¡VIVA LA METÁFORA!

¡VIVA LA METÁFORA!

Valeria Erlijman. “Baile”. Fotografía. Serie “Álbum de familia” Pausa - Año: 2008

Valeria Erlijman. “Baile”. Fotografía. Serie “Álbum de familia” Pausa – Año: 2008

Osvaldo L. Delgado – EOL – AMP

“Saber hacer” y “saber-hacer ahí”

Me interesa referirme al texto de Byung-Chul Han, La agonía del Eros, especialmente al capítulo en el que trabaja la pornografía.

Al respecto, tenemos que señalar dos cuestiones muy importantes que Han postula. Una es el concepto “empresario de sí”, que lleva a la explotación de sí mismo. Podemos coincidir con esto –con que el discurso capitalista lo pone en juego–, pero con lo que no podemos coincidir es con que esto anula la lucha de clases. Si uno lee todo el desarrollo que hace Han, se trata de que la lucha de clases se reproduce en cada uno –cosa que es cierta–, pero esto no quiere decir que se anule la categoría marxista de la lucha de clases.

Esta es una problemática más clara para los sociólogos o los politólogos, pero para nosotros como psicoanalistas la diferencia fundamental que tenemos con Han –igual que con las teorías de género–es que confunde sujeto y subjetividad, segunda cuestión que quería señalar y que es central.

La subjetividad es cultural e histórica. Para conformarse toma los semblantes de la época e incluso el campo de la llamada sintomatología; también se arma con los semblantes de la época, los semblantes que el Otro ofrece. Pero una cosa es la subjetividad que se conforma por la época, y otra cosa es lo que desde el psicoanálisis entendemos como sujeto. Mucho más aun, lo que entendemos como parlêtre, tomando la última enseñanza de Lacan.

Hay un debate de Freud con Nietzsche respecto a la culpa, porque la culpa en Nietzsche es histórica, cultural. Así lo expone en “Más allá del bien y del mal”. Y para el psicoanálisis la culpa no es histórica, no depende de la subjetividad de la época, sino que es un dato de estructura. Efectivamente, nosotros diferenciamos subjetividad de sujeto, y mucho más aun, subjetividad de parlêtre. Sobre todo con la introducción del Un cuerpo y del troumatisme, porque el troumatisme no depende de los semblantes de la época; ni siquiera depende del Otro. Entonces el psicoanálisis –con la primera categoría de sujeto, pero mucho más con la categoría de parlêtre–, no puede acordar ni con Han ni con las teorías de género.

Para las teorías de género, todo es histórico, cultural. De ese modo, toman el imperativo sexual de la época, el estallido ahora del imperativo cultural de la repartición sexuada –que con Lacan llamamos la norma macho–, y formulan el imperativo de la heterosexualidad del patriarcado. Todas las referencias, incluidas las de Judith Butler, marcan una posición diferente a las conceptualizaciones psicoanalíticas. Por ejemplo, al fantasma “pegan a un niño” –que para el psicoanálisis es la referencia fundamental del fantasma–, Butler lo toma como un dato cultural, de época, histórico.

El “saber-hacer” del que hablamos desde el psicoanálisis también desmiente tanto a las teorías de género como a Byung-Chul Han. El discurso capitalista en su fase del neoliberalismo actual puede producir en el “empresario de sí” la dimensión del saber-hacer. Pero el “saber-hacer” y el “saber-hacer ahí” del psicoanálisis no son lo mismo porque éste último responde al punto de no repetición, responde a la iteración. En cambio el “saber-hacer” responde a la repetición y puede articularse con la técnica, con la cultura y con el momento histórico.

Nuestro debate con las teorías de género aparece entonces en varios puntos. Por un lado, el psicoanálisis sostiene que en la sexuación se trata de identificaciones y fundamentalmente de la fijación de goce, que nada tiene que ver con una operación cultural; la fijación freudiana no entra en esta categoría. Por otro lado, la diferencia se acentúa si ubicamos la categoría de parlêtre, y mucho más si ubicamos la diferencia entre el cuerpo especular y el Un cuerpo.

Podemos pensar el cuerpo especular, en el que, por ejemplo, se ubican las cirugías en la sexualidad contemporánea. El cuerpo especular es un imaginario que depende de lo simbólico y que efectivamente se presta a la cultura de la época, a la moda, al imperativo de goce del mercado, etcétera; pero el Un cuerpo en su radicalidad no; no depende ni siquiera de las identificaciones freudianas, como el estadio del espejo. Es ese cuerpo que cada tanto levanta campamento, que tiene una consistencia que es mental. En tanto consistencia mental, marca un punto irreductible por cualquier operación simbólico-imaginaria o por el imperativo de goce del mercado y de la cultura; resta todo el tiempo.

El amor, el síntoma, la diversidad sexual

Con estas diferencias vamos a situar cómo desde el psicoanálisis, y ya desde “El malestar en la cultura”, texto de Freud de 1930, podemos responder de la mejor manera a estas cuestiones. “El malestar en la cultura” es un texto central del legado freudiano, publicado en la época del ascenso del nazismo. Recordemos que en la misma área geográfico-cultural, en la llamada mitteleuropa, surgieron las tres respuestas al malestar en la cultura del siglo XX: el nazismo, el marxismo y el psicoanálisis. En el mismo ámbito y en la misma lengua, alemán, lo cual es muy interesante.

Haré una lectura de “El malestar en la cultura” que no es la habitual pero que es muy interesante para nuestro tema. Este texto tiene un núcleo central fundamental: Freud dice que no hay satisfacción plena de la pulsión, por obstáculo interno. ¿Qué quiere decir? Que no hay satisfacción plena de la pulsión, no por prohibición sino por obstáculo interno de la lógica misma de la pulsión; no es que esté prohibido por el Edipo. Este es el nombre freudiano de “no hay relación sexual”.

Postulado esto, todo lo que Freud construye en el texto es un entretejido como respuesta a esa idea central, a ese imposible. Incluido el superyó. Que no haya satisfacción plena de la pulsión por obstáculo interno, es la fuente del malestar. El malestar en la cultura es eso: que hay un imposible. A partir de allí surge cómo cada cultura, cada momento histórico, se enfrenta con este imposible y cómo responde a ello el sujeto. Pero queda claro que el malestar es a-histórico.

Freud dirá que en tanto el malestar es estructural, el programa del principio de placer es imposible de realizar. Cada uno podrá obtener una porción de placer modesta y cada tanto. Incluso sostiene que la resolución sintomática permite encontrar la dicha particular de cada uno. El modo en que lo trabaja alude a lo que entendemos como la dimensión del síntoma al final del análisis, que es la nueva alianza con el goce, el cambio de posición del sujeto con respecto al goce: dejar de padecerlo y pasar a tener con eso otro lazo. O como el mismo Freud sostiene en “Análisis terminable e interminable”, el psicoanálisis aporta la resolución de la angustia y el dejar de padecer de los síntomas. No dice eliminarlos, sino dejar de padecerlos.

Como no hay satisfacción plena, y esto es fuente de malestar permanente. Los seres humanos tienen tres construcciones auxiliares: una, la más eficaz de todas según Freud, son las adicciones –el alcoholismo, la toxicomanía–, porque tienen la particularidad de afectar con su quimismo el cuerpo. Podríamos decir que es lo que más se acercaría a la pretensión psicopolítica de Han: cómo el imperativo categórico de goce de nuestra actualidad, vía las adicciones, puede producir una operación en el quimismo del cuerpo. Hay otras construcciones auxiliares, según Freud.

Freud sostiene que el imperativo superyoico de la cultura de la época entra en contradicción con las mujeres –léase: con la posición femenina–. Hago referencia al capítulo IV –“Cualidades psíquicas”–, de “Esquema del psicoanálisis”, en el que menciona que las mujeres les recuerdan a los hombres –entiéndase: como posición masculina–, de dónde surgió la cultura: del lazo amoroso con ellas y de la creación de la familia. De este modo les recuerdan el nudo deseo-goce-amor como un tratamiento respecto al imperativo de goce superyoico de la cultura. Esto es de una importancia fundamental.

La forma que Freud emplea para hablar del amor es ubicar al objeto en relación con el ideal. Esta es una fórmula, y no es la más precisa ya que, sostiene Freud, esta fórmula tiene que ver con los amores humillados y desdichados. Colocar al objeto en lugar del ideal implica que vira todo el tiempo al superyó, y en cualquier momento la mujer maravillosa pasa a ser lo peor.

Lo importante es que ese modo de amor hace masa, es congruente con la conformación de la masa: las identificaciones yoicas y el ubicar algo en el lugar del ideal, un S1 articulado al objeto a como insignia, permite el efecto masa. Pero Freud agrega, en el capítulo XII de “Psicología de las masas y análisis del yo”, que hay dos cosas solamente que no hacen masa en la realidad humana y que además son disgregativas de la masa: el síntoma neurótico es uno –y es una respuesta a Han y a las teorías de género–. Es absolutamente singular, no hace masa y es disgregativo de la masa. Esto quiere decir que puede haber un club de sadomasoquistas, pero el modo sintomático en que cada uno arma su lazo es disgregativo del resto del club de sadomasoquistas.

Lo segundo que tampoco hace masa y es disgregativo de la masa: el amor por una mujer. Dice Freud que el amor por una mujer tiene la misma estructura que el síntoma neurótico. Esta es otra concepción de lo que dije anteriormente: no es ubicar a una mujer en el lugar del ideal. En esta perspectiva, el amor a una mujer, en la misma trama que el síntoma, no hace masa y es disgregativo, o sea que es disgregativo del efecto del imperativo de masa. Este amor atraviesa todos los límites de nacionalidad, de religión y/o de cultura y que, según Freud, es el más grande logro cultural.

Esto resuena a la orientación ética del psicoanálisis, que Lacan formula y sostiene que es hétero respecto de amar a una mujer –independientemente del sexo biológico de aquel de quien parte el amor a una mujer–. La orientación del psicoanálisis tiene una ética hétero: poder amar a una mujer en cuanto posición femenina, no tiene nada que ver con las teorías de género, porque va más allá de dónde parte. Y ese es el más grande logro cultural porque atraviesa todas las limitaciones, tiene la misma estructura que el síntoma.

Sabemos ya con “R.S.I.” lo que Lacan define respecto a la mujer como síntoma. Se refiere a esa dimensión en la que adviene la mujer en tanto síntoma, en tanto se presenta como ese “qué quiere decir”. Tendrá que ver con la formulación de Freud, en articulación con el mismo seminario, cuando Lacan ubica al Padre como modelo de la función. El Padre modelo de la función es aquel que toma una mujer, la hace madre, y cuida a esos niños con cariño paternal. En “El malestar en la cultura” y en “Esquema del psicoanálisis”, Freud sostiene que se trata efectivamente de eso. Las mujeres –la posición femenina– atentan contra el imperativo superyoico de la cultura. La posición femenina lo agujerea.

Y la posición femenina no se alcanza con la cirugía. No se alcanza al ajustar la anatomía a lo que yoicamente se autopercibe como identidad.

Para el psicoanálisis, el yo no autopercibe nada. No hay identidad sino identificaciones, y las intrusiones médicas en la anatomía dan cuenta de la caída contemporánea del campo metafórico y del empuje a la literalidad del imperativo de goce del capitalismo actual.


 

Notas:
  1. Han, B.-C., La agonía del Eros (2012). Buenos Aires. Herder, 2014.
  2. Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal (1885). México. Porrúa, 1987.
  3. Freud, S., “El malestar en la cultura” (1930 [1929]). En Obras completas, v. XXI, Buenos Aires. Amorrortu. 1988.
  4. Ibid. capítulo IV.
  5. Freud, S., “Análisis terminable e interminable” (1937). Obras completas, v. XXIII, Buenos Aires. Amorrortu. 1980, p. 222.
  6. Freud, S., “Esquema del psicoanálisis” (1940 [1938]). Obras completas, v. XXIII. Buenos Aires. Amorrortu, 1980, pp. 155-162.
  7. Freud, S., “El malestar en la cultura”, op. cit., capítulo IV.
  8. Freud, S., “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921). Obras completas, v. XVIII. Buenos Aires. Amorrortu, 1984, pp. 127-136.
  9. Lacan, J., El seminario 22, R.S.I. (1974-1975). Inédito.
  10. Freud, S., “El malestar en la cultura”, op. cit.
  11. Freud, S., “Esquema del psicoanálisis”, op. cit.

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