¡Porque soy una mujer!

¡Porque soy una mujer!

Guy Briole — ECF & ELP/AMP

“La mujer no existe” es, desde que Lacan lo formuló en su Seminario XX, Aun, lo ineludible.[1] Que la lectura de esta no existencia encuentra su lógica en la demostración lacaniana, no impide que las mujeres, en plural como en el una por una, existan. Y eso no solo por declararse mujeres, sino porque cada uno parece saber cómo deben portarse para serlo; que sea del lado del amor o del deseo. Incluso, y no es la menor paradoja, los hombres dispuestos a dejarles la bandera de la norma fálica no renuncian a pensar en lo que hay que hacer para ser una mujer.

En realidad, si puede parecer un planteamiento moderno, no lo es en absoluto. Simone de Beauvoir, en 1949, en su libro El segundo sexo, hizo una pregunta que cambió muchos aspectos de la vida de las mujeres. La pregunta era, en apariencia, muy sencilla: ¿qué es una mujer? De Beauvoir añadía que no sería una idea que se le ocurriría a un hombre preguntarse: ¿qué es un hombre?” Es como si de este lado, el de lo masculino, instalarse en el universal masculino se hiciera sin que uno se cuestione. “Un hombre no empieza nunca por situarse como un individuo de un cierto sexo. Que él sea hombre se presenta como una evidencia”, escribe Simone de Beauvoir. [2]

Eso no es obligatoriamente una ventaja, pero, los hombres son suficientemente ciegos a ellos mismos para no interrogarse lo que son. Que el lugar tradicional del hombre sea contestado, que su figura, así como su autoridad, sean desvalorizadas no es la consecuencia de lo que llamamos “la feminización del mundo”. Más bien la cuestión recaería del lado de los hombres y de cómo se sostienen en el mundo actual. En este sentido, uno de los aspectos de la cuestión es que los brazos, supuestos protectores, de un hombre que podían acoger y abrazar a una mujer, un niño, un partenaire, estos brazos, mas avanzamos y menos están en conexión directa con el mundo. Lo que está agarrando al mundo, manteniéndolo atrapado en sus mandíbulas cerradas, es la ciencia en su alianza con el capitalismo; uno de los aspectos de la caída del nombre del padre. El mundo actual, las mujeres lo toman à bras le corps —”por medio del cuerpo”— aquí donde los hombres se quedan con los brazos colgando. Los hombres parecen haber perdido la brújula, por no haber pensado que lo masculino no era para toda la eternidad. Hay siempre que reinventar lo masculino, no sin lo femenino.

El pacto inicial

Es retomando una observación de Sartre sobre el hecho de que en el amor que esperamos de quien queremos ser amados el compromiso no es totalmente libre, que Lacan plantea esta fórmula que llama el pacto inicial: “tú eres mi mujer o tú eres mi esposo”.[3] Un pacto que sitúa en el registro simbólico pero que, sin embargo, también subraya que se hunde en una especie de perdida “corporal de la libertad”.[4] De hecho, hay una exigencia que supera el libre compromiso. Este es uno de los muchos malentendidos de lo que puede funcionar como anudamiento entre un hombre y una mujer.

Es de esta liberación de la cual habla Sophie Fontanel en su novela autobiográfica La envidia. La cuestión se plantea de la forma siguiente: “Durante un largo período, que en el fondo no tengo el valor ni de situar en el tiempo ni de estimar en cantidad de años, he vivido en la peor de las insubordinaciones de nuestra época, que es la ausencia de vida sexual”, no sin una “parte colosal de sensualidad”.[5]

¿Qué es una vida sin un/una partenaire sexual para una mujer? ¿Es acaso una “ofensa” a la femineidad? ¿Un goce de la abstinencia? La autora responde que fue una liberación de la palabra sobre la vergüenza de ya no desear. Es como si hubiera dos crímenes supremos para una mujer, en los dos extremos: simular y abstenerse. Los dos tendrían la misma fuente: liberarse de la presión sexual. No es liberarse de la insistencia de los hombres o de las mujeres de querer alguna cosa de su cuerpo; es ser libre de no estar sometida a ello. Aquí, resultado de una herida de amor, allí de las marcas cuyo recuerdo el cuerpo no aguanta más encontrar una y otra vez. Así pues, la autora dice que un día se hartó de dejarse coger, sacudir, girar, volver, tocar; en fin, dejarse hacer: “Jamás había tomado en consideración la tranquilidad reclamada por mi cuerpo.” Fue el cuerpo quien se rebeló, se tensó, se cerró y le hizo pensar que tener una relación sexual no sería posible. Observa que es como si hubiera pasado todos estos años de su “vida haciendo el amor al lado de [su] cuerpo”. No escuchando a este cuerpo, cuando su deseo era esperar, o precipitarse, o no desear; y que había que doblegarlo al deseo del partenaire: por convención, por haber aceptado, para no decepcionar una expectativa; para estar con los otros por la imposibilidad de poder pensarse como diferente en medio de los otros. Y los otros que con su norma quieren nombrar lo que os pasa: castidad, abstinencia, asexualidad… Ninguna palabra conviene para nombrar lo que es vivido en el cuerpo. Indefinible, dice ella.

Tal vez le había faltado amor, tanto, dicen –sobre todo los hombres-, en cuanto que para las mujeres el amor y los placeres del cuerpo están atados. No es tan simple, replica ella a un hombre que intenta reprochárselo; con o sin sex toy ella podía encontrar un “goce tan rápido que después se quedaba dormida”. ¡El hombre se sintió ofendido!

Tuvo que esperar más para encontrar a un hombre que la amara sabiendo hacer esperar su deseo. Eso facilitó el despertar del cuerpo, ello no lo forzaba. Ella le advirtió: “no tengo vida privada”. Él la tranquilizó con estas palabras: “la vida privada no es lo que se hace sino lo que no se hace.” Quiso acercársele, ella lo puso en guardia: “si das un paso, será hacia una mujer incierta”. “Él se acercó, y en cuanto pudo con qué apresuramiento apoyé mi mano donde ya no iba. Toqué algo que me reaseguraba tanto”.

Las servidumbres del amor

Ananda Devi, autora de la Isla Mauricio, comienza su libro, un relato muy autobiográfico, Los hombres quienes me hablan,[6] con esta frase muy fuerte: “Todos estos hombres quienes me hablan. Hijo, marido, padre, amigos, escritores muertos y vivientes. Una letanía de palabras, de horas desdibujadas y revividas, de felicidades de tiempos pasados, de ternuras cojas. Soy ofrecida a la palabra de los hombres. Porque soy una mujer”.

¿Cómo no estar más bajo esta influencia hablada? La primera idea de la autora es pensar que es su cuerpo el que debería poder cambiar, librarlo de sus demandas y de aquellas de los otros. Le quedaría sólo la tristeza para escapar. Pero, allí mismo, el hombre quien le habla le subraya que para ella es fácil estar triste, que frente a la felicidad posible, elige “la certeza de la desdicha”. Sin embargo, se pregunta por qué se deja pisotear por estas palabras desde que el amor ha perdido de sus colores. Ninguna evasión posible. ¡Sufrir esta acumulación de las palabras, para volverla a la realidad de la que siempre se había protegido por la escritura, dice!

¡Este hombre que le habla es su marido y también lo hace su hijo, terrible constatación hecha por los otros de una vida de mujer, de madre, falladas! Nadie para escucharnos, comprendernos, la constatación es brutal. ¿Cómo se ha instalado esta distancia que ella sola -la mujer, la madre- tendría que tomar totalmente a su cargo?

Lo que no saben es que ella sabe, por una parte, de que se trata: es de esta chica de quince años quien le ronde la mente y de la cual no puede deshacerse: la primera historia de amor, la primera decepción de amor sería más justo decir, de la cual no se puede librar. En efecto, es sobre que se puede más fantasear: sobre lo que uno ha perdido. Pero, y parece que eso escapa tanto a los hombres, se puede fantasear también sobre lo que se tiene a partir de lo que se ha perdido. Eso puede funcionar muy bien a costa de alguna insatisfacción que es solo el margen necesario para no ser alienada a éste, a estos otros que quieren sólo estar felices de estar presentes cerca de vosotros. Cómo quedar en la seducción de la que la autora dice que “es aceptar esta parte de sí mismo que se encuentra en el deseo”. Pero, esta seducción hace problema a los hombres. Os piden seducirlos, pero es solamente en lo privado: quieren ser los únicos a ser embrujados. Si no, son los celos que los destrozan y que os destrozan también.

Ser querida, he aquí una trampa que puede ser una prisión. La misma, dice la autora, que aquella que encierra a los hombres en su condición masculina trasladada sobre su objeto de amor. ¿Pero conformarse a la demanda del partenaire es cuestión del hombre o de la mujer? Contesta: “Me tocaba cumplir [mi despertar], no a ti de liberarme.”

El malentendido del amor hace que eso falle siempre y que esté siempre por rehacer. Él quiere enseñarle cómo hace todo para ella o, dicho de otro modo, cómo quiere hacerse querer poniendo la culpa en ella. “Quieres demostrarme cómo eres indispensable. Es lo contrario”. En efecto el hombre se equivoca cada vez que creyendo pensar lo que piensa su partenaire, sigue pensándolo a partir de él. He aquí que ahora, allí donde piensa hacer el esfuerzo de comprender lo femenino, se le contesta ¡“no es eso”! “Pobres hombres, dice la autora, que saben, tan bien, entregarse a la infelicidad”.

Algo escapa siempre, “porque soy una mujer”.

Y el psicoanálisis ¿quiere saber algo de las mujeres?

Por supuesto, pero la mayoría de las veces las respuestas se dan antes de haber escuchado lo que ellas tendrían que decir. En cualquier caso, no responderían a la verdadera pregunta que desde siempre se les ha planteado y que Lacan reactivó en su Seminario 20: ¡que nos digan algo sobre ese goce Otro!

Entonces la reflexión vuelve sobre el amor, la sexualidad, la maternidad, temas a los cuales se añaden los temas de moda como el poliamor, elevado en las redes sociales al rango de una ética de las relaciones amorosas con el consentimiento informado de todos los implicados. ¡Se ama en una formulación similar a una ley! Pero aquí tampoco se pueden frenar los malos encuentros, los malentendidos, los celos. El amor no puede darse por hecho; hace falta poner algo propio para que este lazo se mantenga vivo y deseable.

El psicoanálisis promete algo nuevo para un sujeto que se pone al trabajo de querer saber un poco más sobre los impases de su deseo. Esto nuevo supone un amor llamado amor de transferencia, que hace resaltar que el amor es ante todo una cuestión de saber, de querer saber.[7] Pero el psicoanálisis no promete un nuevo amor entre los hombres y las mujeres; al contrario, confirma lo imposible de la relación entre los sexos y que el amor es lo que viene a hacer objeción a esta relación que no hay; el amor es una pantalla puesta sobre este imposible.

Sin embargo, Lacan deja entrever lo que llama un “amor civilizado”[8] para quien, después de haber aclarado la relación a su inconsciente, podría querer saber algo más del otro, de lo que le ocurre, de lo que desea. Es decir, hacer del otro su interlocutor/interlocutora y no su partenaire síntoma. ¿Es un sueño? ¿Es para soñarlo o para vivirlo? Dejamos la cuestión abierta. Pero algo escapa siempre. Es la buena noticia…

 


[1]  Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Aun. Buenos Aires, Paidós, 1975, p. 89.
[2]  De Beauvoir, S., El segundo sexo. Ediciones Cátedra, PUV, Publicaciones Universitarias Valencia, 2017.
[3]  Lacan, J., El Seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud. Paidós, Buenos Aires, 1981, p. 315.
[4]  Idem, p. 316.
[5]  Fontanel, S., L’envie. Laffont, París, 2011, p. 7.
[6]  Devi, A., Les hommes qui me parlent, Gallimard, Paris, NRF, 2011, 216 p.
[7]  Lacan, J., “Televisión”, Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 556.
[8]  Lacan, J., Seminario 21, Los no incautos yerran. Lección del 12 de marzo 1974, Inédito.

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