Serás ¿lo que debas ser?

Serás ¿lo que debas ser?

Thereza Salazar - Temerários – Recorte em papel, 117 x 36cm, 2012.

Thereza Salazar – Temerários – Recorte em papel, 117 x 36cm, 2012.

Marcela Fabiana Mas – EOL – AMP

La época en la que desarrollamos nuestra práctica está signada por lo vertiginoso.

Se trata de una época en la que la imagen vale más que mil palabras y que, sin duda, se repite infatigablemente aunque hiera el pudor, vehiculice la mejor de las intenciones (como hacer justicia), o se utilice con fines políticos.

Además de propender al máximo de productividad, es necesario estar informado a toda hora. Sin embargo, el aumento de los canales en los que la información circula, no garantiza su veracidad, y la más de las veces, confunde.

El aumento de la preocupación por el medio ambiente y su cuidado coexiste con el empuje al consumo de nuevas tecnologías.

Los fenómenos de segregación, racismo, violencia e iniquidad van en franco aumento. Estos muchas veces se presentan como respuesta virulenta ante los movimientos que apuntan a la inclusión.

La conformación de la familia también ha variado como efecto de los cambios de las relaciones simbólicas. Podemos decir que se ha pasado de la familia tipo a tipos de familia: monoparentales, homoparentales, ensambladas o, de hecho.

Sírvanos esta apretada caracterización de la hipermodernidad como marco para las siguientes preguntas: ¿qué ocurre con las marcas identificatorias en el discurso actual? ¿Qué efectos produce en los cuerpos?

Variaciones del discurso

El término discurso aparece ligado a la definición de inconsciente propuesta por Lacan en 1953: “El inconsciente es aquella parte del discurso concreto en cuanto transindividual que falta a la disposición del sujeto para restablecer la continuidad de su discurso consciente”.1

Esta definición –solidaria del modo en el que concibe al síntoma en esa época– se opone a la correlación entre ambos discursos. La interpretación recae sobre aquella “parte” del discurso significativa, es decir, inconsciente, a través de lo que allí denomina puntuación afortunada.

Tomando como referencia el texto freudiano Psicoanálisis y telepatía, ubica al inconsciente como el discurso del otro que se repite.

Hacia 1964, Lacan produce un quiebre respecto del concepto de inconsciente que había mantenido durante su primera enseñanza, pues ya no se trata del sujeto alienado a la deuda simbólica del discurso del Otro.

Ya en 1969 caracteriza al discurso como una estructura necesaria que excede la palabra y que puede subsistir sin ellas. Considera a los discursos como un ordenamiento mediante el cual se escribe el lazo social a través de la utilización de cuatro matemas (S1, S2, sujeto barrado, a) que se distribuirán en cuatro lugares (Agente, Otro, producción, verdad).

Los discursos que de allí resultan, son efecto de la respuesta ante el goce y marcan un tipo de lazo social según quién ocupe el lugar del agente.

Los cuatro discursos que Lacan produce en ese seminario se sostienen en la imposibilidad como efecto de la castración.

Un año después, en el Seminario 18, propone la categoría de semblante para pensar los discursos: “Todo lo que es discurso solo puede presentarse como semblante, y nada se construye allí sino sobre la base de lo que se llama significante”.2

Subraya el genitivo objetivo, incluido en el título del seminario, para indicar que “se trata del semblante como objeto propio con el que se regula la economía del discurso”3 y que determina la posición de un sujeto.

Durante el mes de junio de 1970, Lacan es invitado a responder una serie de preguntas planteadas por Robert Georgin para la radio belga. Allí plantea un efecto del discurso de grave consecuencia: “Bastaría el ascenso al cénit social del objeto llamado por mí a minúscula, por el efecto de angustia que provoca el vaciamiento a partir del cual nuestro discurso lo produce, al fallar su producción”.4

Con el ascenso del objeto, el significante cae reduciéndose a signo, pues “cuando ya no se sabe a qué santo encomendarse (…), se compra cualquier cosa”.5

Esta promoción del objeto a plus de gozar que se encuentra en el corazón del consumismo es formalizada en la Conferencia que Lacan dicta en Milán en mayo de 1972. Es allí que introduce la fórmula del discurso capitalista, un discurso que califica de astuto.

Podemos ubicar que en verdad se trata de un falso discurso, puesto que se anula la imposibilidad al quedar el objeto plus de goce como objeto tapón de la castración.

Con este falso discurso, se producen objetos de consumo reclamados por el derecho de cada uno a gozar desenganchado del Otro, con el abrumador efecto de aburrimiento y aplastamiento del deseo.

La marca del padre

La época de la práctica freudiana mostraba que la renuncia pulsional, expresada como un mandato paterno: “hay que dejar de gozar”, reforzaba el superyó.

El imperativo actual se ha transformado en lo contrario: ¡hay que gozar!

Se trata de un verdadero empuje que marca un cambio fundamental en términos de discurso.

¿Qué ocurre con los ideales y con el superyó? ¿Llamaremos en este punto al padre prohibidor?

Hacerlo es sencillamente una invocación melancólica a un padre que nunca hubo.  Lacan lo indica en la última clase del Seminario La angustia, al distinguir el padre del mito freudiano de aquel que al confrontarse con el objeto a fracasa en su función de metaforización y nominación de un goce que queda por fuera de su operación.

En los nuevos tipos de familia que hemos mencionado anteriormente, la función paterna puede encarnarse en otra figura diferente de la del padre. De este modo, renovamos la incitación a la prudencia subrayada por Lacan en 1957, de no confundir la función paterna con los diferentes puntos de vista que implica una consideración ambientalista.

Esta función permite el armado de una novela, un mito que cubre un vacío estructural, mediante el cual el sujeto lamentará la imposibilidad de acceder a un goce.

La familia vehiculiza el “tejido de equívocos, de metáforas, de metonimias”,6 por donde circula la libido.

La pretensión de una crianza libre (de marcas de los ideales), sin interdicciones, es quizás la muestra de cierto horror, en algunos casos, a encarnar la función paterna.

Esa pretensión es una ficción diferente a la ficción del padre. Es una entre otras.

El discurso psicoanalítico no se lamenta por los cambios ni se constituye en una escuela para padres, sino que pone énfasis en los efectos sintomáticos que pueden condenar a un sujeto a la repetición.


NOTAS:
1. Lacan, J.: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, Escritos I, Siglo XXI editores Argentina, Buenos Aires, 1987, p. 248.
2. Lacan, J.: El Seminario, libro 18, De un discurso que no fuera del semblante, Paidós, Buenos Aires, 2009, p. 15.
3. Ídem
4. Lacan, J.: Radiofonía, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 436.
5. Ídem
6. Lacan, J.: Televisión, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, p. 541.
BIBLIOGRAFÍA:
Lacan, J.: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en Escritos I, Siglo XXI editores Argentina, Buenos Aires, 1987.
Lacan, J.: El seminario, libro 10, La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006.
Lacan, J.: El seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2002.
Lacan, J.: Radiofonía, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012.
Lacan, J.: El Seminario, libro 18, De un discurso que no fuera del semblante, Paidós, Buenos Aires, 2009.
Lacan, J.  Conferencia en Milán, 12 de mayo de 1972,  http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/2013/03/jacques-lacan-del-discurso.html
Lacan, J.: Televisión, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012.

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