es el de la apertura al Otro, propio de la posición femenina. En el Seminario 20 Lacan plantea que las mujeres pueden situarse del lado de la lógica fálica o en su más allá, a partir del goce suplementario que pueden experimentar. También algunos hombres, por ejemplo, San Juan de la Cruz, con el goce místico, pueden quedar en relación con el Otro del lado femenino.

Lacan se pregunta si hay goce o no del cuerpo del Otro, y responde que en realidad se goza del propio cuerpo y del objeto que está alojado en el Otro. Por eso en la sexualidad hay una falla, un agujero, no hay relación sexual. El falo como semblante se vuelve un obstáculo a la relación sexual. A nivel de la relación sexual hay un agujero, no hay un significante que pueda inscribir la relación entre los sexos. Del lado hombre hay un significante que es el falo, pero del lado de la mujer ningún significante puede nombrarla, por eso La mujer, como universal, no existe. Hay entonces una falla que se produce en el encuentro entre los amantes y se expresa como soledad. En su lugar están los discursos, en tanto que establecen el lazo social, las relaciones regladas con el Otro.

Se presenta entonces una antinomia entre el goce y el Otro. Cuando el hombre goza, lo hace autoeróticamente de su órgano sin entrar en relación con el cuerpo del Otro. Las mujeres al gozar tienen a la soledad como partenaire, pues con su goce femenino quedan en relación con el Otro goce, no con el falo. Ahora bien, si la experiencia de goce deja a solas a los amantes, entonces, ¿cómo entrar en relación con el Otro? La solución, dice Miller, es a través del amor.

El amor es tomado en el Seminario 20 desde una vertiente real, como aquello que suple el agujero de la ausencia de relación sexual. Lo contingente del encuentro se vuelve necesario, con la idea de que no cesará jamás. El amor permite tener un acceso al Otro porque, en definitiva, no hay un acceso al Otro sexo; el amor funda la relación con el Otro. En la sexualidad femenina se produce una apertura al Otro a través del amor, que funciona como una excepción al goce autista fálico, y produce una mezcla del goce con el amor.

Lacan utiliza el cuadrángulo de Aristóteles para explicar las posiciones masculinas y femeninas. Pero en lugar de partir como Aristóteles del universal para hablar de la existencia, parte de la existencia para fundar el universal. Plantea la existencia de Uno que dice no a la función castración, que es el padre de la horda primitiva, que no está castrado y goza de todas las mujeres. El Uno de la excepción del lado masculino es necesario para que todos estén castrados por igual. Esta excepción, el al menos uno que no, no es un universal, es una existencia necesaria que vuelve posible la existencia del hombre como valor sexual. Lo necesario funda lo posible. Del lado femenino falta esa excepción y eso produce el no- todo en expansión en relación a la función fálica como conjunto abierto. Eso no significa que las mujeres no puedan inscribirse del lado macho: es contingente que una mujer esté del lado del falo o por fuera. Como la mujer no está esencialmente ligada a la castración, presenta tanto una duplicidad como cierta indeterminación en relación al falo, no toda en relación al falo.

En esta distribución sexual no hay una total oposición entre el todo, el para todos, y el no- toda. Se trata más bien de una repartición. El no-toda de la mujer hace que sea esencialmente dual porque no existe esa excepción que asegure el universal. Con esta particularidad, del lado masculino, al incluirse el universal afirmativo y el particular negativo que son contradictorios en el cuadrángulo de Aristóteles, hay cierta imposibilidad de verificar la identidad sexual. Del lado femenino no hay ningún significante que diga qué es La mujer. Estos valores sexuales en cada caso, tanto del lado del hombre como del lado de las mujeres, son construcciones.

Los seres hablantes se reparten entre todo y no todo, de modo tal que para el hombre le está reservada la castración, junto con el goce fálico y la condición fetichista de elección fantasmática de objeto; y del lado de la mujer, está la división, el goce suplementario, que es un goce abierto, ilimitado, que tiene un matiz loco y enigmático y que da la vertiente erotómana del hacerse amar de las mujeres. 

Lacan da un paso más en la última enseñanza. Jacques-Alain Miller indica que estos desarrollos constituyen la apertura para trabajar y generalizar el goce que se encuentra en el cuerpo y que había sido planteado del lado femenino. Cuando Lacan va más allá de la problemática de la prohibición, más allá del Edipo, despeja el goce femenino como excepción al goce fálico, por fuera del Penisneid. Esta positivización del goce abandona la negativización articulada a la falta. El binarismo entre un goce masculino y un goce femenino le permite a Lacan generalizar el goce femenino hasta transformarlo en el régimen del goce como tal, no edípico, que no tiene que ver con la negatividad del deseo y que se reduce al acontecimiento de cuerpo. Acontecimiento de goce independiente de la posición femenina o masculina. De esta manera, hay un resto de goce que no corresponde a la dialéctica fálica también en los hombres. Lacan generaliza ese goce mudo descubierto en la sexualidad femenina, y ¿qué? toma el estatuto de un goce opaco al sentido tanto para los hombres como para las mujeres. Miller indica en su curso “El ser y el Uno” que hay Uno, no hay relación sexual, y hay el cuerpo. Entonces, por fuera de la repartición sexuada, que también existe, no hay dos sexos sino hay Uno y el cuerpo. Primariamente está la relación del Uno que es cuerpo. El Uno y el cuerpo, ese cuerpo que se tiene y que también se puede soltar como en el caso de Joyce. El ser que habla es la conjunción del sujeto con el cuerpo, un cuerpo que se goza. “Soy la manera en que se goza”, dice Miller.  Es un goce opaco que excluye al sentido y que no puede ser simbolizado. Se trata de una extensión que localiza en todo ser hablante un goce opaco, por fuera del sentido, que es el efecto del acontecimiento de cuerpo y que Lacan llama sinthome. Eso no impide que sobre ese goce se produzca la inclusión del ser hablante en las fórmulas de la sexuación y produzca una repartición sexuada entre posiciones masculinas y femeninas. Hombres y mujeres toman así distintos valores sexuales, de acuerdo con su posición sexuada.

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