“Un río de fuego”. La diferencia absoluta de Freud

“Un río de fuego”. La diferencia absoluta de Freud

Patricia Tagle Barton – NEL-AMP

“El uso, el valor de uso del sueño, nos pone en la

vía de repensar nuestra práctica a partir

de lo que tiene de absoluto el sinthome

del Uno, la diferencia absoluta del Uno …

Angelina Harari”1
Thereza Salazar. Entreacto. Tinta autoemotiva. Metal industrial. São Paulo.

Thereza Salazar. Entreacto. Tinta autoemotiva. Metal industrial. São Paulo.

Obertura en tres movimientos

Freud, aún

Ciertamente, tratándose de Freud y de los sueños, nos referimos siempre a la Traumdeutung2, obra inaugural.El sueño -los sueños-, nos dijo, son la vía regia, la puerta del inconsciente. Freud toma ahí un verso de Virgilio como epígrafe: «Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo». Avanzó en esa vía con una voluntad inquebrantable.

Lacan, aún

“Cuando el esp de un laps […] el espacio de un lapsus, ya no tiene alcance de sentido (o interpretación), sólo entonces uno está seguro de estar en el inconsciente. Uno lo sabe, uno mismo”3.

De un real paradojal

¿Qué “esp”, qué “laps” entonces, aquel que estrecha esa vía -la del inconsciente-, la de la experiencia del inconsciente, que va desde los sueños y su interpretación, desdesu alcance de sentido, a este punto “cero”, el del tope, incluso agotamiento, de la interpretación?¿Qué uso, aún, de los sueños en análisis, en y para ese “tope”?

Freud, y el uso de sus sueños

¿Quién mejor que él confesando sus sueños supo trenzar la cuerda donde se desliza el anillo que nos une al ser, y hacer lucir entre las manos cerradas que se lo pasan en el juego de la sortija de la pasión humana su breve fulgor? –señala Lacan a propósito de Freud, en “La dirección de la cura y los principios de su poder”4.

En efecto, Freud hizo un uso de sus propios sueños, incluso uno de su pequeña hija – (¡¿cómo no recordar a la pequeña niña sometida a dieta por una indigestión, soñando con poder tener para ella los frutos prohibidos?!)–, en su deseo férreo por avanzar en su descubrimiento, y transmitirlo, apuntando en acto a esa otra escena, la que estuvo en juego para él mismo.

Como, por ejemplo, el famoso sueño de “la inyección de Irma”5, tan mencionado, estudiado y comentado.Y a propósito del cual Lacan señalaba, en los inicios de su enseñanza, que:

“Hay, pues, aparición angustiante de una imagen que resume lo que podemos llamar revelación de lo real en lo que tiene de menos penetrable, de lo real sin ninguna mediación, de lo real último, del objeto esencial que ya no es un objeto sino algo ante lo cual todas las palabras se detienen y todas las categorías fracasan, el objeto de angustia por excelencia”6.

O el sueño de “la monografía botánica”7, muy notable también, y en el que Freud no se ahorra nada –pretende ser exhaustivo en su análisis–y aún nos transmite, más allá del texto y del ánimo que lo inspira y lo causa, ese realen juego, ese nudo inextricable que él mismo llamó “el ombligo del sueño”; su propia opacidad, también.

En el primer capítulo, y en las primeras líneas de la Traumdeutung, Freud enuncia su tesis: que ha dado con una “técnica” –léase, un saber hacer–que permite tomar los sueños no sólo como un producto psíquico “provisto de sentido”, sino, además, como fruto de una serie de procesos que testimonian de “la naturaleza de las fuerzas psíquicas de cuya acción conjugada o contraria nace el sueño”8.

Se aboca a ello, a examinar, formalizar, dar cuenta de esos procesos. Y a señalar, a la par, un punto de límite al análisis posible de los sueños, y a su interpretación.

Freud, y el borde de lo real

“Tengo que contarte un lindo sueño de la noche que siguió al entierro –escribe Freud a Fliess en la carta 509, fechada en Viena el 2 de noviembre de 1896–: estaba en un local, y leía ahí un cartel: «Se ruega cerrar los ojos»”.

Se trata de un sueño que Freud tuvo en las coordenadas de la muerte y entierro de su padre.

Freud agrega: “Al local lo reconocí enseguida como la peluquería que visito diariamente. El día del sepelio tuve que esperar algo ahí y por eso llegué un poco tarde a la casa del duelo. Mi familia se mostró entonces descontenta conmigo por haber yo dispuesto que los funerales fuesen discretos y sencillos […]. También me echaron un poco en cara el retardo”10.“El sueño emana, entonces, de aquella inclinación al autorreproche que regularmente se instala en los supérstiles”, señala Freud líneas más abajo.

No es tanto el contenido de aquel sueño que Freud nos legó (ni tampoco las líneas que Freud agrega al respecto, que son por cierto memorables), sino la enunciación que lo precede –“Tengo que contarte un lindo sueño”–, lo que llamó mi atención. Pues me queda claro que el sueño, en sí mismo, no encierra nada de “lindo”; más bien lo contrario. Bastaría por sí solo para producir angustia. 

Si lo pensamos/leemos bien, es un sueño comparable, por su contundencia, al sueño de “padre, ¿no ves que ardo?”, que tanto nos ha dado que hablar. Aunque en este caso no se trate del hijo “llamando” al padre, sino de ¿un padre /alguien? dirigiéndose ¿al hijo?, ¿al Otro?, ¿al Uno?, ¿al impersonal “se…” de ese “se ruega” que se esquiva y al cual el sujeto del sueño mismo apela? A ese real.

Entonces, lo “lindo” –me pregunto– ¿en qué radica? Y ¿qué pudo “alegrar” tanto a Freud, en el relato que él hace a Fliess, de este, su sueño? ¿Qué, si no este “más allá” que el sueño indica, como un cartel, y en el que Freud mismo cifra el entusiasmo de su hallazgo y su deseo inquebrantable?

Un sueño, después de todo, no es más que un sueño, se oye decir hoy. ¿No es nada el que Freud haya reconocido en él al deseo? […] Pues hay que leer la Traumdeutung para saber lo que quiere decir lo que Freud llama ahí deseo”11 –señala Lacan.

¿Cómo no ver en el uso que Freud hizo de sus sueños un modo de abordar y bordear un real? ¿El del deseo mismo –en este caso el de Freud– como un real vivo?

Lacan en ese mismo escrito lo nombra así, respecto de Freud: un río de fuego12.

¿La “diferencia absoluta” de Freud?

“Déjame que te cuente…”

Así inicia la letra de un conocido e inmortal vals peruano, “La flor de la canela”, que tal como el “viejo puente”, aún se mece en un sueño.

Ciertamente desde el inicio de los tiempos, los de la humanidad hablante, se sueña, y los sueños se cuentan, se “interpretan” y se cantan, también.

No obstante, y para nosotros, la transferencia inaugura ese escenario privilegiado en el que los sueños y su “relato” cuentan, y se tienen en cuenta, de otra manera.

Algo se infiltra, se filtra, se trama, se hila, se “trenza” en el huso y en el uso de los sueños en el análisis, bajo transferencia; en esa topología moebiana que se surca y hace surco en el relato mismo, en las palabras que vehiculan el régimen de la satisfacción en juego; la verdadera “otra escena” a la que Freud apuntó desde el inicio, y en acto. En ese trayecto posible que lleva del sueño a un despertar, instantáneo, quizás. Pero posible. No sin efectos. No sin un “breve fulgor” que se itera. No sin un deseo vivo que puede transmitirse y se mueve.

Un río que fluye.


Notas:
1 Harari, A., “La diferencia absoluta del sueño”. https://congresoamp2020.com/es/articulos.php?sec=el-tema&sub=textos-de-orientacion&file=el-tema/textos-de-orientacion/la-diferencia-absoluta-del-sueno.html
2 Freud, S., “La interpretación de los sueños”. Obras Completas V. IV y V, Amorrortu, Buenos Aires, 2017
3 Lacan, J., “Prefacio a la edición inglesa del seminario 11”. Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 599.
4 Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos 2, Siglo XXI Editores Argentina, Buenos Aires, 2002, p. 622.
5 Freud, S., “La interpretación de los sueños”. Op. cit., V. IV, pp. 127 y ss.
6 Lacan, J., El Seminario, Libro 2, El yo en la teoría de Freud. Paidós, Buenos Aires, 1983, p. 249.
7 Freud, S., “La interpretación de los sueños”. Op. cit., V. IV, pp.186 y ss.
8 Ibid. p. 29
9 Freud, S., “Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud”. Obras Completas, V. I, Amorrortu, Buenos Aires, p. 273.
10 Ibíd. p. 274
11 Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Op. cit., p. 600.
12 Ibid. p. 622.

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