El destino de los paraguas

El destino de los paraguas

Marcela F. Mas – EOL/AMP

Aún no me explico cómo decidí llegar hasta aquí. La oscuridad de la noche se hace más espesa en el muelle. Avanzo a ciegas y de repente me acuerdo del poema de Alfonsina Storni:“¡Agua, agua, agua! Eso voy gritando por calles y plazas.”

La oscuridad de la noche, la inmensidad del mar y el recuerdo de una suicida… Definitivamente no me parecen una buena combinación. Mejor dar media vuelta con cuidado. Está todo mojado y no quiero hacerle ningún homenaje a nadie.

Camino ahora por la callecita de la costanera.

El viento se empecina en dificultarme la marcha.

El frío me cala hasta los huesos. Adoro esa expresión, me parece magnífica, ampulosa, casi andaluza. Hay otras más obscenas, pero esta noche me he propuesto mantener la elegancia aunque sólo sea conmigo.

¿En qué estaba? Esa costumbre de hablarme sola… ¡Ah, sí! la poesía, su tragedia y la oscuridad. En verdad debería decir, mi miedo a la oscuridad.

Un ruido cercano me sobresalta. Miro sin comprender y me doy cuenta que un auto frenó muy cerca. El tipo del auto hace gestos con los brazos, casi teatrales, y grita enloquecido.

Unos segundos después me doy cuenta de lo evidente, me está puteando porque crucé sin mirar.

Le agradezco los saludos a mamita, me río y sigo caminando en dirección al centro.

Los edificios frenan un poco el viento de “La feliz”. ¿A nadie se le ocurrió que es un apodo pretencioso para una ciudad con el agua que te congela en pleno enero?

Sí, para mí la felicidad va de la mano de la temperatura del agua. Por algo la alegría es brasilera y el tango argento, habría que hacer un estudio más serio ¿no? No, mejor no, es así aunque me digan que no es cierto.

Esquivo la peatonal, siempre atestada de gente aburrida alrededor de algún numerito callejero. Me parece escucharlo acusándome de no apoyar a los artistas, pero espanto su recuerdo con un simple movimiento de la mano izquierda.

Debería reconocerlo, me aburro con facilidad, y más esta noche.

Necesito distraerme con algo. Sí, lo necesito. No, a él no, bueno un poco sí. ¿Y si lo llamo? ¿Es muy tarde? Una llamada como por error es un truco viejo pero eficaz.

Si algo faltaba en esta noche, digna de una feroz amnesia, era esta lluvia.

Intento guarecerme debajo de un techito junto a otros cuatro veraneantes.

Detesto considerarme así, yo no soy una veraneante, soy una refugiada sin pertenencia, una mujer aburrida que trata de escapar de sus recuerdos melancólicos. Una mujer que equivocó su destino y terminó en una ciudad de apodo presuntuoso.

Feliz era antes, así me gustaba creerlo, pero todos sabemos que también es mentira.

Me gusta exagerar hasta en eso. Me gusta quejarme con exageración, quererlo también así, como si no hubiera nada más en el mundo.

¡Oh! Quelle intensité Teté, me diría Giordano además de hacerme mover la cabeza mientras nombra ciudades a las que no podría haber ido este verano. Esta absurdidad me hace sonreír aunque no se note.

“Pongamos distancia” me dijo. Es curioso que recuerde eso casi pegada a estos cuatro. Los escucho reírse al constatar que no les quedó un centímetro seco.

Los envidio con toda el alma. Sí, soy un completo catálogo de virtudes.

Uno hace un gesto con la intención de armar una conversación exogámica, miro hacia la esquina y me voy lentamente, no tiene sentido correr.

El hotel está a unas tres cuadras. La ilusión de una ducha caliente disipa la nube negra de la queja, que empieza a fastidiarme también a mí. Por un instante lo comprendo.

Luego de un ritual de expiación, o sea, de bañarme, miro el teléfono y encuentro la única foto que no borré.

El sol le achinaba los ojos, pero no le disminuían la intensidad de la mirada. Pienso en las veces en las que me miraba así como lo recuerdo ahora.

Sin tristeza o algún sentimiento similar, pienso que lo nuestro ha tenido el destino de los paraguas, algo condenado al olvido, salvo en noches como ésta en la que llueve.

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