¿Los autistas aman? Reflexiones previas a ENAPOL

¿Los autistas aman? Reflexiones previas a ENAPOL

Marlon Cortés*

Cuando me propuse investigar sobre el modo como los jóvenes autistas se articulan al mundo de las universidades, solía recibir de mis colegas profesores una expresión de asombro, cuasi espanto, pues les parecía bien extraño que un autista “logre” llegar a la universidad. Pues sí. No sólo llegan, sino que, algunos, se gradúan con honores, no sólo de pregrado, sino en el nivel más alto de doctorado. Pasa lo mismo en el tema del amor. Cuando lo propongo en ambientes no psicoanalíticos, la gente se asombra, pues les parece evidente que a una persona con autismo le queda cuasi imposible construir una relación amorosa. Tanto en el tema universitario como en el amor, lo que sucede es que hay bastantes prejuicios alrededor del autismo. En este texto, vamos a hablar sobre ellos, y específicamente alrededor de sus experiencias amorosas.

Los autistas no crecen.

Una simple búsqueda en Google hace evidente este prejuicio: la mayoría de las páginas que hablan sobre el Trastorno del Espectro del Autismo (que es como oficialmente la ciencia lo nomina en el DSM V), lo articulan a una etapa infantil. Por lo tanto, la mayoría de los textos escritos sobre autismo, hablan de niños, desestimando el dato simple y biológico que nos plantea que los niños crecen. El niño autista diagnosticado en los 90, creció. Y a ellos hay que sumarles el gran número de autistas no diagnosticados, que fueron capaces de insertarse al mundo escolar, universitario y laboral, sin ayuda especial de ninguna disciplina psi.  Aceptado el hecho de que los autistas crecen, se abre la gran puerta que habla de la experiencia de personas autistas en los distintos ámbitos de lo que significa ser un humano; esto es, la educación superior, el amor, lo laboral, etc.

Y entonces leemos a Temple Grandin que dice:

“Me preocupa que niños de diez años se me acerquen, se presenten y de lo único que quieran hablar es de “mi asperger” o de “mi autismo”. Quisiera que me hablaran de “mi trabajo de ciencia”, de “mi libro de historia” o de “lo que quiero ser cuando sea mayor”. Quiero oír qué les interesa, cuáles son sus puntos fuertes, sus esperanzas. Quiero que en la educación y el mercado laboral tengan las mismas oportunidades que yo tuve”1[1]

Las personas crecen y la mayoría de ellos se insertan en el mundo, siendo autistas o no.

El amor se refiere solo a la vida de pareja.

Entender el amor como una experiencia diversa, presente en muchas dimensiones de la vida humana, hace que este asunto del amor sea asumido de una manera más compleja. Y entonces, incluso, podamos pensar el amor en un niño, que es un tema muy ausente entre quienes piensan las infancias. El amor a su mascota, a su familia, a algún objeto, a su amigo, o incluso, contemporáneamente, a su novio o novia. El amor habla de un vínculo entre dos, pero no necesariamente en la forma en la que suele hablarse de una relación de pareja. Y entonces hablar del amor abriendo el espectro amoroso de esa forma, hace que sea muy fácil hablar de esta dimensión en cualquier sujeto, sea autista o no.

Y entonces Naoki Higashida dice: “Nos encantaría estar con otras personas (…). Cada vez que oigo que alguien comenta lo mucho que me gusta estar solo, me siento desesperadamente apartado. Es como si me estuvieran dando la espalda a propósito”2[2]

El amor se refiere a un vínculo entre sujetos, sean autistas o no.

Al autista le falta lo que el neurótico tiene. 

Este es un prejuicio que a veces aparece entre nosotros los psicoanalistas: el neurótico tiene, y al autista le falta. El neurótico tiene cuerpo, y el autista no; el neurótico tiene Otro, y el autista no; el neurótico tiene imaginario y simbólico, y el autista no; el neurótico desea, y el autista no. Este es un prejuicio según el cual el autista está en déficit en relación con el neurótico. Es parecido a pensar que el autista es un discapacitado, mientras el neurótico no lo es. Esto es tener una perspectiva deficitaria del autismo; perspectiva alejada años luz del corpus teórico lacaniano.

Identificado el prejuicio, es posible, entonces, hacer preguntas del siguiente talante: ¿qué cuerpo tiene el autista? ¿qué Otro construye el autista? ¿cómo se anudan los tres registros en el autista? ¿de qué deseo se habla en el autismo?

Por eso es que leemos en Jerry Newport algo muy significativo sobre el amor a su esposa:

“El amor jamás sería capaz de curar los dolores ni de uno ni del otro, pero crea una condición necesaria para que cada uno pudiese curarse solo”4[3]

Y Sergio Laia comenta:

“Pasaron (los amantes) entonces a compartir más sus habilidades autísticas, sin dejarlas guardadas para cada uno. Para Jerry Newport, su esposa hizo que él conviviese cada día mejor consigo mismo; convencido de que jamás integraría el llamado mundo normal, él puede hacer amistad con la persona más increíble que conoció en su vida: el propio Jerry Newport”5[4]

El autismo es una estructura entre las cuatro que propone el psicoanálisis lacaniano. Ninguna es mejor que la otra.

¿Los autistas aman? Tanto o tan poco, como cualquier otro. Esperamos que para ENAPOL tengamos un espacio para exponer las elaboraciones de cada sede alrededor del AMOR EN EL AUTISMO.

 

* Asociado a la Nel Medellín

[1] Grandin, T; Panek, R. El cerebro autista. El poder de una mente distinta, RBA libros, Barcelona, 2014, p. 239.
[2] Higashida, N. La razón por la que salto. Roca editorial, Barcelona, 2014, p. 55.
[3] Newport, J.  Mozart and the whale: an Asperger´s love Story Newport, Touchstone,  p. 219 – 223
[4] Laia, S. Jerry Newport, autista, en tres libros (manuscrito sin publicar, compartido por el autor).

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