Sorpresa y despertar

Sorpresa y despertar

Thereza Salazar - Serie Sortilégios,3 Impresión en ACM. 2012.

Thereza Salazar – Serie Sortilégios,3 Impresión en ACM. 2012.

Maria do Rosário Collier do Rêgo Barros – EBP – AMP

¿Cuál es la función del sueño? ¿Dormir o despertar?

El sueño preserva el dormir, pero también se topa con acontecimientos que nos hacen despertar. Hay un despertar para continuar envuelto en los elementos del fantasma en juego en el sueño. Pero el sueño consigue evitar el encuentro con lo que amenaza la consistencia del fantasma y que sorprende, incomoda e insiste en la vida despierta, muchas veces como una cuestión insoluble. No da para continuar dormido sin sacar las consecuencias de ese encuentro imprevisto en el sueño. Sacar las consecuencias de ese encuentro no es tarea fácil, y podemos decir que no se consigue realizarlo sin una orientación que preserve la dimensión de la sorpresa y que evite que ella quede adormecida en las asociaciones que provoca. Freud dice: “Si por un momento despierta al soñante, es que por un momento este se ha espantado la mosca que amenazaba perturbarle su dormir”.

Despertar para espantar la mosca que perturba el sueño y así poder continuar durmiendo, incluso después de haberse despertado. Sin embargo, el sueño sigue, sea el diurno o el nocturno; no se conseguirá anular el encuentro con la mosca. Preservar la dimensión de la sorpresa de ese encuentro es lo que va orientar las consecuencias de ella en la vida de cada uno.

Jacques-Alain Miller, en la apertura del Conciliábulo de Angers, “De la sorpresa al enigma”,  señala la diferencia entre la sorpresa y el espanto. La sorpresa realiza una interrupción, es discontinua, no podemos instalarnos en ella. Lacan, al final de su enseñanza, dice que no hay despertar más que fugaz. Es esta la dimensión que liga la sorpresa al despertar y la que me gustaría traer para pensar lo que el título de estas Jornadas trae en la ambigüedad de “La vida (no) es un sueño”. Lo que podemos extraer de esa ambigüedad son los efectos que el despertar fugaz en el sueño puede tener en la vida, que hace de ella ser y no ser un sueño. Las moscas que perturban el sueño están en la vida y el encuentro con ellas es siempre contingente.

El sueño relatado por Freud, que fue conocido por la frase: “Padre, ¿acaso no ves que ardo?”, fue tomado por Lacan en el Seminario 11 para indagar sobre el despertar. El padre duerme en la sala de al lado de aquella donde yace el hijo muerto. El padre delega en un viejo la tarea de continuar velando el cadáver de su hijo. Pero el viejo también se duerme y no ve que la vela cae sobre el cadáver y provoca una luz intensa. Ese estimulo luminoso desencadena el sueño que prolonga el dormir de ese padre cansado, pero que no le ahorra la sorpresa provocada por la frase del hijo dirigida a él en el sueño. La frase dicha por el hijo, al mismo tiempo en que trae a la superficie los elementos fantasmáticos que alimentan la culpabilidad del padre, que tantas veces se ausentó para dormir, despierta a ese padre culpable. Algo lo sorprende que lo hace despertar. En el propio sueño que prolongaba el dormir se da el encuentro inesperado con la queja del hijo: “Padre, ¿acaso no ves que ardo?” Ese es el encuentro que despierta, un encuentro fugitivo como insiste Lacan, tyché y no automaton. La cuestión que se presentó para Lacan, y que continua para nosotros analistas cada vez que escuchamos el relato de un sueño, implica una elección para no dejar enterrada en los elementos fantasmático que el sueño evidencia la sorpresa que irrumpe y realiza una ruptura. La mosca que precisó ser espantada dejó su marca en el sueño, del encuentro fugitivo con el hijo, no solamente debido a su muerte, que el sueño pretende desconocer al tornarlo vivo, sino el propio límite del padre para garantizar la vida del hijo.  Por eso mismo Lacan dice que esa es una experiencia de un padre en tanto padre. Es el límite del padre que se puede leer en ese sueño y es ese el elemento sorpresa que puede quedar enterrado en la culpabilidad del padre si no hay quien pueda leerlo a partir de lo real que realiza un corte, lo imposible propio de la relación de aquel padre con aquel hijo que varias veces se quemó de fiebre antes de morir.

No solamente de fiebre se quemó ese hijo. También tuvo una existencia atravesada por excitaciones, satisfacciones y goces que escapan a cualquier padre.

Para interpretar el sueño a partir de la perspectiva de lo real que despierta será preciso estar atento a las asociaciones que siguen a lo que lleva al límite de la referencia al padre en la interpretación.

Laca dice: “…Cuando todos duermen, tanto quien quiso descansar un poco, como quien no pudo mantenerse en vela, y también aquel, de quien sin duda no faltó algún bien intencionado que dijera: parece estar dormido”. ¿Cuál es ese despertar que se evita, dormido o despierto, en el sueño y en la realidad fantasmática que alimenta el deseo?

Lacan recuerda en ese seminario lo que para Freud despierta: el trieb. Y agrega que se trata de lo que no está allá, lo que del trieb no tiene representación. Indica a partir de ahí el doble trabajo del despertar, puesto que lo real que despierta “hay que buscarlo más allá del sueño -en lo que el sueño ha recubierto, envuelto, escondido, tras la falta de representación, de la cual sólo hay en él lo que hace sus veces, un lugarteniente”, un sustituto. El encuentro con lo pulsional tropieza necesariamente con el agujero propio de la pulsión, donde, podemos decir, está el ombligo del sueño, lo no reconocido, sin representación posible. Despertar para continuar dormido es la forma de evitar el encuentro con ese agujero imposible de taponar por todo el trabajo de elaboración onírico del sueño y de asociaciones en el análisis. En este trabajo, el agujero vuelve a insistir, pero será preciso señalarlo en tanto agujero para no transformar el encuentro fugaz en impotencia, en insuficiencia. Para que eso no suceda, el analista necesita estar advertido de la diferencia entre falta y agujero (manque et trou). La falta es un espacio vacío en lo simbólico, un lugar que puede ser ocupado por diferentes objetos. La falta permite la permutación, la combinatoria de elementos, que puede ser interminable tanto como el sentido buscado para interpretar el sueño. El agujero es real; en relación a este el objeto no está en la lógica de la sustitución, sino de la ex–sistencia. Lo que va a presentíficarse es el punto más cruel del objeto, la alteridad insoportable del objeto, como se refiere Lacan al encuentro fugaz del sueño. Se trata de un agujero que no puede ser taponado, sino cicatrizado, dejando así una marca indeleble.

El trabajo de elaboración onírica y de asociación en el análisis es necesario, siempre que se pueda estar atento a las paradojas, a los puntos de contradicción e incluso al agujero en el relato. No para completarlo, ni mucho menos para eliminarlo, sino para sorprenderlos.

Me gusta mucho lo que J.-A. Miller dice en la apertura del Conciliábulo de Angers: el analista no solamente como el sorprendido por el analizante, ni el sorprendente, sino el sorprendedor (surpreneur) de lo real. Si el analista escucha a partir de un saber ya sabido de las significaciones conocidas, permanece cerrado a la sorpresa y servirá de obstáculo para las consecuencias que cada uno tiene que sacar del encuentro con lo no representado que hace agujero.

El despertar es fugaz; se trata de un instante. Lacan se refirió a este como un pequeño despertar.  Freud ya lo decía, no podemos mirar de frente el sol. Pero son esos instantes de despertar que abren hacia otros modos de sostenerse en la existencia, a los que Lacan dio el nombre de sinthome, marca dejada por la cicatrización del agujero que permanece como letra viva en el cuerpo.

Traducción: Silvina Molina

NOTAS:
1.Freud, S., “La interpretación de los sueños” (1900), Obras completas, V. V, Buenos Aires, Amorrortu, 1976, p. 570.
2.Miller, J.-A., “De la sorpresa al enigma”, Los inclasificables de la clínica psicoanalítica, Buenos Aires, Paidós, 2005.
3.Lacan, J., El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos del psicoanálisis (1964), Buenos Aires, Paidós, 2010, p. 67.
4.Ídem, p. 68.

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