La prevención, un síntoma de la época

La prevención, un síntoma de la época

Thereza Salazar - 2016 Série Anacronismos Serigrafia 100 x 70cm

Thereza Salazar – 2016 Série Anacronismos Serigrafia 100 x 70cm

Nicolás Bousoño – EOL – AMP

Mejor prevenir que curar. El refrán, condensación de siglos de sabiduría popular, toma hoy un nuevo relieve. En una época en la que se aspira a que todo pueda ser medido y calculado en pos de la eficacia productiva, la contingencia se vuelve una amenaza. El azar ineliminable de la existencia humana deviene un riesgo que acosa la frágil homeostasis del hombre moderno; intentar prevenir su aparición se ha vuelto un ejercicio fundamental de la cultura de nuestro tiempo.

El temor a la ley que imponía su orden bajo la amenaza de la sanción o la sombra de la culpa ha sido reemplazado por un temor difuso, con rostros múltiples, ya que ese riesgo puede presentarse en cualquier momento. En relación con ese miedo generalizado, la seguridad ha devenido un bien supremo.

Los sujetos contemporáneos ceden dócilmente sus derechos, sus libertades, su responsabilidad en favor de un Otro que, bajo el manto de la protección, vigila y controla. Se alimenta así un poder en el que se espera refugiarse, poder que se revela cada vez más impotente a la hora de brindar la seguridad pretendida. Cada vez menos derechos, también cada vez menos seguridad, constituyen un circuito que expone las paradojas del reino de la prevención.1

Los desarrollos teóricos de Freud respecto de la fobia permiten ubicar la vena por la que cada sujeto se introduce en esta conjunción, el porqué del éxito de este verdadero síntoma contemporáneo; siguiendo a Lacan podemos ubicar respuestas posibles por parte del discurso analítico.

Freud desarrolla la construcción del “parapeto fóbico” 2 en tres etapas; recordémoslas brevemente.

De inicio, plantea que el sistema preconsciente-conciencia se encuentra bajo el asedio de las representaciones cosa, inconscientes, ubicando a partir de allí distintos recorridos defensivos posibles para cada tipo clínico.

En el caso de la fobia, la primera fase del recorrido defensivo consiste en negarle la investidura de la representación palabra a la representación inconsciente, es decir negarle el acceso a la conciencia; la excitación de la representación rechazada se presenta entonces como angustia, sin que se perciba ante qué.

En la segunda fase, el enlace de esa excitación a otra representación palabra permite la racionalización del desarrollo de angustia, pero no lo inhibe. La representación sustitutiva asegura contra la emergencia de la representación reprimida y a la vez se comporta como si fuera el lugar de arranque del afecto. Entonces, la angustia –transformada en miedo– se presenta tanto cuando se produce un aumento de energía pulsional inconsciente, como cuando es percibida la representación sustitutiva, de la que se podría huir.

La tercera fase consiste en el renovado intento de inhibir el desarrollo de afecto, esta vez a partir del sustituto. Su entorno queda investido con una sensibilidad particular; por lo que una excitación en cualquier lugar de ese parapeto provocará un pequeño desarrollo de angustia que será aprovechado como señal para producir una nueva huida.

Freud agrega que estas prevenciones sólo protegen contra la percepción de la representación sustitutiva, jamás contra la moción pulsional que la alcanza desde lo inconsciente y, ante cada acrecentamiento de la pulsión, la muralla protectora que rodea a la representación sustitutiva debe ser desplazada un tramo más lejos de ella.

Este mecanismo ha conseguido, dice Freud, proyectar hacia afuera el peligro pulsional, a un gran costo en materia de “libertad personal”.

Más allá de consideraciones psicopatológicas, es una bella imagen –en los términos del Freud de 1915– de un mecanismo que, en un extremo constituye una forma clínica reconocible, y en el otro la estructura misma del aparato psíquico; la que produce la extimidad propia del ser hablante. Siempre hay una hiancia entre la cosa y la palabra, una hiancia muchas veces angustiante.

Para Freud, la fobia era una solución costosa para un conflicto psíquico. Lacan va a introducir el valor del objeto de la fobia como ordenador que estructura el mundo, supliendo al significante paterno ante una alternativa estragante. El pene real, el cuerpo, el goce, en definitiva, acosan, y pueden ser aún más insoportables si a los siempre fallidos recursos subjetivos para tratarlo le sumamos la escasez de los recursos simbólicos del mundo contemporáneo.

Destaquemos: el asedio de la cosa, la huida de las palabras, la atribución al exterior de una moción pulsional, el costo en libertad personal; no sólo caracterizan fenómenos de la época, sino una posición subjetiva, la misma que Lacan reconoce como propia del hombre moderno.

Tenemos en esa lógica, que capta los efectos de retorno de la caída del padre simbólico como articulador del orden mundo, elementos para entender el auge no sólo de la prevención, sino también del consumo de tóxicos. Romper con el goce fálico es la función princeps que Lacan le atribuye a la droga, y la razón de su éxito.

Entiendo que hay, en la prevención, el desplazamiento, un tramo más lejos, del parapeto de la seguridad que proporciona el miedo.

El miedo es una de “las dimensiones de la Otra cosa”,3 que Lacan explora junto con la vigilia, el enclaustramiento, el aburrimiento, la plegaria: “…es estrecho el vínculo del miedo con la seguridad… en el fóbico la angustia se produce cuando ha perdido su miedo, cuando empieza a perder un poco su fobia… no sabe en qué lugares detenerse”.

Agrega también, “es sorprendente que no se descubriera el inconsciente antes, dado que está ahí –en la Otra cosa– desde siempre, y por otra parte sigue estándolo. Sin duda, es preciso saberlo en el interior para percatarse de que ese lugar existía”.

¡Contundente! Esa dimensión es propia de lo humano, está siempre ahí; podemos decir, hoy más que nunca. Depende entonces de que quien esté en el lugar de recibir una demanda responda apropiadamente con una escucha desprejuiciada de los detalles, para articular esa Otra cosa de una buena manera.  La dimensión del inconsciente es ética.

Lacan nos advierte sobre eso: “Apenas llega el hombre a cualquier lado, construye una cárcel y un burdel, es decir el lugar donde está el deseo, y espera algo, un mundo mejor, la revolución…”.

Los síntomas contemporáneos ponen a prueba los parapetos institucionalizados. El analista puede –en ocasiones debe–, participar en el trabajo en instituciones, pero no burocráticamente –esperando el paciente perfecto en un mundo mejor–, sino para hacerle lugar con su presencia a un uso no sugestivo de la palabra, un uso que haga valer el lugar de lo indecible. 

“El sujeto, hablando con propiedad, se constituye por un discurso donde la mera presencia del psicoanalista aporta antes de toda intervención, la dimensión del diálogo”.4 Una presencia, entonces, que soporta, que da soporte, que muchas veces hace posible soportar el hecho de ser hablantes.

Entonces, ¿Qué prevención? La de la formación que nos permita “circunscribir el propio horror”,5 para aceptar lo imprevisto, lo que no se sabe, el tratamiento de lo singular de cada lazo, en el esfuerzo de subjetivar lo que para cada uno es imposible de soportar, y decirlo bien.


NOTAS:
1 AA.VV., “Argumento de las VIII Jornadas del TyA – Córdoba”, Las paradojas de la prevención, disponible en http://www.cieccordoba.com.ar/investigacion/departamento-tya-cordoba/ensenanzas
2 Freud, S., “Lo inconsciente” (1915), en Obras Completas de Sigmund Freud, V. XIV, Amorrortu, Buenos. Aires, 1978, p. 177.
3 Lacan, J., El Seminario, Libro 5, Las formaciones del inconsciente (1958), Paidós, Buenos Aires, 2010, p. 181.
4 Lacan, J., (1953) “Intervención sobre la Transferencia” (1951), Escritos I, Siglo XXI, México, 2009 p. 210.
5 Lacan, J., (1973) “Nota italiana” (1973), Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 329.

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