LO QUE NO SALE DE NINGUNA PALABRA

LO QUE NO SALE DE NINGUNA PALABRA

Susana Carbone. “Mixturas”. Acrílico

Susana Carbone. “Mixturas”. Acrílico

Débora Nitzcaner – EOL-AMP

Un diario de Buenos Aires publicó recientemente un artículo periodístico bajo el título “Género. El feminismo también conquista y desafía el habla cotidiana”, en el que se presenta, a modo de glosario, nuevas formas de un decir, novedosas palabras que se van sumando a la lengua. Transformación significante que recae sobre el rechazo a que el significante no distinga –en su gramática– la diferencia de género. Reinventa así una forma propia de nombrar, una metamorfosis sobre la lengua que parte de la hipótesis de que en la inexistencia de esa diferencia lo que prevalece en el significante es la significación masculina.

Con el psicoanálisis podemos arribar al saber sobre el alcance que un significante posee a nivel de lo real, lo que no se deja atrapar por el sentido, que Jacques-Alain Miller ubica como lo menos reconocible, ya que se trata de la “falla en el significante”. El artículo citado demuestra la importancia de hacer pasar por el significante alguna marca de identidad que nombre los nuevos goces que el significante no puede nombrar.

Una gramática del lenguaje que objeta lo binario del género para remover los semblantes tradicionales y proponer un orden igualitario y diverso. Sin embargo, se presenta una paradoja: en el intento de que prevalezca, la diferenciación se colectiviza y, en consecuencia, el goce no se singulariza. Es una cuestión de suma importancia para la clínica, ya que es en los intersticios de esta paradoja por donde se encuentra su intervención.

Si bien el discurso de género se asienta en lo político social, con el discurso del psicoanálisis se puede leer un fundamento posible de esta paradoja. El primer movimiento del lenguaje de género se estableció con el desuso del “todos”, para designar en los significantes “todos y todas” la existencia de dos géneros equivalentes, reconociendo que en la diferencia está el criterio de igualdad y rechazando la segregación. Una búsqueda de representatividad del género femenino en el lenguaje, un progreso de pensamiento por separar lo masculino del imperio del falo, bajo el riesgo de confundir lo masculino con el falo.

Al explorar estas nuevas expresiones, se pueden encontrar múltiples términos. Entre ellos se halla el uso, por ejemplo, de “todes” –o el llamado tercer género–, donde la letra “e” reemplaza el valor genérico de lo masculino para determinar lo que podría ser lo indefinido de un tercer género. Otro es paternar, que implica que la función de quien ejerza la función paternal va más allá de lo biológico y no se encuentra determinada por una identificación del padre a lo masculino. Misandria, en cambio, se presenta como lo opuesto a la misoginia: es el significante del odio a los hombres, usado entre feministas. Así como sadres, término pedido por los alumnos de algunos colegios públicos porteños: en el uso inicial de la letra “s” se presenta el propósito de omitir y determinar en los términos padre o madre lo igualitario de una función.

Un glosario ocurrente que en la “f” ubica la palabra “falocentrismo”, definido como:

[…] un término obtenido de la filosofía que refiere al falo como eje de toda acción, relación y situación. Y por ende como fuente de autoridad […] alude desde el protagonismo masculino en las relaciones sexuales hasta en la construcción del poder.

Una idea en la que el órgano masculino y el falo dicen lo mismo.

Cuando Lacan se refiere al falo en De un discurso que no fuera del semblante, ubica el problema que pueden enfrentar los rituales de iniciación, en tanto ellos comprenden “manipulaciones, operaciones” que ponen su marca en el órgano. Un problema que señala lo que trasciende el privilegio que se le otorga al órgano, siendo que de lo que se trata es del falo; con el que se ordena aquello que pone en un atolladero al goce, y hace del hombre y la mujer –definidos biológicamente– que se enreden con el goce sexual. Así, la castración es ubicada bajo el privilegio de remediar lo que constituye el fondo indecible de la relación sexual, en cuanto que presenta el goce ordenado. Una cuestión que enseña de qué modo el falo va más allá del órgano, y ubica a la castración como un ordenamiento de goce separado del Ideal.

Entonces, si algo caracteriza al falo no es el de ser el significante de la falta, sino ser precisamente “eso de lo que no sale ninguna palabra” y que se interpela con el plus de goce: el objeto a.

Cuando la clínica del objeto a se vuelve insuficiente para dar cuenta del goce real y el enigma del saber ya no es “tal como se rebeló con el discurso analítico”, se produce otro avance. Se presenta un inconsciente hecho de lalengua, de la marca primaria de goce cuyos efectos operan allí “en su guarida” como saber. Se enuncian dos saberes inconscientes: “el saber sobre la lengua”, del campo del lenguaje, y “el saber hacer con lalengua”, exclusivo al inconsciente.

Al leer en “Joyce el síntoma” la cita: “Lo fascinante de testimoniar respecto del goce del síntoma. Goce opaco por excluir el sentido”, se esclarece que resolver el síntoma es captar su goce como fuera de sentido. Un desplazamiento conceptual que va del síntoma como metáfora al “acontecimiento de cuerpo”, a lo que hay de semblante del traumatismo. El cuerpo así, en su consistencia gozante, interviene como significante y el goce entra “en el reino del sentido”.

Vida Morant es una activista feminista y de la colectividad trans, que al ser consultada acerca de lo que sería para ella la incidencia de un psicoanalista respondió:

Nosotros y nosotras nos enfermamos a causa de nuestra construcción identitaria, que no es en sí misma una patología. Nosotros enfermamos a causa de la segregación, […] al acompañamiento sanitario como cualquier persona, eso es lo constituye nuestra sintomatología.

Establecer una formalización conceptual nos acerca al desafío que hoy se le presenta a la práctica psicoanalítica: cómo entrar en la lengua del Otro social, sino es con lo versátil de un analista. Un analista dispuesto a dejarse atrapar por las nuevas maneras de nombrar identidades, a condición de separar de lo segregativo el retorno de lo solitario de un goce desalojado.

Separar es fundamentalmente discernir que “lo real del vínculo social es la inexistencia de la relación sexual”, mientras que “lo real del inconsciente es el cuerpo hablante”. Se trata de una diferencia en la que J.-A. Miller se detiene para enfatizar sobre la clínica de hoy, donde el orden simbólico reconocido como un sistema de semblantes no manda sobre lo real, sino que se encuentra subordinado a él. Es así que se impone para el discurso analítico, dejarse enseñar.

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