Entre el goce y el deseo: la “Ventilación Amorosa”

Entre el goce y el deseo: la “Ventilación Amorosa”

Gabriel Racki – EOL/AMP

El analista ventila

¿Que será el deseo del analista si no es la incitación decidida a que el ser hablante consienta a ventilar el afecto parasitario y asfixiante que condensan ciertos significantes de su síntoma?

La incidencia sobre el afecto mortificante, incluso hacerlo “inofensivo”, es el modo simple en el que J. Lacan formula la practica en “Palabras sobre la histeria” [1].

Alejado de pretensiones de hacer de nuestra clínica un procedimiento científico-algorítmico que dé como resultado una fórmula verdadera que resuelva la existencia.  Se trata de un sesgo menos pretensioso, y con cuerpo.  No es una pura operación de reducción, sino un acto decidido de “ventilación de afectos”.

Tal vez así definida la acción del analista, en “lengua de afecto”, nos permita releer y retomar el aforismo canónico del Seminario 10, en la clase justamente titulada “Aforismos sobre el amor”: “Solo el amor permite al goce condescender al deseo “ [2].

La brújula de JA Miller, nos fue indicando la progresiva “corporización” del goce en la enseñanza de J. Lacan.  La sustancia de goce es el cuerpo, y el significante mas allá de su valor comunicativo percute goce en el cuerpo. La traducción subjetiva de dicha percusión es el afecto. Y podemos decir que el significante puede producir un afecto angustiante, de fragmentación corporal, como también un afecto de animación y entusiasmo.

En esa tarea de” ventilación afectiva” de los significantes sintomáticos estamos cotidianamente en el lazo transferencial.   El amor palpita en ese” entre”, en ese pasaje del significante de un regimen de mortificación de goce a un efecto de animación y deseo. Cuál es el hábitat de ese “entre” del amor, es nuestra siguiente pregunta.

El amor “entre”

En términos del Seminario10 podemos tomar ese lugar de médium del amor en la dialéctica del sujeto con el Otro. De una apetencia de goce, de saturarse de modo autístico con el propio cuerpo, solo se sale por la aspiración de encontrar el objeto de esa apetencia en el Otro. Eso requiere consentir a la falta de objeto en el propio cuerpo, y atribuírsela al Otro, ¡esa es “la magia del amor”!

Es la definición de la constitución del sujeto deseante, que a partir de condescender a la castración “aiza” al Otro. Desde esta perspectiva, el hábitat del amor es al lazo con el Otro agente de la castración.

¡Es una dimensión del amor! una mágica contingencia, que anima a dejar el autoerotismo de la pulsión y a libidinizar la causa del deseo en el Otro. Y a partir de esa cesión al Otro, el sujeto se pone a parlotear sobre la causa perdida e inasimilable al significante, tanto en sus lazos habituales como en el lazo transferencial.

Desde esta perspectiva podríamos decir que el amor como médium es “un agregado”, algo externo a la estructura del hablante que permite mediar en el transito del goce al deseo, y el analista ejerce ese pasaje en la transferencia. Es lo que la medicina llamaría un “facilitador de la adherencia al tratamiento”, pero la propia operación clínica tiene otro resorte. Dicho así nuestra “ventilación afectiva” requiere de cierto amor al Otro para que se produzca. Esa lógica esta resumida por Lacan en el Seminario 21: el verdadero soporte del “decir que no” del nombre del padre es el amor.[3]  Amor a la remisión de instancias como se explica en esa clase.

Es una frecuencia del amor: una buena adherencia al Otro, que permite el pasaje a una posición deseante y también a ser un analizante entusiasmado con su inconsciente.

Sin embargo, ¿que ocurre en la época del discurso capitalista, cuyo imperativo lleva a colapsar la falta, “las cosas del amor” están forcluidas[4] ,  y el amor al Otro agente de la castración en sus variadas formas, que incluyen el lugar prestigioso del clínico, han declinado (como viene comentándolo Lacan desde sus primeros seminarios)?.  ¿cómo pensar el amor en juego en la transferencia más allá del padre, o de los oropeles del “Otro que sabe” para ganarse esa confianza? Tal vez, eso fuerza un paso mas la pregunta por el amor como médium.

El amor inserto en el síntoma

Un poco antes que el aforismo del amor, Lacan sitúa en ese lugar de médium a la angustia. Es muy preciso su lugar de hiancia entre goce y deseo.[5]  Habla allí de cierta precipitación temporal de la angustia, no en el sentido de una prisa, sino de una “realización”. La angustia en el lugar de cierta realización, que la hace corresponder al segundo tiempo del fantasma pegan a un niño. El del sujeto implicado en el goce.  Es en el instante en el que en el fantasma condensa cierto sueño de realización pulsional, que se “realiza” la angustia como un afecto que arrasa con el lugar del sujeto deseante. Explicación de gran potencia clínica: la angustia en el borde preciso del borramiento de la posición deseante. A su vez, condición o bisagra para que esa posición pueda emerger más allá de la captura fantasmática.

Mas razones encontramos entonces en el Seminario 10 para resaltar la expresión “ventilación de afectos”, y ligarlo a ventilar el afecto angustiante correspondiente a un instante de cierta realización fantasmática.

Es muy aprovechable que en ese mismo intervalo sitúe el amor. El hábitat del amor como afecto que ventila, desde este ángulo no es solamente el lazo al Otro, sino que habita los márgenes del fantasma.

Allí, precisamente donde los significantes del síntoma están en el régimen de repetir el guión fantasmàtico, anida el germen de la angustia o la chance de otro uso del significante, que ventile el afecto pulsional-fantasmático y disarmonico, un uso equivoco, de witz, más abierto que el hacer el todo pulsional-objetal- fantasmático .

Se trata de una relación del significante que afecta al A barrado y no a un A que ya tiene escrito el guion.  Es una buena referencia también para resaltar que la regla loca de asociación libre no solo promueve un saber escrito en el guion fantasmático, sino también que el funcionamiento sintomático abra el uso del significante a otra repercusión en el cuerpo que el goce sentido. El síntoma así tomado, no es solo elaboración de pulsión, sino que también incluye el amor como un goce desde donde el hablante arma, anima o anuda su vida. Esta dimensión sintomática relaciona la construcción del síntoma a un inconsciente “menos ahuecado” que el solo fálico-[6] , y con una relación de vecindad con el Otro goce.[7]

Tomado desde esta perspectiva, el amor como médium no solo depende de los avatares del prestigio que el sujeto contemporáneo le atribuye al Otro, sino que esta inserto en el propio síntoma como anudante. El analista, entonces puede encarnar no solo el sujeto supuesto saber y el objeto que circunscribe, sino que el buen agujero para abrir la palabra a un afecto vivificante.

 


[1] J. Lacan , Semin L’ Insu  , inédito , apéndice palabras sobre la histeria.
[2] J. Lacan , Seminario 10 , La angustia , p. 194 , Ed Paidós, Buenos Aires. 2006
[3] Lacan J. , “Los no incautos yerran” , clase del 19/3/74 , inédito
[4] Lacan, J., “El saber del psicoanalista”, charlas en Saint Anne ,6/1/72, inédito.
[5] Lacan J. Seminario 10, La angustia, p. 190, Ed Paidós Buenos Aires, 2006
[6] J Lacan , ibid. 3 , clase 15/1/74
[7] JLacan ,ibid. 3, clase del 15/1/74

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