Feminismo, sexualidad y psicoanálisis

Feminismo, sexualidad y psicoanálisis

Lisa Erbin - EOL AMP - Sin título. Collage en papel.

Lisa Erbin – EOL AMP – Sin título. Collage en papel.

Paula Gil – EOL – AMP

¿Es el feminismo un síntoma de la época?

El feminismo denuncia una profunda desigualdad de oportunidades sostenida por un imaginario social incuestionado. Si bien en la actualidad se ha comenzado a poner en tensión este imaginario, persiste la naturalización de ciertas situaciones cotidianas sobre las que ni siquiera se abre una pregunta.  El feminismo es la emergencia voluptuosa de lo acallado. Provoca olas, mueve adhesiones y rechazos, pero sobre todo genera incomodidad. Viene a dividir al estatus quo, hace tambalear los cimientos de lo que estaba asentado y genera una “distonía social”, si se me permite llamarlo así. Si el síntoma individual deviene tal por su egodistonía, el feminismo devino síntoma de la época por provocar una distonía en lo social. Tal como sucede con el síntoma individual, nos pone a hablar, a producir, a pensar. ¡Festejemos entonces los síntomas!

La parte por el todo

 Según el feminismo, los procesos de subjetivación y de sexuación serían resultado del discurso dominante, por lo tanto tendrían determinantes políticos. La identidad sexual deviene así una cuestión performativa. El lenguaje mismo es pensado como un aparato performativo. Con su binarismo femenino-masculino, el lenguaje determinaría los universales y el nombramiento de los sujetos a partir de la biología (niño, niña) sería el primer condicionante cultural para la determinación de su identidad, ya que a este nombre le sucederán una serie de costumbres naturalizadas (juegos, vestimentas, baño para varones o para mujeres, etc.) que irán “formateando” al individuo en su identidad. Ahora bien, lo performativo no ocurre de una vez y para siempre, sino que es un proceso basado en las repeticiones, y como todo proceso, sucede en el tiempo. En “Mecanismos psíquicos del poder”,1 la filósofa Judith Butler explica que a lo largo de este proceso acaecen resignificaciones permanentes que permiten que algunos individuos escapen de lo performativo.

Como vimos someramente, la identidad es pensada primordialmente desde una perspectiva socio-política. El psicoanálisis aborda la cuestión desde una epistemología distinta: lo social no tiene incidencia en la singularidad del parlêtre. No se trata de los sentidos sociales desplegados en el lenguaje, sino del fuera de sentido de lalengua. Se nos podrá decir que las prácticas sexuales están cambiando a la luz de los discursos actuales. Las nuevas generaciones parecen estar menos atadas a definir su orientación sexual bajo las rúbricas estancas de heterosexual u homosexual. Se observa una mayor plasticidad a la hora de la elección del partenaire; lo que antes podía ser vivido con la mortificación de la culpa por apartarse de la rigidez de la tradición, hoy es experimentado sin demasiados cuestionamientos.  Entonces cabe la pregunta sobre qué incidencia tiene en la sexualidad el discurso social de una época.

Lo que cambia y lo invariable

El “no hay relación sexual” (sobre el cual los psicoanalistas asentamos la causación subjetiva) no implica que no haya relaciones sexuales.  La no relación es a nivel de lo real, mientras que las relaciones sexuales pertenecen al reino del sentido y por ende son posibles los desplazamientos constantes.  Encontramos en estos dos términos lo invariable y lo que puede variar, lo estructural de la subjetividad y lo influido por lo social.

La evidencia clínica nos muestra que los discursos sociales tienen impacto en los semblantes y en los modos de lazo. La idea Buttleriana y Foucaultiana de la subjetividad moderna, con su posibilidad de incesante resignificación, no debe extraviarnos respecto del trazo de lo real. Podemos vivenciar cómo ciertas prácticas, incluso ciertas identidades se desprenden de la rigidez de antaño, pero lo real de la estructura sigue determinando la fijeza pulsional y el goce singular en cada quien. Desde este punto de vista podríamos decir que el psicoanálisis lacaniano no es constructivista ni esencialista, es “realista”. Nuestra orientación es por lo real.

Si la plasticidad y la mayor aceptación ante lo diverso pueden resultar aliviadoras, lo serán a condición de no desconocer el límite de la imposibilidad. La multiplicidad creciente es el resultado de intentar absorber por lo simbólico-imaginario lo que es del registro real; ante el fracaso en reabsorber todo real, el riesgo es la locura del empuje al más. Es el síntoma que emerge dentro del síntoma de la época.

Acuerdo con que la biopolítica es el instrumento mediante el cual el discurso del Amo intenta regular e incidir en la vida, la muerte, el sexo, pero la encarnación de un discurso contrahegemónico que pretende una solución erigiendo que “todas las formas son posibles”, desconoce los límites de la castración y termina emparentándose con su contrafigura, el amo capitalista. Todas las formas son posibles en tanto y en cuanto se conciba lo real del sexo como lo que ex-siste a todos los semblantes. Límite que no es el resultado de una dialéctica de poder-dominación, sino de la marca constitutiva de lo humano. A cada cual su marca y su modo de suplencia a esa pérdida.  Cada vez que queramos nombrar al goce del cuerpo alcanzaremos solamente fragmentos, pues ese goce es indecible y cada nominación es solo una suplencia. Sin embargo, esta pasión nominalista empuja en la ilusión de que el significante por fin un día logre escribir lo imposible.

Dos planos entonces que no se contradicen y que solo entran en tensión cuando uno pretende desterrar la evidencia del otro: lo real de la causación subjetiva y la incidencia de la época en los semblantes.

Para concluir 

El psicoanálisis no es binario, ni siquiera falocéntrico, como se suele argumentar en su contra; el psicoanálisis piensa como semblantes a estos aspectos del ser: Hombre-mujer-heterosexual-homosexual no son tomados en la obra de Lacan en su literalidad, sino que han sido pensados desde el equívoco. La biología lacaniana no es la de la ciencia.

La respuesta del psicoanálisis a la imposibilidad de la proporción sexual es la singularidad del Uno. Si decimos que no hay relación decimos también que Hay de lo Uno, como bien lo enseña J.-A. Miller en “El ser y el Uno”.2 Si el psicoanálisis apunta a lo Uno que subyace en el uno por uno, cómo podría escandalizarse ante la diversidad y lo múltiple. No es el psicoanálisis lacaniano el que izará las banderas del discurso moral ni del hegemónico, pero sí hace oír que el no-todo (no todo nombrable, no todo subvertible, no todo significable, no todo intercambiable) es la política que mejor orienta. El mote de falocentrista no podrá caberle a ninguna epistemología que se oriente por el no-todo (fálico).  Ubicamos más bien que son las significaciones las que están siempre del lado de la lógica fálica. Es por esto que sería conveniente que revise su episteme quien no quiera ser falocentrista pero desconozca la dimensión del no-todo.  En esta perspectiva, por qué no recordar que es el psicoanálisis quien sostiene que lo femenino, situable en hombres y en mujeres, es el Otro lado de la posición fálica.

Es la experiencia de un análisis lograr que cada quien invente su nombre propio para decir algo acerca de ese goce opaco que toca el cuerpo. Lo que nunca podrá lograrse es inscribir ese nombre en una “nómina de las singularidades”.


NOTAS:
1. Butler, J, Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción. Madrid. Cátedra. 2010.
2. Miller, J-A., Curso: “El Ser y el Uno” (2011). Inédito.

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