Una pasión, algunos efectos

Una pasión, algunos efectos

Alejandra Koreck. ¨Sin titulo¨. Collage hecho a mano. EOL- AMP

Alejandra Koreck. ¨Sin titulo¨. Collage hecho a mano. EOL- AMP

Andrea V. Zelaya – EOL-AMP

La subjetividad de nuestra época se encuentra bajo el manto de un progreso universalizante de la ciencia, “estamos inmersos en él y se vuelve para nosotros cada vez más determinante, lo que significa causal”1. En este efecto de globalización, que Miller nombra “dispersión, desegregativo”2, vislumbramos la ilusoria liberación contemporánea, la que consuena con la mundialización del mercado y los intercambios de esos valores en el mundo. Sin embargo, la ciencia, en comunión con el mercado, empuja a la dispersión de lo que ella ignora, mientras se mantiene en las sombras lo inherente a la condición de inmigrante del sujeto en el Otro. Esa dispersión homogeneizante en la subjetividad se desordena cuando “lo real en el Otro se manifiesta como no semejante en absoluto. Hay entonces sublevación. Entonces surge el escándalo”3. Es entonces cuando padecemos la propagación de los efectos del racismo y del odio que conlleva.

En esta perspectiva, me serviré de una cita de Lacan de la “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, en la cual sitúa los campos de concentración como la “tercera facticidad real”:

[…] lo que vimos emerger, para nuestro horror, representa la reacción de precursores en relación con lo que se irá desarrollando como consecuencia del reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia y, especialmente, de la universalización que esta introduce en ellas. Nuestro porvenir de mercados comunes encontrará su contrapeso en la expansión cada vez más dura de los procesos de segregación.4

Hoy podemos verificar, como consecuencias del progreso de la ciencia profetizado por Lacan, la anulación y forclusión de la singularidad de los sujetos, que son sustituidos por un valor cuantificado. La apariencia ilimitada y homogénea de la ciencia tiene un límite: no es posible hacer pasar el modo de gozar de cada uno por la maquinaria científica que tritura lo más íntimo del sujeto.

Lo que pone de manifiesto la creciente universalización de los mercados comunes, es que esta concentra el goce de tal manera, que produce como efecto la dispersión de su concentración misma y absoluta, sembrando por todas partes el rechazo a lo diferente que el odio vuelve manifiesto. Allí donde no se soporta el goce del Otro, lo que está en juego es el propio goce del ser que se desplaza al otro, que lo habita en su interior como algo éxtimo. Lejos de separarse de aquello del propio goce que se atribuye al Otro, se le da cuerpo con la propia sustancia para luego destruirlo, lo que instaura el odio.

Byung-Chul Han, pensador contemporáneo, refiriéndose a la mitología griega localiza la violencia como lo necesario e indispensable del origen de la subjetividad. En lugar de una coerción externa, aparece una coerción interna que se ofrece como libertad en el sujeto, lo que es favorecido por el modo de producción capitalista. La “autoexplotación”5, aludida por Hardt y Negri en la obra mencionada, se convierte en el producto de una sociedad del rendimiento. Esta tendencia mortifica lo opaco de cada sujeto; no sólo hay intento de anular lo singular, sino que también la subjetividad queda determinada por lo igual6 frente a la transparencia de los datos informáticos. Vivimos expuestos a lo que Joan Fontcuberta definió como “la furia de las imágenes” en la era de la “googleización”.

En el régimen de la autoexplotación, uno dirige la agresión hacia sí mismo e incrementa el odio como acumulación. Hay impacto en los cuerpos.

En Psicopolítica7, Byung-Chul Han afirma que estamos determinados por una “dictadura de la transparencia”, dominados por esta era digital que crea la necesidad de la obediencia del uso indiscriminado de las redes. Nombra la época como el capitalismo de la emoción, que favorece y construye inestabilidad. La emoción se convierte en un medio de producción extralimitado en las cosas, donde el sujeto termina siendo un consumidor consumido. Un sujeto obediente que cristaliza su goce fijándolo en dicha distribución y dispersión.

Las formas hegemónicas del capitalismo, siendo la obediencia una de sus caras puede también ser pensada a partir del libro de Agustín Neifert, Arendt, Von Trotta y la “Banalidad del mal”8, cuya línea central destaca que esta acontece cuando los seres humanos se rehúsan al discernimiento y cuando los actos están determinados por la obediencia a un cumplimiento sin juicio propio, alienado a seguir lo que otros indican y a actuar como piezas sin pensamiento de una práctica monstruosa.

Hannah Arendt indaga, investiga, y fundamenta “la terrible, indecible, e impensable banalidad del mal”.

El funcionamiento de lo necesario del síntoma, en tanto lo que no cesa de escribirse, queda preso en la obediencia al Otro, devela la renuncia a pensar por sí mismo, lo que se convierte en un engranaje de una gran maquinaria donde los hombres pueden convertirse en superfluos. Como lo indica Hannah Arendt, pero también como el psicoanálisis nos enseña, dejar de pensar en cada acto y en sus consecuencias es tomar distancia de un juicio íntimo singular y eludir las responsabilidades.

Hace más de un mes, en una noche del pase, Elena Levy Yeyati, cuyas notas agradezco, nos recordó la citación que M. Bassols realiza en su conferencia “La imposible identificación del analista9” sobre lo que Miller reformula de la segunda máxima kantiana para extraer de allí sus consecuencias para el psicoanálisis: “pensar en el lugar de cada uno de los otros” es como una identificación, es como comprender al Otro. Introduce una ligera modificación para proponer, más bien, “poner a cada uno de los otros en su lugar de sujeto”, es decir, para hacer valer la “singularidad” para cada uno, la singularidad de su síntoma. Este punto es el que me interesa destacar, ya que el sujeto alienado a la obediencia de las condiciones de goce del Otro, identificado a esa posición incluso si lo ignora, abandona su juicio íntimo y permanece subsumido a lo necesario del síntoma. Gobernado por el fantasma, queda preso de la violencia.

Si no emerge nuestra voz, la de cada quien, si uno no se separa de lo necesario para poder hacer un uso del sinthoma abierto a la contingencia, el odio permanecerá en “el cénit social como un nuevo objeto que brilla con su oscura presencia que viene al lugar de la cosa freudiana, das Ding, innombrable y sin representación posible”10.

Un poema del dominicano Manuel Del Cabral11, abre un poco más de luz en nuestro camino:

No camines conmigo,
No camines,
¿Pero quién eres
que me odias tanto?
¿Quién?
No ves que soy tu voz.


 

Notas:
1 Miller, J.-A., “La teoría de la causalidad y el sentido”. Freudiana 83. Barcelona. RBA Libros S.A., 2018, p. 9.
2 Miller, J.-A., “Enemigos éxtimos”. Página 12, Psicología. 8 de abril de 2010.
3 Ibid.
4 Lacan, J.,  “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela” (1967). Otros escritos. Buenos Aires. Paidós, 2012, p. 276.
5 Han, B.-C., “Violencia de lo global” (2013) Topología de la violencia. Buenos Aires. Herder, 2017, p. 185.
6 Wechsler, D., “¿Por qué hacer exposiciones?” (2017).  Sublevaciones. Buenos Aires. EDUNTREF, 2017, p. 15.
7 Han, B.-C., “La crisis de la libertad” (2018)  Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Buenos Aires. Herder, 2018, p. 20.
8 Neifert, A., “Arendt y la banalidad del mal “. Arendt, Von Trotta y la “Banalidad del mal”. Buenos Aires. Ediciones Fabro, 2015, pp. 246-268.
9 Bassols, M., “La imposible identificación del analista” (2017). Una política para erizos y otras herejías psicoanalíticas. Buenos Aires. Grama ediciones, 2018, pp. 37-38.
10 Bassols, M., “La clínica del odio y la violencia” (2014). Psicoanálisis y el Hospital. Año 23 N°45. Buenos Aires. 2014, p. 157.
11Del Cabral, M., “No camines”. Los huéspedes secretos. Buenos Aires. Ediciones Carlos Lobilé, 1974, p. 95.

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