Parla! El psicoanálisis y el silencio de las estatuas

Parla! El psicoanálisis y el silencio de las estatuas

Gabriela Melluso. "Espejismo". Fotografia. Psicoanalista. Maestria ICdeBA Unsam

Gabriela Melluso. «Espejismo». Fotografia. Psicoanalista. Maestria ICdeBA Unsam

Henri Kaufmanner – EBP-AMP

Al hablarnos de los afectos, Miller1, al principio, se pregunta si podríamos considerarlos en sí mismos un índice de que en ellos habría algo que toca la verdad. Refiriéndose a Lacan, en “Televisión”, resalta que para el psicoanálisis es preciso verificar lo que sería de hecho el afecto, eso que -no hay como no reconocer- toca el cuerpo de manera diferente a un acontecimiento psicosomático, por ejemplo. Los afectos articulan alma y cuerpo, responden a las variaciones entre el yo y el mundo. Para Miller, cualquier registro de las emociones responde a esas variaciones y no a otra cosa. Básicamente, la emoción sería una significación no universalizable, que reproduce ese dualismo.

En el intento de retomar la armonía entre el yo y el mundo, los afectos trascienden las lenguas, van más allá de los significantes, buscan adecuar al sujeto a las cosas y ser la respuesta justa a las modificaciones del ambiente que lo interpelan.

Lacan, recuerda Miller, disloca las cuestiones del afecto del campo de la emoción hacia el campo de las pasiones.

Como acontecimiento translingüístico, no es difícil constatar que todo el mundo comprende los afectos. Ellos conllevan una coalescencia entre el significante y el significado, funcionando, en última instancia, como signos. Sería, sin embargo, insuficiente decir que el afecto es la voz del cuerpo hablante, pues en la experiencia analítica es preciso ir más allá de eso que puede ser nombrado como el animal en el hombre; es necesario encontrar en qué el afecto es efecto de verdad. Es necesaria, por lo tanto, la torsión producida por Lacan de la dimensión antropológica y psicofisiológica hacia la dimensión ética. Cabría entonces a los psicoanalistas tomar en consideración lo que del inconsciente prevalece en el afecto. Para Lacan, se trata de pensar los afectos como efecto del significante, tocando, por lo tanto, la relación del sujeto con el Otro, lo que nos lleva consecuentemente a poner en escena, el goce que está en juego en esa relación. De este modo, ese pasaje de los afectos a las pasiones del alma determina un campo para el psicoanálisis, una dimensión ética bien distinta de la antropología. Es del cuerpo de lo que se trata en los afectos; sin embargo, a diferencia de una lectura que toma en consideración su acontecimiento como algo del animal en el hombre, o aun como una categoría que se encuadraría en una psicología general, “se trata de los efectos del lenguaje sobre el cuerpo… de la otrificación del cuerpo”2. En cuanto al psicoanálisis, al poner en juego la pasión, en la medida en que mantiene la relación con el objeto, estamos interesados en las resonancias de goce generadas a partir del significante, o sea, de las relaciones del sujeto y el objeto a.

Tal posición ética la podemos encontrar ya en Freud y desde la invención del psicoanálisis. Veamos su esfuerzo en hacer una lectura de los afectos que estarían presentes de alguna manera, curiosamente, en una escultura: en el Moisés de Michelangelo. Freud se aproxima a la escultura como si esta fuese un cuerpo, no desconociendo su estatuto de objeto que, de alguna forma, trasmite algo del deseo de su autor, Michelangelo3. Así como Michelangelo, Freud convoca a la escultura de Moisés a hablar. A cada instante, su investigación interroga la verdad de aquella obra. Podemos seguir cómo se ocupa de los pequeños detalles, poco exuberantes, que se constituyen en una mostración de la práctica del psicoanálisis y de su estatuto ético.

Freud no concuerda con la posición sostenida por los investigadores que se dedicaron a un arduo trabajo de desciframiento de la escultura, que presenta, para él, un cierto caos y principalmente incongruencias. Esos autores, a pesar de su diversidad, concuerdan en que Moisés estaría listo para levantarse y partir. Para aquellos que se insertan en alguna matriz religiosa, tal perspectiva revelaría que la estatua expone el momento en que Moisés, retornando del Monte Sinaí cargando las tablas de la ley, encuentra a su pueblo festejando la adoración del Becerro de Oro. Aun los autores que no se encuadrarían en este matiz religioso concuerdan con la idea de que Moisés estaría pronto a actuar. Es exactamente en este punto que Freud localiza su discordancia, lo que le hace insistir en la presencia de una incongruencia. Nos relata que fue diversas veces a la iglesia de San Pietro in Vincoli. Cada vez constataba que a pesar de la ira y del desprecio, Moisés permanecería sentado allí para siempre. Es esa incongruencia la que Freud se propone develar.

Y realmente recuerdo yo mi decepción cuando en anteriores visitas a la iglesia de San Pietro in Vincoli me senté ante la estatua esperando ver cómo se alzaba violenta, arrojaba las tablas al suelo y descargaba su cólera. Nada de ello ocurrió; por el contrario la piedra se hizo cada vez más inmóvil; una calma sagrada, casi agobiante, emanó de ella, y sentí necesariamente que allí estaba representado algo que podría permanecer inmutable, que aquel Moisés permanecería allí eternamente sentado y encolerizado.4

Ese es el punto principal que ordena la elaboración sobre la obra de Michelangelo. Habría una disociación fundamental entre ese ardor interior que se revela en contraposición a la calma exterior que se mantiene. Es a partir de esa contradicción que la investigación freudiana avanza, ocupándose de los pequeños detalles. “También el psicoanálisis acostumbra deducir rasgos poco estimados o inobservados, del residuo- el refuse de la observación -, cosas secretas o encubiertas”5.

Es bello e instructivo acompañar la agudeza del ejercicio, atento a cada pequeño detalle: la posición del cuerpo, para qué lado de dobla la cabeza, el pie izquierdo, el pie derecho, las manos, los dedos y uñas, la barba y sus rulos, el rostro tenso, la mirada, las tablas de los mandamientos y la fundamental percepción de que estas, en la escultura, están cabeza abajo. Cada pequeño elemento funciona como un signo, algo que afecta el cuerpo e intriga a Freud en su búsqueda de la verdad de la obra. Para él no se trataba de una simple escultura, sino de un acontecimiento de cuerpo. Un cuerpo y sus afectos, dividido por la experiencia de la pasión que incidía sobre él.

Finalmente concluye que la interpretación de aquellos que creían que la escultura representaba a Moisés molesto por la visión de su pueblo, desviado del estado de gracia, debe ser descartada.

La escultura de Moisés compondría, con otras, una parte de la tumba del papa Julio II. Sería contradictorio esculpir para una tumba tal intensidad de acción. Freud sostiene, entonces, que tendríamos frente a nosotros, en la escultura de Michelangelo, los restos de un movimiento ya efectuado.

Poseído por la cólera, quiso alzarse y tomar venganza, olvidando las tablas; quebrándolas contra la piedra, pues precisamente a causa de ellas ha dominado su ira, refrenando para salvarlas su apasionado impulso. Cuando en un primer momento se abandonó a su violenta indignación hubo de abandonar su custodia soltando de ella la mano con que las sujetaba. Entonces las tablas empezaron a resbalar y corrieron peligro de quebrarse contra el suelo. Esto le sirvió de advertencia. Pensó en su misión, y renunció por ella a la satisfacción de su deseo.6

Para Freud, ese Moisés no es un Moisés de la Biblia, pues en ésta él habría quebrado las tablas. Este es un Moisés de Michelangelo, que lo retrató como un guardián de la tumba. La modificación principal producida por Michelangelo en Moisés, dice Freud, fue su carácter. Michelangelo construyó un Moisés diferente de aquel de la tradición, que era dueño de un temperamento impetuoso y afecto a crisis de pasión. Entre otras modificaciones, Michelangelo preservó las tablas de su destrucción. Creó un Moisés más humano, de manera que:

(…)la enorme masa corporal y la prodigiosa musculatura de la estatua son tan solo un medio somático de expresión del más alto rendimiento psíquico posible a un hombre, del vencimiento de las propias pasiones en beneficio de una misión a la que se ha consagrado.7

Una breve aproximación nos permite vislumbrar cómo la lectura que Freud realiza sobre la escultura de Michelangelo revela el momento en que él se encontraba, así como los puntos centrales que sostenían la invención del psicoanálisis. Freud reconoce en la obra del escultor florentino la función del amor al padre y al ideal, sostenes simbólicos de la dimensión de la causa8. Se pregunta también sobre las razones de Michangelo al esculpir un Moisés tanto más humanizado y, por qué no decir, amoroso.

Vivimos en un mundo en que los objetos de consumo se precipitan sobre los cuerpos, en la pasión capitalista por la plus-valia, estandarizando o suturando la alteridad del cuerpo. La voz del amo contemporáneo vocifera sus imperativos on-line, en redes sociales, produciendo estatuas en serie. Las tablas de la ley ya se quebraron, sus palabras no resistieron la acción corrosiva de las letras de la ciencia, y los fundamentalistas buscan, por medio del odio y de la imposición, un collage imaginario de sus fragmentos. Odio, cólera e indignación son afectos, pasiones que tocan los cuerpos en un mundo en que la división –como la expresada de manera elocuente por el Moisés de Freud –y su devoción a la causa son silenciadas por las ofertas de goce contemporáneas. Estos son los desafíos que se le presentan al psicoanálisis: operar en la agudeza de los signos lanzados al mundo por los cuerpos hablantes para hacer hablar la verdad singular, el modo como el goce de cada uno resuena frente a este mundo que universaliza y silencia la experiencia.

Traducción: Marita Salgado

Notas:
1 Miller, J-A., Les affects dans l’experiénce analytique. La Cause du désir n. 93, Paris, 2016/2, pp. 98-111.
2 Ibid., p. 109.
3 Freud, S., “El Moisés y la religión monoteísta”. Obras Completas, T. II, Madrid, Biblioteca Nueva, 1973, p. 1876.
4 Ibid, p. 1882.
5 Ibid, p. 1883.
6 Ibid, p. 1887.
7 Ibid, p. 1889./h6>
Vale recordar que, como su último trabajo, Freud escribió Moisés y el monoteísmo, en que una lectura idealizada y trascendental del padre se muestra bien más vaciada.

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