El inconsciente y las nuevas formas de parentalidad

El inconsciente y las nuevas formas de parentalidad

Sergio de Campos - EBP AMP - Grafo del deseo. Oleo sobre tela.

Sergio de Campos – EBP AMP – Grafo del deseo. Oleo sobre tela.

Gabriela Laura Basz – EOL – AMP

En la apertura de las últimas Jornadas anuales de la EOL, “Hablemos del inconsciente, aún…”, planteé que cada Jornada anual es un nuevo encuentro y una forma de darle marco a la memoria colectiva que construimos como Escuela. Están presentes, entonces, el hábito, la periodicidad y también lo nuevo, el desafío de abordar algo diferente cada vez.  En este caso, hablar del inconsciente, nuestro concepto fundamental, desde un renovado retorno a Freud.  Entiendo que la apuesta de estas Jornadas ha sido reavivar el pacto entre nosotros (miembros y amigos del campo freudiano) y nuestro pacto con el inconsciente.

Uno de los aspectos más interesantes con el que me encontré en el recorrido preparatorio de las Jornadas, fue la difusión. Entrevistas radiales, breves escritos destinados a trasmitir qué es el inconsciente aún para nuestra orientación.

En uno de esos artículos, que titulé “El inconsciente y las nuevas formas de parentalidad”, el editor del diario invita a su lectura destacando lo siguiente: “Una época hecha de lo fragmentario y lo poético.  La pregunta disparadora sobre si los nuevos lazos de familia modifican la perspectiva del psicoanálisis, lleva a revisar subjetividades situadas históricamente”.

Efectivamente, se trata de partir de algunas preguntas: ¿las nuevas formas de familia, la forma en que se establecen las parejas hoy, afectan al inconsciente del niño? ¿Estos nuevos lazos modifican la perspectiva que tenemos del inconsciente? Desde el inicio de su obra Freud propone la idea de un inconsciente que no reconoce el tiempo y, a la vez, acepta que hay cortes en la historia que inciden en la subjetividad.

De hecho, si pensamos en el Complejo de Edipo encontramos una paradoja interesante que el mismo “complejo” introduce en la idea de inconsciente: su ubicación se define por fuera del inconsciente (incluso por fuera del psicoanálisis), tal como se aprecia en el drama de Sófocles. Y el Complejo de Edipo ha sido central en la experiencia del psicoanálisis durante mucho tiempo. Pero desde fines del milenio pasado venimos constatando el debilitamiento del orden simbólico, una ausencia de soberanía paterna y, como consecuencia, un detrimento del carácter regulador del Complejo de Edipo.  Algo de este “complejo” se presenta de manera diferente: en la actualidad encontramos tanto nuevas filiaciones como diversas identificaciones por parte de los padres.

La idea –presente en la última enseñanza de Lacan– de un inconsciente basado en lalengua, nos permite ir desplazando algunas consideraciones. Lalengua del sonido, lalengua materna, lalengua como depósito de las huellas de los que nos han hablado…

Lalengua crea parentescos entre significantes; los sentidos de dichos parentescos varían en la época y para cada quien. ¡El inconsciente, un teatro de parentalidades!

Pensar un inconsciente hecho de lalengua es destacar los efectos de la palabra, que no van hacia la comunicación, sino que tocan al cuerpo, al alma. Se trata de la función de la palabra que traumatiza, duele, emociona. El inconsciente como un verdadero torbellino. Por fuera de la función comunicativa del lenguaje, más ligado al placer de los niños cuando juegan con los sonidos habitando un lenguaje aún no reglado por la gramática. Se trata de pensar el inconsciente como lo que impacta de lalengua por fuera de la comprensión, y cómo a partir de esto se configura la historia singular de cada uno. Un punto de aproximación interesante para captar algo de lalengua lo encontramos en el teatro: cada puesta en escena muestra cómo la misma cadena significante se modifica según quién la diga, cómo la diga y según las resonancias del texto en el cuerpo del actor.

Cuando compara a Edipo Rey con Hamlet, Freud propone que en el diverso modo de tratar idéntico material (el amor a la madre y la rivalidad con el padre) se manifiesta la diferencia de la vida anímica en esos dos periodos de la cultura. En Edipo, como en el sueño, la fantasía de deseo infantil es traída a la luz y realizada; en Hamlet, permanece reprimida y sólo averiguamos su existencia (como en una neurosis) por sus consecuencias inhibitorias.

¿Cómo pensar estas variaciones en la actualidad? Posiblemente podríamos iluminarnos con el así llamado “teatro posdramático”, donde en nuestros cuerpos resuena lo fragmentario, lo poético, lo disruptivo, lo fuera de sentido, para seguir hablando aún del inconsciente y poder alojar las nuevas parentalidades y sus consecuencias en la subjetividad.

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