La ambigüedad del despertar

La ambigüedad del despertar

Renato Pera. Artista Multimedia. “Sin titulo”. São Paulo. Brasil. 2019

Renato Pera. Artista Multimedia. “Sin titulo”. São Paulo. Brasil. 2019

Sérgio de Castro – EBP-AMP

 Vamos a examinar uno de los sueños inaugurales del psicoanálisis, el sueño con el hijo muerto y quemado, presentado por Freud en el último capítulo de La interpretación de los sueños.[1] Se trata de un sueño comentado por Lacan en el Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, de donde podemos extraer elementos cruciales sobre algunos puntos, en especial la angustia y el despertar.

Tenemos ahí un sueño de angustia, donde un padre, después de permanecer al lado del lecho del hijo moribundo por varios días y noches seguidas, con la muerte de éste y exhausto, pasa a la habitación contigua con el fin de descansar un poco. No sin antes contratar a un viejo para velar por el cadáver y para orar por el alma del niño.

Horas después el padre se despierta al soñar con el hijo, de pie al lado de la cama en la que dormía, susurrándole: “Padre, ¿acaso no ves que ardo?”.[2] El padre despierta, ve fuego en el cuarto contiguo y descubre que el viejo vigía contratado se había dormido y que las ropas y un brazo del hijo se habían quemado al caer la vela sobre el lecho en el que yacía.

La interpretación inicial de Freud será que, al soñar con el hijo a su lado, el deseo de que la vida del hijo se prolongase se había manifestado, pero considerando el incendio de su cuerpo presentaría algo de una oscura ambigüedad del padre en relación al hijo.

Veamos algunas indicaciones del comentario de Lacan, en el que podemos constatar que agrega varios elementos.

De inmediato Lacan se referirá a ese sueño como un sueño de angustia que apunta a algo que viene del “más allá”. Un más allá de la cadena de representaciones posibles de aquel sujeto. La cuestión de la falta en la cadena significante será, en este momento de su enseñanza, objeto de gran atención para Lacan. Otro significante enfatizado por Lacan será el “misterio”. Un misterioso más allá evocado por el sueño, y que Lacan trata de esclarecer para presentarnos entonces, una frase crucial:

“¿Qué lo quema si no lo que vemos dibujarse en otros puntos designados por la topología freudiana: el peso de los pecados del padre, que lleva el espectro en el mito de Hamlet, con el cual Freud redobló el mito del Edipo? El padre, el Nombre-del-Padre, sostiene la estructura del deseo junto con la ley –pero la herencia del padre, Kierkegaard nos la designa: es su pecado”.[3]

Kierkegaard, en El concepto de  angustia, lo llamará el “pecado hereditario”,[4] a aquel pecado que se transmite desde siempre pero manteniendo también su actualidad. Si se aproxima al pecado original, se distinguirá de éste puesto que, en la actualidad, se sitúa por fuera del campo de cualquier saber, ya sea el de la filosofía o el de la historia o incluso, el de la teología. Será por eso que siempre se aproximará a un insondable siempre actual, y eso equivaldrá para el autor, a la angustia. Lacan entonces, al indicar ese más allá de la cadena significante, apuntará al punto de su falla allí donde, en el sueño que examinamos, un cirio ardiente provoca un incendio. Punto de falla que actualizará el pecado del padre. Toda una lectura lacaniana de la repetición se presenta ya aquí.

Y en El Seminario, Libro 6, El deseo y su interpretación, Lacan, en su célebre comentario de Hamlet, nos dirá que él, Hamlet,

“Él debe ir al encuentro del lugar que ocupa lo que su padre le dijo. Y lo que su padre le dijo en calidad de fantasma [fantóme] es que fue sorprendido por la muerte «en plena flor de [sus] pecados». Para el hijo, la cuestión es ir al encuentro del lugar que ocupa el pecado del Otro, el pecado no pagado por el Otro”.[5]

Al aproximar el sueño del hijo muerto al mito de Hamlet, Lacan hablara de una “topología freudiana”.[6] Los “lugares” de tal topología serán: falla estructural de la cadena simbólica, pecado del padre y la voz del más allá, ya sea en Hamlet, o ya sea en el sueño citado. O lo simbólico, que se presentará en tanto falla, lo real en la voz del hijo (pero también en la del padre de Hamlet), y lo imaginario que, sin sustentarse en lo simbólico, en el sueño, aparecerá como el cirio ardiente. Lo que diferenciará a uno del otro aquí es que el sueño del hijo muerto es soñado por el padre. Será a partir de allí, donde él no encontró un sustento en la cadena significante, que la angustia se manifestará, en la voz imageé, como dirá Lacan, del cirio ardiente.

Es, por lo tanto, la dimensión del objeto a, en su modalidad de plus de gozar, como presencia y exceso que angustia, que se manifestará aquí. Tal voz, dirá Lacan, “la frase misma es una tea –por sí sola prende fuego a lo que toca”, (…) “en ese mundo sumido en el sueño”.[7]

Por lo tanto, la herencia del padre, ese punto de falta estructural en el Otro S(Ⱥ), será aquí correlativa a una presencia, indicada ahí por Lacan como constitutiva y fundamental. “Ahí está” dirá Lacan, “esto es algo que nos explica para nosotros la ambigüedad de la función del despertar (…) pues nos despierta la otra realidad escondida tras la falta de lo que hace las veces de representación –el Trieb, nos dice Freud”.[8]

Traducción: Silvina Molina

 

[1] Freud, S., La interpretación de los sueños, vol. 5, Amorrortu, Paidós, Buenos Aire 1991 p. 504
[2] Lacan, J., El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1987, p. 42.
[3] Idem.
[4] Kierkegaard, S., El concepto de Angustia, Alianza, Madrid, 2007, cap. 1.
[5] Lacan, J., El Seminario, libro 6, El deseo y su interpretación, Paidós, Buenos Aires, 2015, p.273.
[6] Lacan, J., El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1987, p. 42.
[7] Ibíd, p. 67.
[8] Ibíd, p. 68.

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