Sexuación e identidad de género: El analista ante las mutaciones de género

Sexuación e identidad de género: El analista ante las mutaciones de género

Cristiane Grillo – EBP/AMP, Jésus Santiago – EBP/AMP

En una entrevista con Eric Marty, autor del libro que se acaba de publicar –El sexo de los modernos: pensamiento del neutro y teoría de género–, J.-A. Miller afirma que el género se convierte en el último gran mensaje ideológico del Occidente enviado al resto del mundo.[1] La mayor prueba del actual impacto del mensaje de género son sus repercusiones en el ámbito del Derecho. Es importante comprender cómo estas iniciativas legislativas incorporan el aporte de los estudios de género y, especialmente, de qué manera abordan el tema sexual. No se puede pasar por alto que la propia proliferación de estos estudios ya es una evidencia directa de que existen mutaciones en lo real del sexo. El psicoanalista conectado con la subjetividad de su tiempo debe preguntarse no solo por las razones que llevan a esa porosidad del derecho a las teorías de género, sino también por las consecuencias de estas sobre el acto analítico mismo.

Butler y lo malo de la diferencia sexual

Más allá del interés por la genealogía conceptual del binario femenino/masculino, se destaca en las elaboraciones de Butler la voluntad política de un mundo en el cual esto se desharía y en el que las normas jugarían su papel de una manera radicalmente diferente y nueva.[2] Que el género pueda deshacerse presupone, en efecto, que hay en él un hacer susceptible de transformaciones, en contraposición a la estructura, aunque dinámica, de la diferencia sexual. Butler cree que la política de deconstrucción de géneros presupone la proscripción de la diferencia entre sexos, producto de las construcciones sociales del régimen patriarcal-colonial y circunscrita a una realidad puramente normativa.[3] En contraposición a la deconstrucción de la diferencia sexual, el verdadero impasse de sus teorías es el transexual, en la medida en que quiere deshacerse del género con el que vino al mundo, se aferra a una nueva identidad de género.[4]

Butler profundiza y radicaliza la crítica de la diferencia entre sexos al considerarla producto de actos performativos propios de gestos, actitudes, posturas y normas, en una suerte de parodia, que se repiten una y otra vez para obtener legitimidad, pero también en condiciones de, en cualquier momento, ser destruida[5].

Ley, identidad de género y síntoma

Si las teorías de género tienden a tener éxito con los juristas que elaboran las leyes que apuntan a regular las mutaciones que plagan las relaciones entre los sexos, para el psicoanalista el género es un concepto inocuo e inoperante con respecto a su práctica clínica diaria.

El psicoanálisis opera con la formalización lógica que en el transcurso del Seminario 20 se denomina sexuación y cuyo núcleo es tomar la conjunción de la sexualidad con la inexistencia de la relación sexual. Por lo tanto, la noción de identidad de género está lejos de asimilar el elemento crucial del aporte de Freud en este sentido, a saber: “la sexualidad abre un agujero en la realidad”. Si la diferencia sexual no se la puede deshacer mediante movimientos para oponerse a la norma heterosexual es porque ella se deduce de ese imposible de la no-relación sexual y no de la diferencia entre semblantes masculinos y femeninos. Precisamente, lo imposible de la relación sexual tiene su raíz en la inexorable diferencia entre dos modos de goce: goce fálico y el no todo fálico.

Es comprensible que el discurso jurídico adopte cambios de sexo bajo el horizonte de la visión esencialmente normativa del género. De ninguna manera significa esto que la esencia del derecho sea tomar las normas bajo los auspicios del deber. En cuanto “semblante de saber”,[6] el aspecto normativo del derecho se muestra íntimamente articulado al campo del goce. Como propone Lacan, la ley reconoce que “nada obliga a nadie a gozar, excepto el superyó”. En efecto, su función es “compartir, distribuir, retribuir, en lo que refiere al goce.[7] Para el psicoanálisis, por el contrario, estas mutaciones en el sexo son síntomas, en el sentido de que la sexualidad encarna el desencuentro entre los sexos. Al fin, si la diferencia sexual resulta de la materialidad propia del modo en que cada cuerpo hablante vive el goce pulsional, se puede afirmar que el aporte inédito de la concepción lacaniana de sexuación apunta a la infinidad misma de los modos de goce en el ser hablante.

La medicina, el derecho, así como los movimientos políticos identitarios, por regla general son modalidades discursivas refractarias a esta infinidad de modos de goce y, por tanto, incapaces de incluir la singularidad irreducible de enunciados subjetivos e invenciones sintomáticas inclasificables. El aporte de la clínica psicoanalítica se sostiene en que la particularidad del caso se fundamenta en la economía del goce que supera la homeostasis del placer y, por lo tanto, se presenta opaca e intraducible a través de lo simbólico. A los seres parlantes parasitados por el lenguaje y condenados al malentendido, desterrados de una relación proporcional que pueda significarse entre los sexos, les quedan las soluciones singulares, complejas y en ocasiones inestables y precarias.

El analista ante las mutaciones de género

Algunas soluciones singulares son observadas en el caso de un sujeto que llega al servicio de salud del adolescente[8] con la demanda de tratamiento hormonal y que, inicialmente, se nombra como travesti. La había abandonado su madre cuando tenía dos años y su padre la había echado de casa a los diez, cuando se dio cuenta de su transición a lo femenino. La adolescente entonces anticipa su pubertad, subvirtiéndola. Comete una infracción y es aprehendida por la policía que, según ella, le desarma el cuerpo, le corta el pelo, le quita la ropa femenina y el maquillaje. Pero cuando está a punto de sufrir el bloqueo de la pubertad en el sistema médico, un procedimiento autorizado para su edad, ella misma desiste.

Luisa exige una cirugía de fimosis, alegando que la erección es dolorosa, y también un dispositivo para los dientes apiñados. En el curso del tratamiento, en sus encuentros con un psicoanalista, comienza a escribir un libro sobre su vida. Luisa se opone a las correcciones sugeridas por una profesora en la unidad donde está privada de libertad: ¡Este es mi estilo! Comienza a actuar con un artista que ofrece talleres en este servicio de salud y anuncia que quiere “ser un representante de la transsensibilidad”.  Se destáca en este caso la importancia de la solución forjada por el adolescente al producir el neologismo transsensibilidad, que combina la sensibilidad con lo trans. Captura en este “ser representante” un intervalo de tiempo que recae en “ser representante” en detrimento de la “trans”.[9]

Ana Rosa es otra adolescente que se nombra trans y es encaminada al servicio de salud para adolescentes. Su nombre fue escogido por ella a partir de la conexión del nombre de su abuela y la delicadeza presente en las flores. Ana Rosa tiene una hermana gemela y expresa la convicción de que nacieron “intercambiados”. El dicho de un tío asume el valor de una marca indeleble: “debería haber nacido muerta”. Ana Rosa había sido aprehendida por un acto que se consideró una infracción; confinada al sistema socioeducativo, intentó suicidarse varias veces. La libertad fue una exigencia que surgió de la conversación clínica. Ana Rosa habla del deseo de cambiar oficialmente su nombre y de someterse a intervenciones hormonales, a las que ya ha tenido acceso de forma clandestina. En ese momento habla sobre el deseo de aplicar trenzas a su cabello, cortado contra su voluntad, y aprender a trenzar; ella pospone las intervenciones médicas. En libertad, sigue tejiendo, a su manera, su vínculo con el Otro.

Vaciar las precipitaciones del tiempo

El carácter de semblante de las representaciones de género es revelado por Ana Rosa cuando observa que su hermana, a quien cree mujer, puede ser incluso menos femenina que la propia adolescente. Dado que el problema del género se restringe a los semblantes que provienen del Otro, incluso como semblante, el género es inherente a la condición del ser hablante; es decir: se puede exigir ser reconocido como un hombre con útero o como una mujer con pene. Es en estos términos que el psicoanálisis apunta hacia una nueva mirada lo trans, no como una aberración o monstruosidad, sino como una contingencia que resulta de la inmersión del humano en el campo de la palabra y el lenguaje.

La clínica del caso toma como punto de partida el discurso del tío, quien decreta que ella no debería haber nacido. Este discurso fija a Ana Rosa en cierto exilio en relación al Otro. Esta posición de exilio, aunque agravada por el encierro institucional, no desemboca en el encarcelamiento subjetivo, pues Ana Rosa busca vincularse con el Otro a través de dirigirse a las más diversas formas de discurso (médico, jurídico, etc.).

La elección de su nombre, marcada por la delicadeza, resalta lo que constituye para la adolescente un Otro manejable. La práctica lacaniana se centra en la acción calculada sobre este Otro que emerge como accesible y que no lo aprisiona en un nombre vinculante. Esta mediación interrumpe la serie de intentos de suicidio y permite una pausa, suspendiendo la urgencia de las intervenciones médicas en el cuerpo.

Como aclara François Ansermet, el deseo de pasar de un género a otro puede ser el intento de forjar un nuevo origen: otro cuerpo, nombre e identidad.[10] Esta cuestión concierne a los dos casos anteriormente mencionados. Luisa, una niña abandonada, construye un cuerpo, un nombre, una identidad, un estilo y una nominación, como “representante de la transsensibilidad”. Ana Rosa escapa al destino de nacer muerta, tejiendo y trenzando un cuerpo, un nombre que entrelaza el de su abuela y el de una flor, indicando que la delicadeza puede posibilitar su presencia en el vínculo social. Un encuentro con un psicoanalista posibilita un tiempo de comprender, un tiempo en el que la adolescencia misma pueda quizás constituirse como un síntoma frente a la invasión de la pubertad y en el cual la clínica de soluciones singulares tendrá lugar en la existencia de estos sujetos.


 

[1] Marty, E., Miller, J.-A., Entretien sur “Le sexe des modernes”. Lacan Quotidien, n. 927, mar. 2021. Disponible en: <https://lacanquotidien.fr/blog/2021/03/lacan-quotidien-n-927/>. Acesso en: 20 abr. 2021
[2]  Butler, J., Défaire le genre. Éditions Amosterdam, Paris, 2006, p. 252.
[3]  Preciado, P., Je suis un monstre qui vous parle. Grasset, Paris, 2020, p. 95.
[4]  Marty, E. ; Miller, J.-A., Op. Cit.
[5]  Butler, J., Problemas de gênero. Feminismo e subversão da identidade. Civilização Brasileira, Rio de Janeiro, 2003.
[6]  Lacan, J., “Introdução à edição alemã de um primeiro volume dos Escritos”, Jorge Zahar, 2003, p. 551.
[7]  Lacan, J., O seminário, Livro 20: mais ainda, Jorge Zahar, 1982, p. 11.
[8]  Trata-se do Programa de Extensão Janela da Escuta da Universidade Federal de Minas Gerais.
[9]  Cunha, C.F., O transexual como norma: desafiando os discursos. Mais além do gênero: o corpo adolescente e seus sintomas. Scriptum, Belo Horizonte, 2017.
[10]  Ansermet, F., Reseña sobre la intervención de François Ansermet por Eugenia Varela. Disponível em https://radiolacan.com/pt/topic/1164/3.

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