Dar lo que no se tiene…

Dar lo que no se tiene…

Pablo Reyes*

La definición del amor podría llevarnos a largos tratados, como el de Pierre Rousselot[1]. En contraposición, Lacan prefirió un estilo aforístico para cernir aquello que está en juego en el amor, dejando la tarea de descifrar los cimientos que sostienen sus enunciados. El aforismo “el amor es dar lo que no se tiene”[2] es ciertamente un buen ejemplo de esto, las referencias son pocas y más bien reflejan el uso de algo ya sabido. Por esto, este artículo busca descifrar los cimientos de esta frase en dos tiempos: explicitar el origen del don de amor y explicitar cómo se produce su “ofrecimiento” al ser amado.

La metáfora paterna en el origen del don

El don de amor proviene de la estructuración edípica del deseo, resultante del encuentro del cuerpo con el lenguaje. En los seres hablantes, las necesidades no se reducen al funcionamiento del instinto, pues se ven alteradas por el lenguaje[3]. La madre simbólica instituye la primera inscripción significante que opera bajo la lógica de presencia y ausencia[4]. Esta alternancia introduce el enigma de su deseo, al que el niño va a responder con la identificación al objeto de este deseo. La identificación fálica es una respuesta a la pregunta qué soy para el Otro, de ahí que la encrucijada sea: “ser o no ser, to be or not to be, el falo[5].

Producto de los primeros intercambios simbólicos se van a producir los modos de fallar que impulsarán la demanda del niño y con ello su primera interpretación del amor. El amor se dirige al ser y no al objeto, y si bien el niño lo sabe, esto “no quiere decir que el niño haya hecho filosofía del amor, que distinga, por ejemplo, el amor y el deseo”[6].

Así, la incidencia del objeto de don no es positiva, no es un objeto material que se da, sino que se hace visible por la frustración misma que introduce su falta. El “descuido” de la madre introduce al niño en el amor por una “falta de amor”, es decir, por aquello que en el cuidado la madre daba de “demás” sin darse cuenta: hacer del niño el objeto de deseo o de amor.

Es esta identificación al falo –el objeto don que le falta a la madre –, la que el niño debe sacrificar, para luego hacerlo circular como objeto de privación y de castración en el segundo y tercer tiempo del Edipo. El objeto fálico circulará como objeto de don en toda demanda al Otro, pero se mantendrá como “intangible” e “invisible”, circula como falta y que, al final de la metáfora paterna, nadie tiene[7].

De lo señalado se retienen  tres aspectos. En primer lugar, en la dialéctica edípica se parte siendo amados, para luego abandonar esa posición y devenir amantes: de ser el falo a buscar quien lo tiene. En segundo lugar, pedir el falo en el amor, el objeto de don, introduce la dimensión de la “otra cosa”, que se infiltra en la demanda de amor como una falta. En tercer lugar, queda pendiente cómo se moviliza esa falta para “darla al otro” en el amor.

La joven homosexual como paradigma de la metáfora del amor

En La transferencia, el problema del amor se aborda en la dialéctica del amado y el amante[8]. El amante, erastes, se define por estar en falta de algo que desconoce y quiere. El amado, erôménos, guarda un objeto que ni él ni el otro no tiene acceso y que se ama en él más que a él mismo.

De este modo, la metáfora del amor no se reduce al encuentro de dos seres, sino que su soporte es una metáfora. Ella implica pasar de la posición del erôménos a erastes, gracias a la sustitución de la primera posición por la segunda[9]. Dicho de otro modo, amo al otro a partir de aquello que me constituyó como amable y que, por el complejo de Edipo, no soy ni lo tengo. Por lo tanto, hago del otro su soporte, lo marco con mi propia castración.

El comentario de Lacan sobre caso de la joven homosexual es muy ilustrativo[10]. Durante su infancia quiso ser amada por su padre pidiéndole un hijo que nunca llegó. Este hijo ocupa el lugar simbólico del falo, que marca su falta como sujeto deseante. Más adelante en su vida, esta carencia desempeñará un papel metafórico en su amor por la Dama. La joven se comporta con ella como un caballero de brillante armadura en las coordenadas del amor cortés. Está dispuesta a dar todo lo que tiene y no tiene por el ser amado. En esta posición se produce la inversión de la situación infantil, ya que ahora es la joven homosexual la que puede dar aquello que no tuvo en la infancia.

De este modo, aunque en el encuentro amoroso podamos pensar en la existencia de un vínculo entre los dos seres humanos, los amantes, no hay un encuentro real de un sujeto con otro sujeto. En cambio, en la relación amorosa existe una relación del sujeto con el objeto e incluso, de manera más radical, de un sujeto con una falta[11]. El objeto en cuestión no es otro que el objeto de la castración, cuya pérdida inaugura la entrada del sujeto al orden significante.

El ser amado se sitúa en el lugar del objeto del deseo, pero siendo una sublimación de éste. Freud lo indica al señalar que el objeto de amor es un objeto cuya finalidad sexual está inhibida, o más exactamente que es el objeto de deseo más oculto y sustituido por el Ideal del yo[12].

Así, aunque en el encuentro amoroso puede existir encuentro de dos faltas, ellas no son complementarias. Existe en el amor un encuentro ilusorio, ya que el sujeto no conoce el objeto a que está en la base de la investidura libidinal del otro amado. Por lo tanto, no se ama directamente a la persona, se ama con lo que no se tiene, y eso se le ofrece al otro convirtiéndolo en soporte de la propia castración.

 

* Asociado Nel-Santiago

[1] Rousselot, P., Pour l’histoire du problème de l‘amour au moyen âge, Vrin, Paris, 1981.
[2] Lacan, J., El seminario, libro 8, La transferencia (1960-1961). Paidos, Buenos Aires, 2003, p. 45.
[3] Lacan, J., El seminario, libro 5, Las formaciones del inconsciente (1957-1958), Paidos, Buenos Aires, 1999, p. 389-sq.
[4] Ibid., p. 194-sq.
[5] Ibid., p. 191.
[6] Lacan, J., El seminario, libro 4, La relación de objeto (1956-1957), Paidos, Buenos Aires, 1995, p. 183.
[7] Lacan, J., El seminario, libro 6, El deseo y su interpretación (1959-1960), Paidos, Buenos Aires, 201Y, p. 381-sq.
[8] Lacan, J., El seminario, libro 8, La transferencia (1960-1961), op. cit, p. 45-sq.
[9] Ibid., p. 51.
[10] Lacan, J., El seminario, libro 10, la angustia (1963-1964). Paidos, Buenos Aires, 2004, p. 122-sq.
[11] Lacan, J., El seminario, libro 8, La transferencia (1960-1961), op. cit, p. 439.
[12] Freud, S., “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), Obras completas, V. XVIII. Amorrortu, Buenos Aires, 1986, p. 105.

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