El negacionismo y su campo de aglomeración

El negacionismo y su campo de aglomeración

Marcelo Veras – AME de la AMP/EBP

Brasil explotó como el epicentro de la amenaza mundial de la pandemia. La imagen del país del carnaval se modificó, en estos días, asociada ahora al ritmo comandado por la pulsión de muerte. El boom actual, que convirtió a Brasil en el país con mayor número de muertes diarias, sucedió en el verano, un poco como lo ocurrido en Europa. Fue un verano de fiestas, algo como el triunfo sobre el padre severo, tal como Freud lo describió en su texto tardío “El humor”. ¿Qué lleva a alguien a querer participar de una fiesta en una quinta, mil personas, más aún, en pleno momento de una expansión sin precedentes del Covid 19? Es más fácil comprender la lógica que promueve las pequeñas fiestas, en las que las personas se quieren encontrar con sus compañeros de clase, su familia, sus colegas del gimnasio. Pero nadie consigue conversar con más de cincuenta personas en una fiesta. Ciertamente otro deseo está en juego al querer participar de algo donde se sabe que no será posible abrazar a todos, abrazar el todo universal.

Algunos puristas se pueden indignar cuando comparo, sin hacerlos equivalentes, los campos de concentración con los campos de aglomeración. Pero para mí ambos están regidos por dos puntos en común: el discurso del amo y la pulsión de muerte. Es más fácil aislar el mal cuando tenemos la figura del líder; esa es la lógica bastante conocida de la psicología de las masas freudiana. Pero aglutinarse en plena pandemia no es la misma cosa que encontrarse con veinte amigos; un fenómeno de masa está en juego. Por más que haya la figura de un bufón diciendo que todos se deben aglutinar, es difícil concebir que todos se convirtieran en bufones.

Participar de una fiesta al precio de jugar con la vida, se hace más fácil cuando renunciamos al sentido crítico y nos adherimos a la lógica de “lo que todo el mundo esta haciendo”. ¿Qué lleva a alguien a querer renunciar a su individualidad para convertirse en rebaño, tal como lo vemos en fiestas cada vez más grandes, en plena segunda ola de la pandemia? Formar parte del rebaño es siempre una liberación del superyó, es el triunfo sobre el padre, como afirmó Freud en su texto “El humor”.

No es por el lado de la coherencia que encontraremos la respuesta. Eso ya lo constatamos. No hay triunfo de la razón, y eso es claro que puede desagradar a los que piensan que la debilidad del momento actual es la incapacidad de colectivización de una indignación. “¿Por qué no vamos a la calle?”, leo y escucho siempre. ¿Por qué frente al espectáculo de la muerte con actores políticos identificados predomina la resignación?

El acontecimiento de la invasión del Capitolio en los últimos días del gobierno de Trump es una parte de la respuesta a esa pregunta.  Por más fuerte que suene, es la constatación de “Psicología de las masas…”: permitirse aglomerarse no necesariamente implica un acto de valentía. Aquel joven indignado que se siente un cobarde y que cuando ve la multitud rebelándose ahí adhiere, no se convierte en un héroe. Aquel xenófobo que simpatiza con Trump y al ver el movimiento en Washington resuelve explotar la democracia americana, tampoco es movido por la lógica.

El mundo cambió, y las aglomeraciones no se realizan exclusivamente en nombre del líder. Es preciso entender la lógica que hace que el deseo de ser rebaño en una fiesta de verano sea mas fuerte que el super yo que dice no al goce. Encontramos el primer punto en común: la pulsión de muerte. El psicoanálisis muestra que debido a la pulsión de muerte, ni el hombre bien informado escoge mejor. Ahora el segundo punto es más problemático, que es el líder que incita a esas aglomeraciones que se convierten en campos de muerte.

La respuesta fue dada la misma noche en que el Capitolio fue invadido. No fue Trump quién comandó la invasión, por más que haya sido él el que haya vociferado. Fue Twitter. Por eso el mismo Twitter, poco después del hecho que podría tener proporciones avasalladoras para la democracia americana, lo canceló. Los nuevos campos de la muerte no pasan tanto por los líderes populistas, por más que ellos tengan un papel en esta tragedia –como es en el caso de Brasil–, sino por la manera inédita en que la voz áfona del super yo descubrió que se puede pasar del padre y susurrar en el smartphone que se encuentra en su propia mano.

El negacionismo no es un discurso, es un modo de gozar.

No se trata de un discurso. El núcleo del negacionismo es la división encarnada en la identificación populista. Por un lado, ella busca seguir al amo, pero en el fondo ella moviliza el goce del cuerpo. Una conexión entre el trazo identificatorio (einziger zug) y el cuerpo que se hace fuera de la dialéctica, del romance de las significaciones. Es decir, el símbolo y sus resonancias en el cuerpo se conectan sin que los equívocos de la significación estén presentes. Donde debería haber un triangulo (a, a’ y el Otro mediador de la palabra), hay simplemente una comunicación es espejo: les hablo a ellos.

Por eso el negacionismo no es como el discurso de la histérica, que destituye al Otro del saber para hacer valer el espejismo de su singularidad. Su negación es más radical. Perciban que hay una inversión, lo que más necesitamos es reactivar nuestros dispositivos de creencias, y no de certezas. Todo lo que nos es solicitado para enfrentar la pandemia es que volvamos a creer en el Otro, en este caso el Otro de la ciencia. Creer en el Otro de la ciencia significa creer en un Otro que siempre nos traicionará, porque la ciencia no sabe nada de la verdad. Pero eso es de estructura; solo las pseudociencias prometen la verdad. ¿Y por qué el negacionismo gana cada vez mas espacio? Precisamente, por el hecho de no ser un discurso no busca ningún Otro, no intenta transmitir ningún mensaje, no busca creer (que es siempre una apuesta), sino solamente concluir con una certeza, sin argumentos.

Estamos ante un modo de gozar que descarta la palabra del Otro. Lo curioso es que es así en el delirio. El delirio solo se constituye en certeza por el hecho de que él moviliza el goce que sentimos en el cuerpo, más allá de la trama sinuosa de los sentidos del Otro. Por eso es tan ineficaz discutir con un negacionista como con un paranoico: no se trata de verdadero o falso, se trata de una captura imaginaria que niega al otro para sostener su certeza/goce. Digo eso sin ninguna moralización de la paranoia, incluso porque la clínica psicoanalítica, tal como Lacan la elaboró, trata la cuestión de la paranoia con un profundo respeto. Algo de ese respeto es necesario para que podamos despertar a los negacionistas. No será por la vía de la segregación que obtendremos algún resultado.

Traducción: Silvina Molina
Revisión: Silvina Rojas

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