Laberinto

Laberinto

Cínthia Busato – EBP/AMP

Principalmente a la noche, en aquel largo silencio donde todo lo que no se dice grita. Por las paredes de madera se escuchaba el parloteo de las frazadas y, atento, intentaba saber por la respiración pesada si ella estaba sintiendo dolor. Él, duro como piedra. Mientras yacía respirando mal, se apaciguaba solo por fuera, adentro todo era ebullición. Intentaba rezar para que todo estuviera bien, pero su pensamiento vivo e insubordinado iba directo hacia adonde no debía.  Las dos pequeñas estatuas de marfil del living. En aquella casa simple de madera, construida por el padre hace muchos años, era el objeto más valioso. Tenía un valor de cosa que viene de lejos y va juntando historias. Su historia se envolvía con una pizca de deseo aquí y allí, armando escenas surrealistas que eran las verdades de cada uno. Para todos, o casi, las pequeñas estatuas vinieron con la madre de la bisabuela de Nico, bien al comienzo del siglo pasado o, quien sabe, final del otro. Lo cierto es que vinieron en búsqueda de tierra a este país inmenso. La bisabuela fue concebida en Alemania, pero nació en Brasil ni bien desembarcaba la madre. De allí hasta acá fueron muchos los que nacieron y murieron, tan frágiles que somos.

Pero las estatuas, que ciertamente contenían una historia de glorias, amor y días mejores, sobrevivieron a todo eso y estaban ahora allá en el living, con sus pequeños pechos prominentes y caras picaronas. Era su tormento diario pasar por la estantería y sentir sus ojos ser catapultados hacia aquellos pechos. Prefería la que no tenía nada en el cabello, solamente un bello rodete, como una corona que estuviera casi cayéndose hacia atrás. Muchas veces había dado vuelta a las dos para que quedaran de cara a la pared, creando breves momentos de paz. Pero luego la madre o una de las hermanas las giraban de vuelta, sin entender nunca cómo se movían las endiabladas. Ellas no sabían, pero él sabía demasiado, ellas se movían lánguidamente, proponiendo indecencias que él nunca hubiera pensado. Y esas cosas, después que se saben, son difíciles de olvidar. Las ideas van creciendo y ganando volumen hasta que se abre el momento en que Dios y el Diablo, muy rápidamente, se confunden. Silencio, oscuridad, culpa, miedo. La madre ya está dormida y él, que ya sabe que no vale la pena girar a las muchachas hacia la pared, sigue preso en su laberinto.

 

Traducción Ana Beatriz Zimmenrman
Revisión Silvina Rojas

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