El psicoanálisis em la instituición carcelaria

El psicoanálisis em la instituición carcelaria

Viviana Berger – NEL/AMP

Desde hace tiempo los analistas hemos asumido el compromiso ético de trasponer los muros de nuestros despachos y tomar parte activa en los dispositivos comprometidos con la salud mental en nuestras ciudades. No sólo se trata de sostener la presencia del discurso del analista y sus consecuencias prácticas en la institución sino, en una perspectiva más amplia aún, consentir al envite al que, en tanto tal, el analista está llamado: “Allí donde está la subjetividad de la época, allí el analista debe advenir”[1]. El deseo del analista está, pues, convidado a tomar posición respecto de los síntomas de la actualidad, comprometido también, de alguna manera, a demostrar en acto en este campo la utilidad pública del psicoanálisis.

Más que ningún otro sector, la criminología nos confronta con el real más extremo de la sociedad: aquí el sujeto se encuentra mayormente imbrincado en los circuitos de las violencias, donde habitualmente el crimen se aviene con la locura, para finalmente quedar contenido entre los muros de los dispositivos carcelarios que ofrece el sistema como respuesta, y dependiente de las políticas de re-inserción psico-social, cuyos impases demandan nuevas perspectivas y respiradores para su acción.

Será el analista aquél interesado en leer el signo donde aún el sujeto resiste, cuya escucha seguidamente habilitará al sujeto un decir sobre su padecimiento -testimonio descarnado de los resortes de los síntomas de las violencias en nuestros días. La presencia del discurso del analista en la institución carcelaria promoverá, pues, la restitución de la dignidad del sujeto allí donde se impone la inercia a su objetalización, apuntando a despejar algún margen posible para su existencia a nivel del discurso y el restablecimiento del lazo con la palabra.

Dócil a lo real y con un deseo de saber que no se rinde, el analista se dejará enseñar a partir de la singularidad de cada caso para ir develando la lógica del crimen uno por uno, convirtiendo los expedientes que documentan la objetividad de los datos en casos clínicos con particularidades únicas más allá de toda categorización, quitando al sujeto de su anonimato. Su intervención transformará los hechos en dichos y el delito en un acontecimiento a interpretar: iluminando el pasaje al acto, el momento de desencadenamiento, el comando de una voz, la consecuencia de un delirio. Dice Éric  Laurent: “también (los analistas) deben saber transmitir la humanidad del interés que tiene para todos la particularidad de cada uno… y transformarla en algo útil”.[2]

Quizás lo más interesante resulte que en tanto causa de transferencia, los efectos de su presencia se reflejarán en el decir de los profesionistas, quienes más allá de su deber para con el Ideal de la institución, imbuidos de la dimensión de la palabra, a través del hablar y el oír, sabrán formular su pregunta. Cito a Miquel Bassols: “no hay tampoco “el analista en la institución” sino presencia del discurso del analista como causa de la transferencia en cada institución, de la transferencia de cada sujeto con su inconsciente, verdadero amor de todo semblante institucional.”[3]

Podríamos decir que en la institución esto vale para cada uno de los actores implicados, no sólo los pacientes. En la medida en que el analista con su acto recuerde la banalidad del sentido de las palabras, opere como el dedo elevado de San Juan tal como Lacan evoca en “La dirección de la cura”, señalando cómo somos hablados, que la referencia del lenguaje no existe, habitará en la institución la perspectiva de lo real más allá de la realidad. Y esto no es cosa menor, preservará en la institución la perspectiva de un espacio donde habita algo del campo del deseo del Otro más allá de la función contenedora y asilar que en general le demanda lo social.

Por otra parte, el analista no está exento de quedar capturado ¡él también! en esos muros, en lo que conlleva prestar el oído al sujeto que habita allí encerrado, y aun, aislado, inusitadamente resiste su tragedia. Hacia el final del texto “Jacques Lacan: observaciones sobre su concepto de pasaje al acto” Miller llama a la humildad en lo que respecta a la pulsión de muerte, advierte en relación a la posición del analista, y dice que el analista debe saber que no se la puede impedir. “Vi a Lacan en el Hospital de Sainte-Anne, (…), en algunas presentaciones de enfermos, considerar que había ciertas personas a las que no era posible sostener, que acabarían por encontrar su destino, su destino de desaparición.” Ese saber sobre la pulsión, para el analista, sólo puede decantar del saber sobre su propio incurable.

Finalmente, a mi modo de ver la institución carcelaria recuerda con toda nitidez el enunciado de Lacan “No cabe la esperanza” –en el sentido que no es cuestión de sostener a ciertas personas en contra de su destino de desaparición sino, en tal caso, se trata del ejercicio de la posición del analista “pastor de lo real”[4] capaz de responder con su presencia ante “lo imposible de soportar”.

La escucha sin esperar, sin abrigar esperanza, abstinente de todo ideal de re-habilitación y normalidad (más allá de la institución), sin intención de que la cosa ande bien, ni buscando solución. Una escucha que soporta lo que llamamos “la dimensión trágica de la clínica”, ante la cual “los psiquiatras o el psicoanalista son de hecho impotentes para obtener efecto alguno.”[5]

El analista, así advertido, será entonces humilde servidor para este campo.

 


[1] Bassols, M., El psicoanálisis y la subjetividad de la época, en blog spot.
[2] Laurent, É., El analista ciudadano, Psicoanálisis y salud mental, Editorial Tres Haches.
[3] Bassols, M., La acción lacaniana, texto presentado en el II Encuentro Elucidación de Escuela: La acción Lacaniana de la ELP en lo social.
[4] Miller, J.-A., Un esfuerzo de poesía, Editorial Paidós, p. 274.
[5] Miller, J.-A., “Jacques Lacan: observaciones sobre su concepto de pasaje al acto”.

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