¿Qué es lo que es?1

¿Qué es lo que es?1

Rosa Basz. Serie Varitas. EOL- AMP

Rosa Basz. Serie Varitas. EOL- AMP

Lucíola Freitas de Macêdo – EBP- AMP

 

“Llamamos heterosexual por definición a lo que ama a las mujeres cualquiera sea su propio sexo”.2

El horizonte de la afirmación

Desde el inicio, es preciso decir que “El atolondradicho”, escrito en el cual encontramos la frase del epígrafe, objeto de este comentario, data del 14 de Julio de 1972. Cuando escribió esta contribución al 50° aniversario del Hospital Henri-Roussell, Lacan recién había concluido las clases del Seminario 19o peor, donde se encuentra, paso a paso, diferentes desarrollos concernientes a las elaboraciones de “El atolondradicho”.

En el Seminario 19,… o peor, Lacan deslindará la “lógica de lo hetero”, para continuación, en el Seminario 20, Aun, trazar las coordenadas del otro goce, cualquiera que sea  el género de quien lo experimenta, y cuyo destino es eterizar los senderos de la equivocidad significante,3 que es diferente del “exceso homo”, prevalente en el amor narcisístico, cuyo goce “flota en el islote falo”,4 extraído del prototipo del semejante, el goce “homosexuado”. A propósito de éste último, Lacan lo ejemplifica recurriendo tanto al goce del hombre, que eligiendo una mujer como objeto, “que, torpe, el mismo se imagine que por tener dos, la vuelve toda”5, cuanto a las Preciosas que, “haciéndose hombre”, son capaces de sostener “el discurso sexual con total confianza”.6

Justo en este momento, Lacan inicia el Seminario 20, Aun, hablando del amor.

Éste avanzara en sus formulaciones sobre el goce heteros, ese goce no-todo, suplementario, llamado femenino, como un goce del cuerpo: “la mujer no toda es- el sexo de la mujer no le dice nada, a no ser por intermedio del goce del cuerpo (…) a mujer se define con una posición que señalé como el no todo en lo que respecta al goce fálico”.7 Esto último, a su vez, será el obstáculo por el cual el hombre no llega a gozar del cuerpo de una mujer, ya que éste goza del goce del órgano, lo que lo lleva a postular que “no hay sino el goce fálico – a no ser por el que la mujer calla, tal vez porque no lo conoce, el que la hace no-toda”. 8

Lacan avanza en sus elaboraciones, pero no sin antes pasar por el goce de La Mujer, haciendo de Santa Teresa De Ávila su signataria. Sobre ese goce más allá del falo nos informan algunas personas, más frecuentemente las mujeres, o bien personas dotadas como San Juan de la Cruz, puesto que no es obligatorio, cuando se es macho a colocarse del lado de la función fálica. Se puede también, colocarse del lado del notoda. Hay hombres que están ahí tan bien como las mujeres”9.

Explicando con claridad

Para Lacan, la realidad es elaborada con los aparatos de goce. Hetero y homo no corresponden estrictamente a la repartición sexual o a las elecciones de objeto; la diferencia sexual no se inscribe en el inconsciente; y masculino y femenino son solamente semblantes. Se la realidad del inconsciente es sexual, eso se da por la vía del goce, ese que itera y que ira a alojarse en el sinthome.

Lo divertido de las postulaciones es que no se prestan a totalizaciones, desordenando completamente las categorías existentes para designar las identidades de género: andrógino, pansexual, heterosexual, homosexual, transgénero, cisgénero, bisexual, intersexual, género neutro, género fluido… resta por saber cuántas identidades todavía, el nominalismo irá a inventar para intentar dar cuenta de este imposible.

En sólo una página.10 Lacan nos regala un maravilloso breviario, y lo hace con exuberancia en cuanto al uso de la equivocidad del sentido. Veamos pues, con Lacan, ¡que es lo que es!

¿Qué es una mujer? “Una mujer no es toda… por ella ser la única a ser ultrapasada por su goce, el goce que se produce por el coito”.

¿Y qué es el goce de una mujer? “Incluso que se satisfaga la exigencia del amor, el goce de una mujer la divide, haciéndola partenaire de su soledad, mientras que en la unión permanece soltera”.

Y en cuanto al hombre ¿De qué goza él? “En qué se confesaría el hombre servir mejor a la mujer de quien quiere gozar, sino para tornar suyo ese goce que no la hace toda de él; ¿para en ella resucitarlo?

Pero el sexo, ¿Qué es? “Aquello que se llama sexo… es propiamente, responsándose en el notoda, el heteros, que no puede ser estancado con el universo”.

Hasta que llegamos al amor… ¿Qué es amar? “Yo dije “amar”, y no prometido a ellas por una relación que no hay. Es justamente eso lo que implica lo inaccesible de amor…”.

Amar, entonces, es amar que los caminos no lleguen jamás ni completamente a la otra mitad. Este amor no une mitades, no se obstina en compatibilizar el Ser y el Uno, solamente se heteriza, se disipa, en la melodía del mediodicho.

Es que las notas se reducen y se logifican en su radical simplicidad en una deconstrucción del género que a mi modo de ver, ni Judith Butler arriesgo: heteros corresponde al notoda, a lo que es otra para sí misma; homo corresponde a lo que es semejante a sí mismo; cualquiera que sea el propio sexo o la elección de objeto en cuestión. Homo y heteros no corresponden a identidades, sino a modos de amar y de gozar, y más…aun, a modalidades del decir, según el modo de hacer o no el universo.

Sólo una preguntita más: ¿Qué es lo que el universo tiene que ver con todo esto?

Y por hablar de amor y estrellas…

Para saber lo que el universo está haciendo en el medio de todo esto, iremos a la próxima estación, que para mí, es uno de los más bellos pasajes de los seminarios de Lacan, establecido por Jacques-Alain Miller bajo la rúbrica “El amor y el significante”. Se trata del capítulo IV del Seminario 20, es allí que, de medio decir en medio decir, Lacan se esmera en transmitir que el amor es aquel que reconectándose al goce sexual, se hace inaccesible; que el amor es ese que no hace universo. Lo que está siendo colocado en cuestión es, entre otras cosas, la categoría designada por la filosofía como lo universal.

Lacan traerá nada menos que a Copérnico para esa conversación Si, él mismo, el astrónomo que en el siglo XIV cambió el centro del universo de lugar: ya no la tierra, sino el sol. Lacan dirá que no hace la menor diferencia cambiar el centro de lugar, puesto que lo que se aloja en el centro “Lo que permanece en el centro es esa vieja rutina según la cual el significado conserva siempre, a fin de cuentas, el mismo sentido. Este sentido se lo da el sentimiento que tiene cada quien, de formar parte de su mundo, es decir, de su pequeña familia y de todo lo que gira alrededor”11, el falo incluso para los izquierdistas- provoca Lacan. Mundo en el cual las insurrecciones permanecen dentro de la concepción del mundo perfectamente esférica. La subversión, “si es que existió en alguna parte y en algún momento, no está en haber cambiado el punto de rotación de lo que gira sino en haber sustituido un gira por un cae”12, en referencia a Kepler y al foco de la elipse, en el que el en el punto opuesto es simétrico, no hay nada.

Fue justo ahí que se marcó el impasse de esa cosmología que consiste en la admisión de un mundo, impregnada de la función del ser, y que en el discurso analítico deberá ser abandonada. Para objetar a la esfera y al centro, así como a la concepción del amor que de allí adviene, Lacan recorrerá de la escritura matemática a la teoría de los conjuntos, evocará aquello que los matemáticos hacen con las letras, para abordar el Uno de otra manera que no sea por la vía de la complementariedad, de lo completo, del ideal: “Cada cual sabe, desde luego, que nunca ha ocurrido que dos no sean más que uno, pero en fin, no somos más que uno”13. El amor no hace que nadie salga de sí mismo. El verdadero problema del amor, colocado por Freud al introducir el amor narcisístico, “es cómo puede haber amor por otro”.14

Pensar por esta vía, nos llevará a otra lógica, que no niega los binarismos o los monismos, pero que no hace de estos el centro la cuestión. Lacan la descentra. Su mérito está en no incurrir en generalizaciones, despegando centrismos, sean cuales fueren, en el propio cuerpo de las definiciones que propone, destotalizando y deslocalizando lo que concierne al campo del goce, del amor y de la sexuación.

En esto se constata la singularidad del abordaje del psicoanálisis en relación a la cuestión de la sexualidad. Es esto lo que os permite entrar en ese debate, con nuestra pequeña diferencia, y con la especificidad de nuestro objeto, descentrado, e incluso ex-céntrico; ese que no habla del género en su relación con la anatomía, sino de los parletres y sus modos de goce, que perturban las identidades, apostando a la realidad sexual del inconsciente y a la dimensión sintomática que le corresponde.

Traducción: Silvina Molina

 


Notas:
  1. Texto elaborado a partir del trabajo presentado en el Seminario Preparatorio de la XXI Jornada de Psicoanálisis de la EBP-MG: El inconsciente y la diferencia sexual: ¿Qué hay de nuevo? El 1 de Junio de 2017.
  2. Lacan, J., “El atolondradicho” (1972). En: Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 491.
  3. Ídem.
  4. J., “El atolondradicho” (1972). En: Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 492.
  5. Lacan, J., “El atolondradicho” (1972). En: Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 493.
  6. Lacan, J., El Seminario, libro 19: … o peor (1971-1972) Buenos Aires: Paidós, 2012, p.17.
  7. Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aun (1972-1973) Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 15.
  8. Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aun (1972-1973) Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 75.
  9. Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aun (1972-1973) Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 92.
  10. Lacan, J., “El atolondradicho” (1972). En: Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 491.
  11. Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aun (1972-1973) Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 55.
  12. Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aun (1972-1973) Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 56.
  13. Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aun (1972-1973) Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 60.
  14. Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aun (1972-1973) Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 61.

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