Un esfuerzo más para la indignación

Un esfuerzo más para la indignación

Alejandro Bilbao. “Niño en Zugwan attaqué”. Acrílico sobre tela. 50x 70. 2016

Alejandro Bilbao. “Niño en Zugwan attaqué”. Acrílico sobre tela. 50x 70. 2016

Ana Cecilia González – EOL-AMP

“En el hombre “liberado” de la sociedad moderna, vemos que este desgarramiento revela hasta el fondo del ser su formidable cuarteadura. Es la neurosis de autocastigo, con los síntomas histérico-hipocondríacos de sus inhibiciones funcionales, con las formas psicasténicas de sus desrealizaciones del prójimo y del mundo, con sus secuencias sociales de fracaso y de crimen. Es a esta víctima conmovedora, evadida por lo demás irresponsable en ruptura con la sentencia que condena al hombre moderno a la más formidable galera social, a la que recogemos cuando viene a nosotros, es a ese ser de no-nada a quien nuestra tarea cotidiana consiste en abrir de nuevo la vía de su sentido en una fraternidad discreta por cuyo rasero somos siempre demasiado desiguales.”

J. LACAN, “La agresividad en psicoanálisis”.1

Sociedad del espectáculo, del simulacro, de la transparencia, de la vigilancia, el ojo absoluto … Autores y títulos se suceden procurando captar las declinaciones contemporáneas de la mirada, vertiente privilegiada del objeto a en el cénit de la civilización.

Odiar es asunto de mirada. De ello da cuenta la antigua y ominosa superstición del “mal de ojo”, que no se le escapó a Freud. Pero haría falta acuñar un nuevo sintagma para designar su relación con el odio y la indiferencia en tiempos de los “discursos y goces malos”2, que hoy se muestran en franco ascenso a escala planetaria.

La cuestión pasa, justamente, por lo que se muestra y, ante todo, por las pasiones que la mostración puede o no suscitar.

Bajo el régimen del Otro y de la “forma cuadro”,3 la imagen era eso que se daba a ver para domeñar la mirada, como enseñó Lacan. En la época del Otro que no existe, en la que predomina la “forma serie” – según G. Wajcman–, vivimos sumergidos en una sucesión continua e ilimitada de imágenes heteróclitas que se ofrecen para ser gozadas. Un perpetuo acting-out pretende exhibir cada rincón de la experiencia humana, empujando a un Todo-visible, tan desolador como fatuo. ¿Estas imágenes doman la mirada? ¿Qué efectos y afectos provocan?

Las efemérides me recuerdan dos episodios que se prestan para esbozar alguna respuesta.

Una renovada iconoclasia

El 8 de enero de 2015 una imagen dio la vuelta al mundo, replicándose de modo viral, según una expresión acorde con la vocación biopolítica de la época. Un pequeño niño sirio yace muerto en una playa de Turquía.  Uno de los tantos que perecen en el Mediterráneo intentando llegar a Europa, huyendo de su país, arrasado por la guerra. Luego supimos que se llamaba Aylán. Luego también supimos, o al menos así se dijo en las redes sociales, que la pose en la que yacía había sido montada para la foto.

Si la imagen todo lo irrealiza, en tiempos de post-verdad ella misma se vuelve desecho, degradada a fake-new. Incluso cuando se trata del cuerpo de un niño, la voracidad obscena no encuentra punto de basta. En un revés sutil pero certero, odiamos las imágenes. Odiamos su asedio incesante, su siempre sospechosa veracidad, su denodada insistencia. Muy especialmente odiamos las que nos devuelven el horror de un real.

Y ese odio, trastocado en indiferencia, no deja lugar a la indignación. A lo sumo una indignación de redes sociales, tan cotidiana y sin consecuencias que acaso resulta útil como técnica de gobierno.

Así las cosas, la foto no sirvió para nada, como declaraba con amargura el padre de Aylán tiempo después, parafraseando sin saberlo una de las definiciones del goce. La situación, incluso, ha ido a peor, y como plantea M. Bassols, “tal vez lo que hoy define mejor a Europa es precisamente la indiferencia, la indiferencia por lo que ocurre dentro y en el borde de sus fronteras”.4

A un click de la banalización

El 27 de enero se cumplieron 74 años de la liberación del mayor campo de exterminio nazi, Auschwitz- Birkenau.

Quien visite el Memorial y Museo en las afueras de Cracovia, quizás pueda ver, como me sucedió hace unos años, que hay quienes se toman selfies bajo el infame “Arbeit macht frei”. Incluso más perturbador, mientras recorría el sitio, experimenté una sensación cercana al déjà vu, con un matiz particular: tuve la nítida sensación de estar en una película, una película que ya había visto.

La primera parte de la anécdota evoca la tesis de Hanna Arendt5, según la cual un sujeto cualquiera, sin cualidades particularmente monstruosas, dadas determinadas condiciones, puede llevar a cabo el crimen más atroz. Por supuesto, una selfie no es un crimen, pero el sujeto cualquiera que produce y comparte esa imagen banaliza con un solo click lo inefable del exterminio, encarnando con ominosa indiferencia la muerte del pudor.

La segunda parte muestra que la irrealización de las imágenes presta sus servicios a la defensa. Evidentemente, la sensación de estar en una película es una forma de enajenación de un fragmento de la realidad, al decir de Freud.6 “¡La culpa es de Spielberg!”, recuerdo haber exclamado, responsabilizando a La lista de Schindler7 por lo que interpreté como una banalización que me angustiaba reconocer en mí misma.

Un esfuerzo más para la indignación

Si la mirada se desliza por un loop de imágenes, entre el odio y la indiferencia, ¿cuál es el resorte de la indignación?

¡Indignáos! fue un libro de Stéphane Hessel que la convirtió en asunto de política, dando nombre a “los indignados” del 15M y Occupy Wall Street. La forma imperativa escogida por un ex combatiente de la resistencia francesa y sobreviviente de los campos de concentración denota que haría falta un esfuerzo más para la indignación. Pero también deja escuchar su raigambre superyoica, y, por ende, cierto goce adherido a este afecto, cuando no es más que la queja del alma bella o el narcisismo de las pequeñas (o no tanto) diferencias.

Con Lacan, la indignación “es el afecto que nos embarga cuando nuestra singularidad es cuestionada, desconocida o rechazada”.8 Hace falta, entonces, una torsión ética que haga lugar a la dignidad en clave singular, por fuera de la lógica segregativa.

Llevada a la escena política y social, un gesto de esta índole es el del discurso feminista, del cual podemos esperar, según É. Laurent, “un efecto des-segregativo y sobre el principio de hospitalidad”.9 Así, la torsión introducida por la consigna “Ni una menos”, no sólo deja de lado las imágenes, sino que las denuncia como herramienta de acoso y violencia. No se trata, pues, de imaginarizar a la víctima, sino de dignificar cada cuerpo hablante, una por una.

Claro que ello no impide que haya quienes se “indignen” por las pintadas de las manifestantes, localizando allí el objeto anamórfico que condensa el goce Otro, cual mancha en las paredes supuestamente impolutas.

Toda la diferencia radica en el tratamiento que se da al propio goce, ese al que, como sostiene Laurent, no logramos dar hospitalidad. Entonces, entre la brutalidad del rechazo y la dignidad del síntoma, se dirime una ética. El psicoanálisis comparte con el feminismo este lado de la apuesta.


 

Notas:
1 Lacan, J., “La agresividad en psicoanálisis” (1948) Escritos 1. Buenos Aires Siglo XXI Editores 2009
2 Laurent, É., “Discursos y goces malos”, Lacan Quotidien, enero de 2019.
3 Wajcman, G., Les séries, le monde, la crise, les femmes, Paris, Verdier, 2018.
4 Bassols, M., “Contra una Europa indiferente”, web del Foro Europeo de Psicoanálisis “Amo y odio por Europa”. Disponible en: http://www.forumeuropeomilano.org/contra-una-europa-indiferente/
5 Arendt, H.: Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Barcelona, Lumen, 1999.
6 Freud, S.: “Carta a Romain Rolland (una perturbación del recuerdo en la Acrópolis)” (1936), Obras Completas, vol. XXII.  Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
7 La oposición entre esta película y Shoah, de Claude Lanzmann, es un tópico recurrente en los debates sobre qué y cómo puede o debe representarse el genocidio perpetrado por los nazis. Y el debate por lo que es legítimo o no representar, y por los medios adecuados para hacerlo, son preguntas milenarias, con profundas raíces religiosas y filosóficas.
8 Arenas, G., Carrijo da Cuhna, F., Zapata Machín, G.: “Odio cólera indignación. Desafíos para el psicoanálisis”, argumento del IX ENAPOL, 2019.
9 Laurent, É., op. cit.

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