Una pequeña “enormidad”

Una pequeña “enormidad”

Patricia Tagle Barton – NEL/AMP

“Ahora bien, el discurso analítico, él, promete: introducir algo nuevo.

Esto, una enormidad, en el campo en que se produce el inconsciente, ya que sus impasses-entre otros, por cierto- se revelan, primero, en el amor.”

Lacan, Televisión[1]

Esta cita de Lacan en Televisión me permite abordar una cuestión que enlaza el tema de nuestro próximo encuentro en el X ENAPOL “Lo nuevo en el amor, modalidades contemporáneas de los lazos” con el discurso analítico desde una perspectiva doctrinaria y epistémica. Lo diría así: del discurso analítico a la fenomenología, y retorno. E incluso, desplegando el abanico y lo que hallamos en cada uno de sus pliegues y en el arco mismo que traza:  del discurso analítico -cuyo soporte y señuelo es la transferencia-, a la actualidad -con sus modalidades, sus estallidos, sus manifestaciones, sus lazos identitarios, sus impasses- y retorno.

No olvidemos el impasse inaugural del psicoanálisis en lo que toca al amor, ahí donde en efecto algo nuevo se produjo, para espanto de Breuer. Freud avanzó hasta donde pudo a partir de ese momento sorpresivo y sorprendente. Lacan reconoció siempre en Freud el coraje de servir a ese “pequeño Dios”, el Eros, para servirse de él. Debemos a esa marca que el propio Lacan hizo suya estar aquí, aún.

Un rumor

¿A qué responde Lacan en ese acápite de “Televisión”?

La pregunta planteada es esta:

“- Hay un rumor que canta: si se goza tan mal, es que hay represión [répressión] sobre el sexo, y, esto es culpa, primero de la familia, segundo de la sociedad, y particularmente del capitalismo. La pregunta se plantea.”[2]

Es preciso notar una primera cuestión: la diferencia que Lacan introduce entre los términos “refoulement” -que alude a la represión freudiana, un esfuerzo de desalojo- del término “répression”.

Es en virtud de la primera, la represión primordial, que el inconsciente ex -siste y “se motiva por la estructura, o sea por el lenguaje”,[3] dice Lacan.

Y que la “glotonería” del súperyó “no es efecto de la civilización, sino “malestar” (síntoma) en la civilización”. [4]

Se trata entonces de destacar ese primer efecto que el lenguaje produce en los hablanteseres, que es el de un exilio. El exilio de la relación sexual y el de la armonía del “cosmos”.

Que estemos hoy supuestamente en el reinado del “no hay represión” – “répression”- y el “todo se puede” no pone a los hablanteseres a resguardo de tener que arreglárselas con su propio exilio. Lo vemos, lo palpamos en nuestra práctica, que justamente se sostiene y se sigue sosteniendo porque el goce a-autorizado (uso aquí el prefijo “a” como simple prefijo privativo) de la ley del padre insiste en perturbar a los vivientes.

Y porque, hay que decirlo, el goce del Uno, el único que hay, no es el amor. Y no hace lazo.

“El impasse sexual secreta las ficciones que racionalizan el imposible del que proviene. No las digo imaginadas, leo en ellas, como Freud, la invitación a lo real que responde en ellas”, señala Lacan en este acápite de Televisión.[5]

Sobre el “fracaso”

Diría también “fra -casus”.

Hay en este acápite V en “Televisión” una sutil mención al caso del “Hombre de los lobos” de Freud.

Lo cito: “Además parece que ese fracaso -fracaso del caso- es poca cosa respecto a su éxito: el de establecer lo real de los hechos.” [6]

Ese real en juego que, evidentemente, va más allá, o más acá del drama edípico, de la novela familiar, e incluso de las ficciones que cada época se traza para intentar soportar lo insoportable del imposible estructural de los hablanteseres.

¿Cómo, y con qué, responde cada Uno, a ese imposible? Evidentemente cada uno se las arregla como puede, y creo que responde a nuestra ética respetar esos “cada Un” arreglos, uno por uno, cuando conviene.

Pero intuyo que quizás no son los buenos arreglos los que tocan nuestras puertas. Porque algo insiste. Insiste, itera, y se re-itera.

Un exergo sobre lo “nuevo”

Retorno sobre la cita inicial. Entonces, me pregunto, si no se trata de “lo nuevo” de los tiempos, ¿de qué se trata?, o más bien dicho ¿qué se trata?

“Ninguna efervescencia -que por cierto ese discurso puede suscitar- podría eliminar lo que él testifica acerca de una maldición sobre el sexo, que Freud evoca en su Malestar.”[7]

No Hay, relación sexual,

No Hay, La Mujer

No Hay, El analista

Hay sencillamente síntomas.

Dos cosas me orientan:

La primera, el “malestar” es el síntoma.

La segunda, el imposible es la estructura.

¡Hay que tener coraje para tratar el mal-estar por lo imposible!

Paganismo

“Dios, en cambio, existió tan bien que el paganismo poblaba el mundo…”, señala Lacan.[8]

Dios, y no la ciencia. Ni mucho menos la “sexología”. No se puede -nos dice Lacan- construir nada nuevo en el amor por la observación de lo que cae bajo nuestros sentidos, y que Lacan no duda en llamar perversión.

La erótica no es la “sexología”.

Y la “ciencia del amor”, de la que el buen Sócrates siempre confesó saber algo, no trataba del encuentro de los cuerpos.

La erotología de existir, sería más bien una “ciencia” de la causa, o de la contingencia de un encuentro inédito entre el relámpago de la lengua y el acontecer de la pura llegada a la vida de un viviente.

Puede, sí encontrarse un “di-eu re” [9] del amor, no otro que un bien decir sobre la “cosa”, lo palpable. Llamo la atención sobre ese “eu”, prefijo que en griego apunta hacia el buen arreglo.

De lo “nuevo”

Que en primer lugar no es lo actual / contemporáneo.

Que, en segundo lugar, no es la “novedad”.

Que, en tercer lugar, no es la “innovación”.

Quizás lo “nuevo” sólo puede significar, hacer otra cosa con lo mismo.

Arriesgo esta fórmula: que “lo nuevo” en el amor, es el amor. Es nuestro amor, el de cada uno. Toma tiempo, sí, llegar ahí, donde algo comenzó, y asentir. Toma tiempo. Toma tiempo cada Un milagro. Cada “sí”.


[1] LACAN, J. “Televisión”, en Otros Escritos, Paidós Bs. As. 2012, p. 556

[2] Íbidem, p. 555

[3] Íbidem, p. 556

[4] Íbidem, p. 556 (el resaltado es mío)

[5] Íbidem, p. 558

[6] Íbidem, p. 556

[7] Íbidem, p. 557

[8] Íbidem, p. 559

[9] Íbidem, p. 559

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