Antes de que no me despierte

Antes de que no me despierte

“Circulo - llamas” . Fotografía. Img. free.

“Circulo – llamas” . Fotografía. Img. free.

Frederico Zeymer Feu de Carvalho – EBP-AMP

 “La vida es una cosa completamente imposible que puede soñar con el despertar absoluto”. Este pensamiento, extraído del diálogo entre Lacan y Catherine Millot,1 muestra lo que Lacan llamó “sueño de despertar” (rêve de réveil). “Ese deseo de despertar no es otra cosa que el sueño de ahogarse en el saber absoluto, del que no hay vestigios”, habría dicho Lacan.

Si el sueño es la realización del deseo, como dice Freud, entonces es preciso ver en el sueño que abre el capítulo VII de la Traumdeutung, –“¿Padre, no ves que estoy ardiendo?” – no solo “una fantasía que colma un anhelo”.2 Si fuera así, el sueño sólo prolongaría el dormir del padre. ¿Qué es lo que se realiza, entonces, en ese sueño tomado por Freud como “sueño modelo”? ¿Qué es lo que despierta al soñador de su deseo de prolongar el dormir? ¿Qué es lo que hace de este sueño un “sueño de despertar”?

De acuerdo a la interpretación lacaniana, lo que se realiza en ese sueño no es la realidad del cuerpo en llamas del hijo muerto en el cuarto de al lado, no es eso lo que despierta al soñador; tampoco es el deseo del padre de prolongar la vida del hijo, como diría Freud; lo que se realiza es la “otra realidad escondida tras la falta de lo que hace las veces de representación”. 3

Entre el dormir y el retorno a la conciencia que se reconstruye en torno a sus representaciones de realidad, lo real que despierta se manifiesta en el lapso entre la conciencia de las llamas y la percepción de lo que estaba ocurriendo –el dormir del viejo encargado de celar por el cuerpo del hijo–, antes de que no me despierte. En ese espacio de un lapso, en que el dormir es perturbado por la intromisión de lo real –que puede ser provocado por un golpe en la puerta, como dijo Lacan un poco antes de comentar este sueño en el Seminario 11, así como por una claridad que atraviesa nuestros párpados–, “uno está seguro de estar en el inconsciente.4 El lapso del despertar se da, por lo tanto, en ese instante en que el sujeto habita el inconsciente sin el apoyo de cualquier representación y tantea en la oscuridad.

En principio, nada parece apuntar a la realización del deseo en este sueño, como reconoce Freud. ¿Por qué entonces iniciar el capítulo VII de la Traumdeutung justamente con este sueño? ¿Qué hace de este sueño un sueño paradigmático, también para Lacan? Me propongo responder estas preguntas proponiendo tomar este sueño como una alegoría, más precisamente como una reducción metapsicológica a los elementos fundamentales que se articulan en torno al trabajo del sueño y de la dinámica onírica: el padre y el deseo de dormir; el hijo y el deseo inconsciente que despierta; y, en la frontera entre ambos, el viejo vigía y la censura psíquica que condiciona el trabajo del sueño.

Es posible sobreponer esta alegoría a una analogía utilizada por Freud: el deseo inconsciente, sometido a la represión, es como el intruso de una fiesta de salón (en la que se festeja el espectáculo del sueño y el deseo de dormir es soberano) que, debiendo pasar por un portero, recurre a disfraces para no ser reconocido. Si tiene la suerte de no ser reconocido, podrá ser admitido en el salón; caso contrario, será expulsado por el portero que opera allí como un censor.5

Según esta analogía, el responsable por el disfraz es el propio trabajo del sueño (Traumarbeitung). El deseo inconsciente del sueño se realiza solamente con esta condición. El portero-vigía sería, en este sentido, una especie de extensión del Yo y su deseo de dormir, operando en el límite entre el salón de fiestas y su antesala. Cabe al portero averiguar si el deseo inconsciente utiliza un buen disfraz para no perturbar a aquel que duerme. La función del vigía del sueño consiste, por lo tanto, en “constatar” el trabajo del sueño de forma de poder garantizar que su estructura de ficción sea mantenida.

En el sueño relatado por Freud en la Traumdeutung, mientras tanto, el deseo se realiza, podemos decir, sin disfraces, de forma cruda, como una “visión atroz”, aquella del hijo que, a la cabecera del padre, se hace reconocer por su voz: “padre, ¿no ves que estoy ardiendo?” Una pregunta se impone: ¿qué es lo que lleva a ese “más allá del sueño”, a esa ruptura del acuerdo de frontera que preserva el dormir y cuya condición es que el deseo inconsciente, extraño al Yo, conserve sus disfraces?

Lo que rompe la estructura que hace del sueño el guardián del dormir es el dormir de aquel que no debería haberse dormido y que debía velar por el sueño del padre, cuidando, al mismo tiempo, para que el deseo inconsciente no se comporte como un intruso incendiario. En este sueño, el deseo inconsciente atraviesa, como una llama, la puerta entreabierta entre los dos cuartos, instalándose en la cabecera del padre para interpelarlo, en el momento en que este ya nada puede hacer por su hijo, como observa Lacan. Ese deseo realiza sin censura, de la forma más radical, el encuentro fallido con el objeto que la muerte del hijo presentifica. En ausencia de una dimensión ficcional del sueño, el deseo se presenta como Trieb, dice Lacan, pura pulsión invocante.

En la lección del 12 de febrero de 1964, de la que nos valemos aquí, Lacan nos recuerda que la vida no es un sueño. Afirma: “El análisis, más que ninguna otra praxis, está orientado hacia lo que, en la experiencia, es el hueso de lo real”.6 Así y todo, se trata de un real que escapa, que no es aprehensible si no como encuentro fallido, y que se produce como al azar. Normalmente, la realización del deseo en el sueño no nos conduce a un real del deseo, sino apena a la fantasía que lo recubre con sus ropajes.

Ese lapso del despertar –al que alude Lacan remitiendo a la presencia del no expletivo en la frase “antes de que yo no me despierte”, antes de que yo no me reorganice frente a mis representaciones, en el instante en que aún estoy bajo el impacto del golpe en la puerta o de las llamas que la atraviesan– podría ser tomado como un paradigma lacaniano del encuentro con lo real [reencontre du réel], conforme a la traducción dada para la Tichê de Aristóteles. Instante paradojal en que se conjugan la certeza del ser inconsciente del sujeto y el punto de su evanescencia significante.

Lo que produce la extrañeza de ese sueño relatado por Freud en la apertura del capítulo VII de la Traumdeutung es justamente la ruptura entre sueño y fantasía, entre sueño y ficción, entre sueño y disfraz. “¿Qué es lo que despierta?” –pregunta Lacan. ¿Habrá sido la “realidad fallida que causó la muerte del niño”, ese real inevitable? ¿Habrá sido el remordimiento del padre por haber dejado al niño muerto al cuidado de un hombre que no estaba a la altura de desempeñar tal tarea?

El encuentro fallido que despierta, y que sólo puede darse en esa hiancia del sueño que designa el más allá de la realización disfrazada del deseo, es aquel en el cual “el deseo se presentifica en la pérdida del objeto, ilustrada en su punto más cruel” [Le désir s’y présentifie de la perte imagée au point le plus cruel de l’objet].7 Se trata de un encuentro para el cual no hay representación y que nos hace ver ese sueño como el “reverso de la representación”.8 La prolongación del sueño, más allá de ese punto, sólo puede conducir al despertar, lo que nos recuerda que la condición de representabilidad que caracteriza el trabajo del sueño, tal como fue articulado por Freud, no agota la naturaleza del inconsciente. “¿El sueño que prosigue no es esencialmente, valga la expresión, el homenaje a la realidad fallida? –la realidad que ya solo puede hacerse repitiéndose infinitamente, en un despertar indefinidamente nunca alcanzado?”.9

Retomando, entonces, nuestra alegoría, podemos decir que en este sueño paradigmático el deseo inconsciente se presenta de la forma más viva, con sus mortajas ardientes, en llamas, como deseo que despierta. Es sorprendente que Lacan tome ese deseo a partir de la pulsión, del Trieb, en su pura dimensión de voz. La condición de su emergencia, como vimos, es el dormir del portero-vigía que debería garantizar el uso de sus vestimentas, o sea, de su mortificación. Tal deseo es incompatible (Unverträglich, diría Freud) con nuestro ser de lenguaje. Es el puro capital del sueño que ningún padre empresario podría recubrir. Todo esto nos hace concluir que, en este caso, el encuentro fallido sólo puede ocurrir porque el vigía cayó en el sueño, rompiendo así el acuerdo de frontera entre el deseo de dormir y el deseo que despierta. El deseo indestructible y atemporal, que remite a nuestro ser inconsciente y fuera del lenguaje, irrumpe entonces en el salón de nuestro sueño soberano, interpelándonos: ¿“no ves que estoy ardiendo?” 

Traducción: Laura Fangmann
Revisión: Adolfo Ruiz

 


1 Millot, C., A Vida com Lacan. Zahar, Rio de Janeiro, 2017, p. 71-72.
2 Lacan, J., El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales, Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 67.
3.Ibid, p. 68
4 Lacan, J., “Prefacio a la Edición inglesa del Seminario 11”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 599.
5 Freud, S., “Conferencias de introducción al psicoanálisis, conf.19”, Obras Completas, Vol. XVI, Amorrortu, Buenos Aires, p. 270.
6 Lacan, J, El Seminario, Libro 11, Los Cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Op. cit., p. 61.
7 Ibid., p. 67.
8 Ibid., p. 68.
9 Ibid, p. 61.

No se permiten comentarios.