Un racismo y el otro

Un racismo y el otro

Eduardo Médici. “Sin tìtulo¨. Acrílico sobre papel. 1990

Eduardo Médici. “Sin tìtulo¨. Acrílico sobre papel. 1990

Mauricio Tarrab – EOL-AMP

No es sin cierta inquietud que abordo este tema, a través de un párrafo de Jacques Lacan, del Seminario 18, para trabajar un tema inquietante: “El racismo que me habita” *

Los resortes que llevan a interrogar el fenómeno del racismo me exceden, como exceden al psicoanálisis mismo. Aunque creo que el psicoanálisis puede, y por lo tanto debe, fijar su posición al respecto. No digo la mía ni solo la de cada psicoanalista, ya que eso corre por  cuenta de cada uno, sino que, frente al racismo el psicoanálisis debe fijar su posición por ser parte de esta cultura que lo produjo, lo padeció y lo padecerá, en escala cotidiana o de masas, sutil o brutal.

El párrafo

“En todo discurso que apela al Tú, algo incita a una identificación camuflada, secreta, que no es más que esa con este objeto enigmático que puede no ser nada en absoluto, el pequeñito plus-de-gozar de Hitler, que quizá se limitaba a su bigote. La cosa bastó para amalgamar a personas que no tenían nada de místico […] Se trataba de saber si en cierto nivel uno tendría aún su pedacito, lo que bastó para provocar este efecto de identificación.

Curiosamente, cobró la forma de una idealización de la raza, a saber, de la cosa menos concernida en esa ocasión. Se puede hallar de dónde proviene este carácter de ficción. Pero, simplemente, hay que decir que no existe ninguna necesidad de esta ideología para que se constituya un racismo, basta un plus-de-gozar que se reconozca como tal”.1

De este largo párrafo desprendo solo algunas precisiones. Con su estilo de síntesis brutal, J. Lacan trata allí el racismo nazi, 25 años después de Auschtzwitz. Y lo hace con una frialdad e ironía que deja estupefacto. En esa síntesis también trata la locura identificatoria, o para decirlo mejor, a qué extremo de locura colectiva puede llegarse con la identificación.

Pero la novedad impactante del párrafo es cuál es el punto de identificación en juego, que lleva a esa amalgama y que deriva, según J. Lacan, “curiosamente”, en la idealización de la raza. Aquí J. Lacan realiza una modificación trascendente del esquema freudiano de “Psicología de las masas…”. Sitúa ese esquema en su contexto histórico: “resultó estar singularmente en el principio del fenómeno nazi”. Lo elogia en cuanto dice que permite situar las relaciones entre I mayúscula y a minúscula, y finalmente llega hasta decir que está hecho para que se inscriban allí los signos lacanianos. Y eso es lo que hace en este párrafo que comento, al reemplazar el Ideal por el plus-de-gozar como punto de identificación al que se refiere la amalgama de la masa: “una identificación camuflada, secreta, que no es más que esa con este objeto enigmático que puede no ser nada en absoluto, el [objeto] plus-de-gozar”. Una identificación “camuflada”, que otorga una identidad común –lo que de por sí o es un oxímoron o es un imposible– y que hay que entender también como una pretendida homogenización de los modos de gozar como saldo de esa identificación, lo que da el inmediato resultado de la segregación de otros modos de gozar fuera de ese incierto conjunto.

A continuación J. Lacan redobla su apuesta: “no existe ninguna necesidad de esta ideología [la idealización de la raza] para que se constituya un racismo, basta un plus-de-gozar que se reconozca como tal”.

Si bien sugiere que pueden encontrarse razones, posiblemente históricas, culturales, etc., J. Lacan ubica el lugar subalterno de la ideología, que queda del lado del semblante ficcional. La ideología viene a prestar justificación, en este caso el semblante de la raza del que el nazismo buscó desesperada y horrorosamente fundamentos materiales, a lo que está en juego. Dicho esto podemos pensar el racismo y “el racismo que me habita” a condición de entender que no se trata de una piel o de una identidad, sino de pulsión, de muerte.

Desplazando el Ideal por el plus-de-gozar, J. Lacan devela el secreto libidinal de la identificación colectiva. Es riguroso, ha hecho lo mismo cada vez que reubicó la función del Ideal, empezando por ejemplo con la transferencia analítica: “amo en ti más que tú”.

“En todo discurso que apela al Tú…”

Muy tempranamente, J. Lacan ya formulaba, pero como evidencia clínica, lo que luego retomará fugazmente en su tesis sobre la “extimidad” –de la que Jacques-Alain Miller ha extraído numerosas consecuencias sobre el lazo colectivo, y que sustenta una explicación lacaniana posible del racismo, desarrollada en especial en la clase del 27 de noviembre de 1985 de su curso Extimidad.

En el escrito “Acerca de la causalidad psíquica”, del año 1946, J. Lacan da ya una pista decisiva: “lo que el alienado –ya que se está refiriendo a la paranoia– trata de alcanzar en el objeto al que golpea no es otra cosa que el kakón de su propio ser”2. Ese kakón, reducto final de la pulsión de muerte, es el suyo, el horror de su propio goce malo.

Dos años después, y siguiendo la intuición kleiniana, señala que: “Al mostrarnos lo primordial de la “posición depresiva”, el extremo arcaísmo de la subjetivación del kakón, Melanie Klein hace retroceder los límites en que podemos ver jugar la función subjetiva de la identificación”3

Más adelante, en “La ética del Psicoanálisis”, la cuestión no es ya lo que se golpea en el otro como propio núcleo pulsional, sino que el Otro es Otro que está dentro de mí mismo, y que finalmente Das Ding subsiste como núcleo extraño e irreductible en el Otro. “…en el momento en que es pronunciado, enteramente en ese Tú, (…) reside lo que les presenté como Das Ding4

Otro paso será la inclusión del plus-de-gozar en el Otro, que se deduce de este movimiento que desemboca en el concepto, por decirlo así necesario, de extimidad y que en el Seminario 16 lo será al modo de una vacuola extraña e incluida en el Otro.

Sin embargo, volviendo al párrafo, constituida aquella amalgama identificatoria y ubicada la tesis de la extimidad en su génesis, la agresividad imaginaria no es suficiente para justificar el racismo. Eso tiene la consistencia de aquella vieja y actual pasión del ser: el odio. En este caso el odio que apunta a lo más real en el Otro. Movimiento que lleva al semejante a ser destituido de cualquier posición subjetiva que admitiera reconocimiento o reciprocidad, para finalmente quedar reducido al objeto abyecto, reducido a su modo particular de goce. La paradoja insoluble es que, como lo formula J.-A. Miller: si el Otro está en mí en posición de extimidad, la raíz del racismo es el odio al propio goce.

¿Qué hacer con eso?

¿Qué hacer con eso? Solo indico unas pocas referencias de las muchas que pueden encontrarse en la enseñanza de Lacan.

Aun aceptando que como señala Jean Paul Sartre “el infierno son los otros”, creo que puede decirse que J. Lacan tenía la idea de que el Psicoanálisis debía hacer algo con eso insoportable, ya no lo insoportable de los otros sino de uno mismo, lo insoportable que me habita. Circunscribir lo insoportable del propio horror, de un modo que no sea tirárselo por la cabeza al Otro haciéndolo objeto de mi odio, lo que es el germen del mecanismo del racismo y de las formas de segregaciones más variadas. Es más, es lo que J. Lacan le exige al psicoanalista en la “Nota italiana”5: circunscribir la causa de su horror, del suyo propio, el de él, separado del de todos, lo que debería llevarlo a saber ser un desecho. Para mencionarlo con el término que el mismo J. Lacan utiliza en la “Nota italiana”, se trata de hacer algo con eso “inhumano” que nunca podrá entrar en el lazo con los otros, lo que no es colectivizable de cada quien, en suma, lo que funda lo real de su síntoma, lo singular a subjetivar en el análisis.

Pero no hay que esperar a la “Nota italiana”. Ya en la expresión que mencionaba más arriba, del año 1948: “el extremo arcaísmo de la subjetivación de un kakón6, muestra ya esa posición de J. Lacan.

Más adelante, y para volver sobre La Ética del Psicoanálisis, cuando trata de ubicar la cuestión de Das Ding como reducto persistente de un goce mortífero, también señala un cierto camino, lleno de resonancias, figurado por un juego de palabras: “…se trata para nosotros de saber qué podemos hacer con ese dam (damnación) para transformarlo en dame (dama), en nuestra dama”7.

Y en el Seminario 16 retoma esta vía apelando al Ecliasistés para tratar lo incurable, al tomar “las palabras de un viejo rey que no encontraba contradicción entre ser el rey de la sabiduría y poseer un harem: sin duda todo es vanidad, goza de la mujer que amas. Es decir, haz anillo de ese hueco, de ese vacío que está en el centro de tu ser. No hay prójimo salvo ese hueco mismo que está en ti, el vacío de ti mismo”8. Con ese vacío, que es adonde el síntoma no ha dejado de inscribir su pathos y donde el sinthome adviene como nudo, siempre habrá que hacer algo para arreglárselas con lo incurable.

El racismo

En cuanto al racismo hecho acontecimiento social, no el que me habita, no se trata de “arreglárselas”. A ese racismo hay que oponerse, detenerlo, cada vez y donde resurja. Detenerlo. Siempre.


 

*Comentario publicado en Revista Lacaniana N°21 “EL racismo que me habita” invitado en la sección Leer a Lacan. Año XI, número 21, octubre 2016
Notas:
1. Lacan, J., El seminario, libro 18, De un discurso que no fuera del semblante. (1971) Buenos Aires, Paidós, 2006 pág. 29.
2. Lacan, J., “Acerca de la causalidad psíquica”. (1946) Escritos 1. Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina,  2009, p. 473.
3. Lacan, J., “La agresividad en Psicoanálisis”. (1948) Escritos 1. Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2009, p. 119.
4. Lacan, J., El Seminario, libro 7, La ética del Psicoanálisis. (1959-1960) Buenos Aires, Paidós, 2007, p. 72.
5. Lacan, J.: “Nota Italiana”. Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 327.
6. Ibid
7. Lacan, J., El Seminarios, libro 7, La ética del Psicoanálisis. (1959-1960) Op. cit. p.104.
8. Lacan, J., El Seminario, libro 16, De un Otro al otro. (1968-1968) Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 24.

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