El amor y el orden de hierro

El amor y el orden de hierro

Marcela Ana Negro – EOL/AMP

Introducción

En el seminario 21,[1] Lacan señala: que el Nombre del Padre es la función que vuelve ejercitable el amor, que quien transmite el nom-non es la madre, y que puede ser que ella elija  para el hijo no el orden del padre sino el orden de hierro (que rechaza amor y castración). Agrega que esto caracteriza nuestra época.

¿Qué quiere decir ‘no es ejercitable’? ¿Cómo transmite la madre el amor al padre? ¿Qué la lleva a elegir un orden u otro? ¿Qué enseña la clínica con niños al respecto?

La operación del amor en la constitución subjetiva

La puesta en función del deseo de la madre es plena de consecuencias estructurantes para la subjetividad del niño. Su vuelta, luego de su caprichosa partida, introduce el circuito del amor que hace, del objeto un don, y de la presencia de ella, su signo.

Ese deseo, que surgió de modo traumático, sumiéndolo en el desamparo, ahora lo incluye. Pero si la madre vuelve, es a dar porque no tiene, a darle la falta que él le hace a ella. El niño entra no-todo en su deseo, que es de no-toda madre.  Así se instala la operación del amor: dar lo que no se tiene a quien no lo es. Dar la falta es hacer una transmisión de lo imposible pues implica poner en juego lo imposible de dar.

Si el don falta, el niño busca compensarlo y lo hace vía la satisfacción pulsional con el objeto o su sustituto. Cuando el don que se niega es la palabra, se establece un uso pulsional de ella. Eso es el superyó materno.

Esas “determinadas palabras”[2]  al ser ingresadas en el circuito pulsional producen la demanda de amor. Una vez que se ha hecho la experiencia del desamparo, el deseo de recibir amor se va a anudar a la demanda –no son lo mismo: esta tiene carácter incondicional, absoluto; es la pretensión de que se dé sin límite.

Don, signo y demanda de amor son términos vinculados, pero no idénticos. En el Seminario 14,[3] Lacan habla del gesto de amor y lo describe como algo que marca el cuerpo. Marcarlo es producir un corte, un agujero. El gesto de amor incluye el cuerpo: el del niño y el del Otro. Se dirige a tocar el cuerpo; pero, además, se hace con el cuerpo.

La transmisión de un amor ejercitable

Realizar la metáfora del amor por la cual, de ser objeto amado, el niño pase a la posición de sujeto amante, a amar al padre, es un pasaje que implica ir desde la madre hacia el padre. Dado este paso, el niño deviene sujeto de la falta. Y ese viraje lo produce ‒o no‒ la madre.

La elección del orden de hierro implica coartar el viraje desde el amor de la madre por el niño, al amor del niño por el padre. Sacrificado el orden del padre, se instala una dificultad para ejercer el amor. La madre que no transmite la función del padre empuja a ingresar en un orden de hierro ‒que es el del superyó‒, uno de cuyos efectos es la obstaculización de la operatoria del amor: esa que hace lazo, que hace condescender el goce al deseo.

Pero, ¿esta es una elección de la madre o es una insondable decisión del ser de ese niño?, ¿por qué se tomaría esa decisión?, y ¿cuáles son sus implicancias?

Si hablamos de la madre, debemos distinguir y entrelazar función y encarnadura. Ello depende del lugar subjetivo que da el niño a las operaciones que realiza la función: qué Otro se arma con la contingencia del encuentro con esa que oficia la función materna; en qué momento él se confronta con el deseo de la madre como deseo del Otro; qué lugar hace a lo que viene como don de amor ‒y a su negativa‒; con qué construye el capricho materno; en suma, cómo interpreta “sus carencias” (que es exactamente lo que introduce el Otro primordial bajo distintas formas) y las sustituciones en las que se fija o las suplencias que le inventa.

En este que es el desarrollo normal, puede suceder que, aun contando con el Nombre del Padre, el niño decida no esperar los tiempos subjetivos que se requieren y se apresure tomando, como única solución, los significantes negados como don por la madre. La elección de no esperar al padre implica una detención en el desarrollo ‒lo que la vuelve una solución “atípica”, como la llama Lacan. Supone una falla en la constitución de la función del amor (lo cual obstruye la posibilidad de hacer condescender el oscuro y enigmático deseo de la madre ‒lindante con el goce‒ al deseo, permitiéndole entrar en el circuito que instituye el deseo del hombre como deseo del Otro). Si la elección es por la vía de la madre, el niño contará con el NP pero no podrá servirse de él. Traba  la transmisión de la falta y de lo imposible. Será un Otro que no da lo que tiene (los significantes que niega como don) en lugar de dar lo que no tiene.[4] Y si el sujeto no puede hacer la metáfora del amor, mal podrá amar. El efecto es la caída en la estructura del orden de hierro, que es el orden de los Unos solos: significantes sueltos, absolutos, significantes de goce.

Niños hierro y operación del analista

Vemos en la clínica con niños ciertos casos que dan cuenta de este apresuramiento del sujeto en constitución que decide la elección por el lado del orden de hierro.[5] Ellos manifiestan  un rechazo al Otro, bajo la forma de una defensa implacable, y de una transferencia negativa: son niños confrontados sin herramientas a la inexistencia del Otro.

El analista ofrece  introducir la dimensión del amor ‒entendida como una operación lógica a realizar por la función del deseo del analista‒ que consiste, fundamentalmente, en invitarlos a amar su falta en lugar de gozar de rechazarla, por la vía de separar el amor de su demanda.

 


[1] Lacan, J., El Seminario 21, “Los no incautos yerran”, clase del 19/3/74, inédito.
[2] Lacan, J., El seminario, Libro 4, La relación de objeto (1956-57), Paidós, Buenos Aires, 1994, p. 177-8.
[3] Lacan, J., El Seminario 14, “La lógica del fantasma”, clase del 10/5/67, inédito.
[4] Se sugiere la lectura de Indart, J. C., Sobre el ideal y el ser nombrado para, UNSAM, Buenos Aires, 2019.
[5] Negro, M., “Soluciones por la vía del superyó de la madre”, Incidencias clínicas de la carencia paterna, Grama, Buenos Aires, 2019, pp. 137-142.

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