El pathos del psicoanalista

El pathos del psicoanalista

Daniela Teggi. “Conjunto vacío” Fotografía. EOL- AMP

Daniela Teggi. “Conjunto vacío” Fotografía. EOL- AMP

Silvia Salman – EOL-AMP

“Se trata en el psicoanálisis de elevar la impotencia (la que da la razón del fantasma) a la imposibilidad lógica (la que encarna lo real)”.

Es una frase extraída de “…o peor”, reseña del seminario 1971-1972.1 La misma señala una orientación que está en el kern de la experiencia analítica y que puede ser un marco posible para tratar el tema de nuestro próximo ENAPOL y los desafíos para el psicoanálisis que nos propone.

Odio, cólera, indignación, tres respuestas de lo humano que expresan una cierta modulación del goce. Cada una de ellas entraña una intensidad, que sin embargo no se registra en términos de medida sino de existencia. En ellas, el afecto o la pasión toma al cuerpo por entero. Puede ser más intensa alguna, más silenciosa otra, o pasar casi desapercibida. En cualquier caso, ellas surgen en medio de un cierto estado de impotencia, en el que ningún significante alcanza para nombrar eso indecible que el Otro despierta.

La cita que sirve de apoyo al comentario forma parte de la reseña del Seminario 19 “…o peor”. En la primera clase,2 Lacan destaca el título elegido para ese año y pone de relieve los puntos -que nosotros llamamos suspensivos…- los tres puntos que sirven para señalar o dejar un lugar en suspenso, vacío. Así, el título subraya la importancia de ese lugar vacío, en tanto es un vacío que funciona.

Ya en la última clase, retoma los puntos suspensivos para concluir que con ellos se circunscribe ese imposible en el cual se concentra lo que en el discurso analítico se funda como real.3

Este arco de lectura nos permite captar un hilo de la enseñanza de Lacan en el que el vacío, que se refiere en primer lugar a la falta de significante, deviene más tarde un imposible. Al final de este seminario, podemos decir que Lacan obtiene, en el marco del discurso analítico, un real innombrable, impronunciable e indecible que se escribe sobre el fondo de la proposición No hay relación. No hay relación entre los sexos, tampoco hay relación entre los significantes y mucho menos entre el sujeto y el objeto, lo que no impide que a cada momento se la pretenda hacer existir con el síntoma, con el fantasma y con el discurso todo. Es parte de la condición humana.

Ahora bien, Lacan retoma de su seminario anterior la proposición completa: no hay relación sexual,4 y plantea que fuera de eso lo que se pueda decir solo puede ser peor.

¿Ante la fatalidad de tal inexistencia, odio, cólera e indignación son nombres posibles de ese …o peor?

Así es como se presentan los lazos cuando el goce del otro, que contraría al goce propio, se hace presente. Lacan lo llamó “inhumano”, para señalar su carácter de exclusión radical y de imposible de soportar. De este modo, es el propio goce el primero en ser segregado, apartado y desconocido, lo que encarnado en los otros deviene objeto de rechazo. Rechazo que puede tomar la forma de afectos apasionados.

¿Cómo trata el psicoanálisis esa cuota de pulsión de muerte que habita en cada uno? ¿Cómo trata el psicoanalista eso que es insoportable para él mismo?

En los años ’60 Lacan se lamentaba no haber podido sembrar las bases de lo que llamó en ese momento un campo lacaniano. Sin embargo, el despliegue de una poderosa economía del goce que desarrolló a lo largo de sus seminarios hizo emerger ese campo en toda su potencia.

Así, la configuración de un campo del goce es una pieza fundamental del movimiento que Miller nos enseñó a leer en Lacan como un movimiento de subversión del psicoanálisis. Ni progreso -aspiración del discurso científico-, ni revolución -provocación al discurso del amo-. Subvertir implica trastocar, dar vuelta, torcer la presencia de los discursos imperantes.

El discurso del amo, tan variable en su localización hoy día, mantiene intacta su exigencia de dominio sobre los diferentes goces. Uniformiza su diversidad -con técnicas cada vez más sofisticadas de evaluación y cuantificación- y hace visible la intolerancia a todo aquello que se desvíe del conjunto. El discurso analítico, en cambio, se encuentra en el punto opuesto a toda voluntad -al menos manifiesta- de dominio.5 La posición de objeto causa de deseo en el lugar de la dominancia impide y objeta que el analista se deslice hacia un discurso de dominación.

La indicación de Lacan de sostener un discurso lo más cerca posible de lo que se relaciona con el goce, nos pone a distancia de la estafa psicoanalítica. Un discurso al que caracteriza como menos tonto, como el de Freud y el de Marx,6 porque no desconoce -aunque sea incómodo- que una y otra vez nos tropezamos con eso que no funciona, con eso que no hay. Efectivamente, no es cómodo situarse en ese punto de tropiezo y hacerle lugar sin corregirlo, obturarlo o tirárselo por la cabeza al Otro,7 haciéndolo causa de mi traspié.

Entonces, no desconocer la causa del propio horror, no ignorar aquello que es insoportable para sí mismo es uno de los modos en que el psicoanalista podrá hacerse guardián en acto de lo imposible y de su real.8 Y ello a partir de su propia experiencia analítica, de lo analizado en él.

Tal como lo dice Lacan en la reseña que tomamos como apoyo, un psicoanálisis permite elevar la impotencia a la imposibilidad lógica. ¿Cuál es la vía? La contingencia del encuentro con un analista. Dicho encuentro pone de relieve el alcance de la experiencia de la palabra capaz de deshacer el nudo del sujeto con el sentido, ya que se trata de que el análisis llegue a deshacer por la palabra lo que está hecho por la palabra.9

De este modo, el trabajo realizado sobre cada una de las identificaciones sostenidas en los significantes amo del sujeto deja como saldo una caída o al menos un aflojamiento de las mismas. El efecto fundamental de este recorrido analítico recae sobre la existencia de ese Otro al que se creía causa del padecimiento y que daba la razón del fantasma. Así, el goce cambia de signo. Lo que se creía goce del Otro, encarnado en las figuras de la novela familiar y extra-familiar, se asume como goce del cuerpo propio que encarna su real.

Un psicoanalista advertido de su pathos, que son sus pasiones y sus afectos, podrá calcular cada vez su posición. Respecto de la transferencia -en los análisis que conduce-; respecto de la Escuela -en su modo de hacer existir la experiencia-; y respecto de su acción -en su modo de encarnar el discurso analítico en el mundo.


Notas:
1 Lacan, J., …o peor. Otros escritos, Bs.As. Paidós, 2012, p. 577.
2 Lacan, J., El Seminario, Libro 19,…o peor. Buenos Aires. Paidós, 2012, p. 11.
3 Lacan, J. Ibid, p. 217.
4 Lacan, J., Ibid, p. 12.
5 Lacan, J., El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires Paidós, Buenos Aires, p. 73.
6 Lacan, J., Ibid, p. 75.
7 Tarrab, M., “Un racismo y el otro”. Revista Lacaniana de Psicoanálisis, Publicación de la Escuela de la Orientación Lacaniana, Buenos Aires. Grama, Año XI, N° 21, Octubre de 2016, p. 112.
8 Blanchet, R., “Estar en el campo político como analista”. Lacan Quotidien 736, 14/7/2017
9 Lacan, J., …o peor, op. cit., p. 577.

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