¿TRANSMATERNIDAD GAY?

¿TRANSMATERNIDAD GAY?

Luis Darío Salamone. “Sin título”. Fotografía. EOL- AMP

Luis Darío Salamone. “Sin título”. Fotografía. EOL- AMP

Marcela Almanza – NEL-AMP

El tema de las próximas Jornadas de la NEL, ¿Qué madres hoy? Vicisitudes en la experiencia analítica, nos conduce a introducir la cuestión de lo materno y del “ser madre” a partir de las preguntas que la práctica analítica misma nos va planteando desde las curas que conducimos, no sin dejar de contemplar que nuestra práctica se inserta en las particularidades de una época que señala cambios profundos en la familia a nivel de su estructura, componentes y estilos de vida, allí donde el imperio del padre declina y el ascenso de la maternidad contemporánea adquiere nuevas formas.

En el marco del nuevo siglo, donde la madre se pluraliza en tanto biológica, simbólica, donadora, portadora, de la mano de los avances de la ciencia y de la técnica -y porque no, también de las nuevas formulaciones en materia jurídica- aparece el titular de una nota de actualidad, que toca de cerca estas cuestiones bajo la siguiente formulación: Embarazo, otra frontera entre sexos que se diluye.

En este contexto, la denominada transmaternidad gay abre el debate de la concepción como derecho universal, al introducir la idea de que el embarazo está dejando de ser un derecho exclusivo de las mujeres.

En esta vía, la nota periodística mencionada relata la historia del hijo biológico de un gay y un transexual, que tiene como protagonista a T., un hombre transgénero que vivió como mujer hasta el final de su adolescencia y a los 20 años tomó la decisión de comenzar a tomar hormonas y a “identificarse” como hombre…

Si la testosterona hizo que le creciera la barba y se hiciera más grave su tono de voz, cambiando sensiblemente su imagen, T. aclara que nunca quiso alterar quirúrgicamente sus genitales pues, agrega, “Jamás desee nacer hombre. Estoy feliz siendo trans. Nunca quise que mi cuerpo sea diferente”, y fue por esa razón que dejó su útero y ovarios en normal funcionamiento.

Pasados los años, conoce a su pareja actual, interrumpe su tratamiento hormonal para poder gestar al hijo de ambos y deciden contar (en Facebook, Instagram y su propia web) su historia, la experiencia del embarazo y cómo se convirtieron en padres biológicos.

En este marco, se plantean ciertos puntos de intersección entre orientación sexual, identidad de género y maternidad.

Sabemos que en la actualidad algunos países cuentan con la denominada Ley de identidad de género, que permite que las personas trans (travestis, transexuales y transgéneros) sean inscriptas en sus documentos personales con el nombre y el sexo de su elección, además de que el estado les provea tratamientos hormonales y cirugías parciales o totales para el denominado desarrollo de identidad.

Si la sanción de estas leyes despatologiza las identidades trans, además de desjudicializarlas, descriminalizarlas y desestigmatizarlas, al tomarlas como una elección personal, respetando la denominada “autonomía corporal”, es en esa vía que la ley, en tanto norma jurídica, promulga un texto válido “para todos” los que se sientan concernidos por su alcance.

¿Pero qué otro relieve podrían tener estas leyes, leídas desde la orientación lacaniana, en tanto orientación por lo real, y a la luz de sus posibles incidencias clínicas?

Si bien la historia de T. no constituye un caso clínico, sino solo una historia relevada por los medios, la tomo como punto de partida para pensar algunas cuestiones.   

Hablar desde un universal sobre “las personas trans”, desconoce aquello que del deseo y del goce se articula a nivel de la singularidad del caso por caso, pues en cada uno de quienes luchan por los derechos igualitarios (en este caso el reclamo del denominado embarazo unisex), seguro habrá –inevitablemente– algo del orden de la diferencia, ya que el deseo de un hijo está atravesado por una serie de complejidades subjetivas que tanto la ciencia como la ley no alcanzan a vislumbrar por diversos motivos.

Como plantea J.- A. Miller: “Se piensa que la ciencia concuerda con lo real y que el sujeto también es apto para concordarse con su cuerpo y con su mundo como haría con lo real. El ideal de la salud mental traduce el inmenso esfuerzo que hoy día se hace para llevar a cabo lo que llamaré una “rectificación subjetiva de masas” destinada a armonizar al hombre con el mundo contemporáneo, dedicada en suma a combatir y a reducir lo que Freud nombró, de manera inolvidable, como el malestar en la cultura. Desde Freud, ese malestar ha crecido en tales proporciones que el amo ha tenido que movilizar todos sus recursos para clasificar a los sujetos según el orden y los desórdenes de esta civilización”.

Es ante estos desórdenes, que la ciencia y la técnica mantienen su injerencia constante frente al sujeto contemporáneo, mediante la propuesta de múltiples intervenciones sobre el cuerpo que pretenden armonizar lo irremediable, aportando el complemento perfecto de lo que falta o sustrayendo lo que sobra en favor de concretar un derecho universal, que en este caso no deja de tener un sesgo reivindicativo cuando se plantea que el embarazo no tendría que ser un derecho exclusivo de las mujeres.

Ante este panorama, y en oposición a la lógica del “para todos”, desde el psicoanálisis no podemos dejar de preguntarnos… ¿qué es un hombre, qué es una mujer, qué es una madre? ¿Cómo habitar un cuerpo, cómo ponerlo en función más allá de la biología?

Como plantea J.-A. Miller “La exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno… No es el Otro con una A mayúscula el que está en el centro del discurso analítico, es el Uno solo”.

Los cuerpos habitados por el lenguaje, los de la especie humana, los cuerpos que hablan, presentan ante el Otro contemporáneo algo más que una simple anatomía que debería rectificarse adecuadamente –en pleno ejercicio de sus derechos– para que se haga justicia y se pueda poner a punto, se haga concordar “lo que no anda”, frente a la injusticia de la naturaleza.

Frente a la idea de haber arribado a una elección ideal, asertiva, que desembocaría en el desarrollo de una identidad anhelada, la pretendida normalización del goce a través de la injerencia de la ley o de la ciencia se topará siempre con un límite.

Sabemos que para los seres hablantes la desorientación está inscripta desde el inicio, desde el momento en que se produce la captura del viviente en las redes del lenguaje, pues a partir de allí no habría ningún discurso que, desde lo social o desde el corpus legal, sea capaz de nombrar la singularidad del parlêtre y su modo de arreglárselas con el goce. Por lo tanto, no hay cirugía parcial o total, implantes, o tratamientos hormonales de última generación que den la razón sexual apropiada ni que permitan arribar a una conclusión unívoca sobre lo que es un hombre o una mujer… La proporción sexual no se puede escribir, y el malentendido entre los sexos es estructural.

En este contexto es importante recordar lo que Lacan plantea en el Seminario 19: “Que al comienzo estén el hombre y la mujer es ante todo asunto de lenguaje. El lenguaje es tal que, para todo sujeto hablante, o bien es él o bien es ella. Esto existe en todas las lenguas del mundo. Es el principio del funcionamiento del género, femenino o masculino. Que esté el hermafrodita será solo una ocasión de jugar con mayor o menor agudeza a deslizar en la misma frase el él y el ella. No se lo llamará eso en ningún caso, salvo para manifestar algún horror de tipo sagrado. No se lo pondrá en neutro. Dicho esto, no sabemos qué son el hombre y la mujer”.

En este sentido, sexuación e identidad sexual no son lo mismo; el “no saber” que nos propone Lacan, diferencia lo que nos guía en la práctica del psicoanálisis –signada siempre por un imposible– de aquello que persiguen otros discursos con sus ideales de adaptación y persistencia en una búsqueda de reivindicación que haga valer “a cada quién lo suyo”, aludiendo a un saber posible sobre el sexo.

En esta vía, y retomando el planteo inicial, quizás transmaternidad gay sea el significante propuesto por algunos discursos actuales para pretender nombrar lo que no tiene nombre…

Es en este contexto que, orientados por lo real y concernidos por la enseñanza de Lacan, los practicantes del psicoanálisis seguiremos sosteniendo preguntas en lugar de respuestas, cada vez que la experiencia analítica, caso por caso, nos convoque a ocupar el lugar que nos corresponde para estar a la altura de la época y de nuestro acto.


Notas:
  1. https://rimixradio.com/embarazo-otra-frontera-entre-sexos-que-se-diluye/
  2. Miller, J.-A., Conclusión de PIPOL 5. http://www.enapol.com/es/template.php?file=Argumento/Conclusion-de-PIPOL-V_Jacques-Alain-Miller.html
  3. Ibid
  4. Lacan, J., El Seminario, Libro 19,…O Peor. Buenos Aires. Paidós, 2012, p. 38.

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