El amor no es para cobardes

El amor no es para cobardes

Lavia Mariela – EOL/AMP

Dos desconocidos están en una cabaña. Por el ventanal se ve caer el agua y más a los lejos se visualiza una laguna.

Hace frío, el hogar a leña mantiene el ambiente cálido. Dos cuerpos se abrazan mientras disfrutan una taza de café y una buena charla.

En la cabaña, la música de la lluvia permitirá que las miradas perdidas, tras la ventana, se encuentran en un abrir y cerrar de ojos. Un destello de luz que impide que se separen. La mirada de uno se conecta con la mirada del otro y es una conexión tan pero tan fuerte que ni el trueno, ni el rayo hace caer ese devenir. Dos desconocidos ahora se funden en un mirar tan profundo que se estremecen.

Ella quiere besarlo, pero espera que sea él quien de ese paso. Él desea su boca, pero sus dudas no le dejan vencer el miedo y quedará haciendo cálculos incalculables. El tiempo pasa, pero esa mirada no se rompe, no se separa, perdura.

El deseo se hace sentir entre esos dos desconocidos, pero el problema es cómo cada uno de ellos hace con eso, con el deseo.

Ella quiere, el no se anima. Ella espera, el desespera en su locura obsesiva, pero en esta encrucijada, las miradas hablan por estos dos cobardes.

Ella temía volver a sufrir una decepción, pero algo era más fuerte; a él se le hacía un nudo en la garganta de solo verse involucrado en las cuestiones del amor.

Para salir de la situación embarazosa él le propone una copa, ella acepta. Los labios se mojan en el alcohol. Nuevamente la mirada se apodera de estos dos.

Se acercan lentamente y sin pensarlo, empujados por una química particular, en una fuerza de atracción, los encuentra un beso. La radio dejaba sonar aquel tema musical que iba dando letra a ese acto. Un acto, un encuentro, un dejarse llevar, un momento, un acontecimiento y estos dos desconocidos se veían fundidos en ese beso tan pasional que hizo que la razón dejara paso al desenfreno, al encuentro de los cuerpos. Y ahí nomas, justo ahí, en ese preciso momento ambos se vieron, se escucharon, se reconocieron en un sonido, un gemido, un abrazo, una caricia, un encuentro. ¿Un re-encuentro? Eso tan deseado por ambos, pero olvidado, reprimido, ignorado, inhibido. Un volver, un volver a confiar, un volver a divertirse, a reír, a sentir algo por alguien. Una entrega sin miramientos y haciendo que el amor haga su entrada triunfal.

Donde se creía que el amor había muerto, estos dos desconocidos volvían a apostar y así concluían que el amor no muere, sino que renace una otra y otra vez si se lo busca.

Ella despertó esa mañana con una plenitud desconocida. Tanteo la cama, pero él no estaba, pero las sábanas aún permanecían calientes. Se preguntó ¿dónde habría ido?, ¿volvería? Una incertidumbre se apoderaba de ella, como la angustia hacia su entrada principal; ¿sería una nueva decepción? Deseaba con toda su alma que se repitiera lo de esa noche, donde los besos, las caricias y la penetración de ese hombre habían tocado lo más profundo de su ser. El deseo estaba vivo y caliente, como aún esa cama donde ella permanecía y se dejaba llevar por los olores y los recuerdos de esa excelente noche. Inolvidable.

El amor no es para cobardes.

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