Conseguir la victoria en la derrota

Conseguir la victoria en la derrota

Luis Darío Salamone. ´Sin titulo´. Fotografia.

Luis Darío Salamone. ´Sin titulo´. Fotografia.

Viviana Berger – NEL-AMP

El argumento de nuestro ENAPOL 2019 lanza una pregunta que me provocó. Dice: “El odio al goce del Otro es lo que Lacan refiere al kakón. ¿Es entonces el odio un modo de constituir al Otro, aunque más no sea mediante su exclusión?”1. El planteo hace pensar en la relación entre el odio y el Otro, un Otro al que se apelaría para constituirlo, completo y consistente; el otro polo, el amor, cuando no funciona en la perspectiva del odioamoramiento, implica coordenadas diferentes: más bien soportar, justamente, la inconsistencia del Otro –sería la versión del amor en los términos de un más allá de los límites del Otro.

Para el psicoanálisis, la relación del sujeto con el Otro es insoslayable, no hay posibilidad que exista un sujeto si no es en relación con el Otro (por eso la pregunta respecto de qué Otro tiene tal sujeto, deviene fundamental a la hora de escucharlo). Evidentemente, el Otro del siglo XXI no es el mismo que el del siglo pasado, por lo cual los sujetos tampoco lo son. Los Ideales han caído, ya no se trata de la protesta contra el Amo ante el cual rebelarse, desafiarlo, liberarse; hoy día comandan la ciencia, la tecnología y la globalización, que inciden sobre el sujeto constituyendo una nueva lógica de funcionamiento para el goce. “La hipermodernidad se caracteriza, en palabras de Lacan retomadas por J.-A. Miller, por el ascenso al cenit del objeto a. Corolario de la declinación del Nombre-del-Padre, el imperativo de goce aparece en la escena de la civilización con su rostro feroz y obsceno. Por lo tanto, esta tríada surge de la fuente misma de la cual emana tal imperativo”2.

Seguiré el cuestionamiento sobre si el crecimiento de las violencias en el mundo no obedecerá, acaso, a la tentativa de restituir al Otro –quizás como un dato de resistencia del sujeto al empuje a su objetalización. Si lo pensamos como síntomas sociales, habría que probar si no se trata de un modo del sujeto (fallido, ¡por supuesto!) de buscar alguna identificación ante la condición de mero deshecho en la que ha advenido su existencia, si a partir de allí no se trataría de una iniciativa para rescatarse e inventarse algún enlace sintomático con el Otro que no existe. La paradoja es que, capturado en la propia tragedia de su origen, se termina autocumpliendo la identificación con el objeto segregado (de la que el sujeto aspiraría a separarse sin conseguirlo).

La incidencia de la pulsión de muerte está presente en toda civilización. Me remitiré a unos cuantos siglos atrás, a la historia del pueblo numantino que cayó frente al poderío romano (habrá que ver si podemos hablar de “caída” en su sentido estricto, porque finalmente es una caída de la cual hicieron un elevamiento). Podemos pensar cómo, no sin coraje, el acto del pueblo produce una torsión a partir de lo mismo de lo que ellos mismos están hechos, que reconfigura la determinación trágica de su destino –transformándolos en victoriosos, aun en la muerte, cuando les hubiese correspondido la derrota.

Numancia era una ciudad celtibérica que se destacó por haber resistido durante 20 años el avance invasor de las huestes romanas. Tan increíble les resultaba a los romanos que un pueblo así de vulgar e insignificante burlara su poderío, que finalmente el Senado decide encomendarle la misión a uno de sus mejores generales, Escipión –quien, muy estratégicamente, manda construir un cerco con el afán de someter a la ciudad por hambruna y presión moral. No obstante, el pueblo resiste valientemente hasta su límite, en el que ya extenuados y agotadas las instancias de la palabra, los numantinos desesperanzados deberán asumir su final. Ante el inminente futuro que les esperaba en manos de los conquistadores, indigno y de ultraje, serán las mujeres, curiosamente, quienes convencerán al pueblo de morir antes que entregarse –sólo queda atravesar el límite y salvaguardar la dignidad.

Así, haciendo frente al horror y con lo más íntimo que los constituye –la capacidad de resistencia, el amor por la libertad y su dignidad–, destruyen todos los bienes materiales de la ciudad, consumen la carne de los pocos prisioneros, y se dan muerte unos a otros en una dolorosa matanza colectiva. Al ingresar a la ciudad, Escipión, azorado, descubrirá un escenario dantesco, una ciudad de muertos, en llamas, cubierta de sangre y pestilente; y no encontrará botín alguno que exhibir en su glorioso desfile romano; sólo los restos de la masacre. Inclusive, cuenta la historia que Escipión debió pagar con sus propios recursos los 7 denarios que correspondían a cada soldado romano.

Conseguir la victoria en la derrota –la fórmula usa significantes del discurso bélico. Sabemos que para el psicoanálisis no se trata de guerras, victorias o derrotas; sin embargo, es este el vocabulario que adviene en las versiones más crudas de la manifestación de la pulsión de muerte. Freud mismo hablaba de conflicto, tensión, triunfo del yo sobre el superyó, la inatacabilidad del yo, el yo liberado y vasallo, etc. –un vocabulario de batalla, pero en el contexto del orden paterno bajo el ordenamiento de la lógica del falo. La versión de la pulsión de muerte desde el fuera del sentido, en la perspectiva de un goce Otro, nos lleva a los cuerpos, al anudamiento entre la lengua y el cuerpo, a los afectos y las pasiones que hacen palpitar al sujeto.

¿Qué fuerzas extrañas habitan en el hombre que lo hacen funcionar en detrimento de su bienestar? ¿Qué hay en esa división que le es constitutiva que lo lleva, más allá de la desdicha, a la destrucción? El psicoanálisis le otorga un valor constitutivo, efecto intrínseco del propio mecanismo humano de funcionamiento, una dialéctica de un “contra sí mismo” que añade un plus de sufrimiento a la existencia más allá de los infortunios de la vida. La fatalidad del mecanismo reside en el punto en el que el sujeto resulta así instrumento de su misma mortificación, en una relación de yugo al imperativo que lo orienta en contra de sus intereses vitales, y hallando una satisfacción inconsciente en su mal (tengamos presente que Freud ubicaba el masoquismo como un estatuto fundamental del sujeto).

En Lacan el superyó encontrará su lugar con el nombre de goce. “Nada obliga a nadie a gozar, salvo el superyó. El superyó es el imperativo del goce”3. ¡Goza! es el imperativo de la exigencia de goce, la faz cruel y despiadada del superyó, que comanda al sujeto a sufrir, en un empuje sin límite, incontrolable, fuera de su voluntad.

Ahora bien, si consideramos el odio, la cólera, la indignación, como efectos del quiebre del enlace entre el S1 y S2, que se imponen en el cuerpo comandando los actos de un sujeto –minusválido respecto de los recursos del significante– como síntomas de resistencia al embate de la objetalización, ¿qué posibilidad de salida de este circuito mortífero que le restituya al sujeto una condición de dignidad y validez? ¿Hay alguna chance de que la voluntad de goce sea interferida, produciendo un giro en su destino?

Miller habló de la salvación por los deshechos, el rescate vía el asentamiento de una singularidad que alcance alguna realización a través de algún enlace con el Otro, “la conquista, por parte del sujeto, de la dignidad de su síntoma” –dice el argumento. En el Seminario 11 Lacan señala que finalmente la seguridad del sujeto se sostiene “en su encuentro con la porquería que le sirve de soporte, el objeto a, cuya presencia, puede decirse legítimamente, es necesaria”4, la confrontación con algo de lo que podríamos llamar el “rostro del destino”, lo que no cambia, lo que se rechaza, el núcleo del goce, su verdad.

Para concluir, plantearía la pregunta que Lacan solía hacer en sus presentaciones de enfermos: ¿cómo ve usted el futuro? Ray Kurzwell, uno de los inventores, científicos y futurólogos estadounidenses más reconocidos, anuncia que la humanidad está en uno de los períodos de su historia más emocionantes, de máxima transformación. Predice que será una era en la cual la naturaleza del hombre se verá enriquecida por la tecnología, alcanzando niveles de inteligencia jamás concebidos, progreso material y longevidad, donde se desvanece la línea entre la humanidad y la tecnología, en la que el alma y el chip se funden. Kurzwell vaticina el matrimonio entre la sensibilidad humana y la inteligencia artificial que alterará en sus bases la forma de vivir para mejorar la calidad de vida.

Ahora bien, si consideramos todo esto a la luz de la pulsión de muerte (elidida en la cosmovisión del americano), no puedo evitar sentir un escalofrío que me recorre el cuerpo.


Notas:
1 Arenas, G., Carrijo da Cuhna, F., Zapata Machín, G., “Odio, cólera, indignación. Desafíos para el psicoanálisis”, argumento del IX ENAPOL, 2019. www.ix.enapol.org
2 Ibídem
3 Lacan, J., El seminario, libro 20, Aun (1972-1973). Buenos Aires, Paidós, 1987, p.11.
4 Lacan,J.  El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964). Buenos Aires, Paidós, 1992, p. 266.

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